Miradas
Domingo 05 de Febrero de 2017

Películas

Desde muy chico hago películas en mi cabeza. Las hago para mí. Tuve siempre también esa necesidad de que otros escuchen mis historias, quizá el germen de lo que después, ya adulto, consideraría un oficio. Pero aquellas películas que empezaron en la infancia son algo distinto. No sólo eran exclusivas para mí, sino que además era necesario, diría que excluyente, que yo mismo fuese el protagonista.

A veces eran la remake de una historieta que había leído por esos días o de una película del Ciclo de los Oscars que daban los sábados a la noche por Canal 5. Otras veces las inventaba de cabo a rabo, recogiendo pedazos de otras vidas, de la historia humana que podía percibir por fragmentos, con seres extraños que imaginaba de las sombras imprecisas que proyectaba la oscuridad. En los años de la infancia las historias eran de terror.

Tampoco es posible compararla con los juegos. Quizá alguien lea esto y piense que no es nada nuevo ni excepcional, que todos lo hacíamos en el momento lúdico. Yo también imaginaba historias para jugar, pero la diferencia es abismal. Allí el lugar está definido por el entorno, el cuerpo imaginado también está definido por nuestro propio cuerpo, que inevitablemente está en el juego. El cuartito de la terraza de mi casa de calle Córdoba y Castellanos fue la nave de Gilgamesh, la cabaña en la que se refugiaba Marc de los mutantes, la cárcel en dónde Nippur esperaba paciente para escapar y recuperar su trono. Yo fui todos ellos, pero en el juego el límite estaba marcado por lo que ya estaba inventado por la realidad. En cambio en las películas de mi cabeza no hacía falta buscar disfraces, ni ignorar elementos que no tenían que ver con la época ni con el relato. Todo era como yo quería. Si necesitaba trasladarme a Budapest, a Moscú, al Amazonas, no había problemas.

Recuerdo que no veía la hora de ir a la cama para poder retomar la historia que había dejado la noche anterior. El horario de la proyección era ese, la noche. Los primeros minutos eran para retomar el hilo y después arrancaba. He completado dos o tres historias memorables, películas que todavía puedo proyectar, como si estuvieran disponibles en alguna videoteca personal de la memoria. Las mejores, las que han dejado su marca, son las que he imaginado íntegramente. Hubo una que terminé en una semana. Yo era miembro de un ejército rebelde o algo por el estilo (las miradas sobre los héroes y sobre los bandos fueron cambiando con los años) y era herido en una emboscada, producto de una traición. La música que había elegido para los momentos de intensidad amorosa era el tema de piano de Blade Runner. Una mujer, en este caso una compañera de la facultad, me encontraba agonizando y me salvaba la vida con sus curaciones. Después me ayudaba a encontrar al topo que había dispuesto la celada. Quizá tenga alguna reminiscencia de Adiós a las armas, pero bueno, esas huellas en cualquier tipo de ficción son inevitables.

Si yo era el protagonista era lógico para mí que los demás personajes también fueran personas a las que conocía. Quizá fuera una de las cosas que más me gustaba, esa especie de casting entre mortales, llevar a personas a que ocuparan roles inesperados para lo que eran, a veces tratando de respetar su carácter, otras utilizando sólo su cara y su voz, y ensamblando otro espíritu en el recuerdo de esos cuerpos.

No sé por qué utilizo el pasado. Todavía hago esas películas. Y nada de lo que sigo imaginando es para compartir. Sencillamente porque son para mí. Porque todos ustedes han participado en alguna y sería sumamente incómodo para todos contarlas. Me refiero a los que conozco y están leyendo esto. También a todos los demás rosarinos, cuando la historia precisó de toda la ciudad y de todos los extras posibles, como cuando nos invadieron los marines porque el gobierno no pudo contener los saqueos y les permitió actuar para defender los capitales extranjeros; muchos de ustedes fueron conmigo de la Resistencia.

Las mujeres son un capítulo aparte. Todas las que he elegido como heroínas, existen. Me he enamorado de ellas, nos hemos salvado juntos y hemos muerto con la angustia de la ausencia. He recorrido océanos de tiempo y de elementos para encontrarlas. A veces lo he logrado, otras he llegado tarde. Pero ahí, en esas noches en las que la soledad se iba diluyendo con el correr de un film invisible, quizá he podido hacer lo que en la realidad, en mi realidad, me era vedado: tenerlas cerca, hablarles sin vueltas. Como los hombres y las mujeres que iban al cine para ver los primeros planos de sus estrellas porque las amaban en secreto, inconscientes de la imposibilidad de lo tangible, poniéndose contentos cuando se enteraban por los diarios que se habían separado, que no eran felices, como si tuvieran una mínima chance. Mis amores eran quizá más cercanos, podía verlas a diario —podía verte—, pero eran tan inasibles como esos ángeles en blanco y negro, los ojos brillosos y los labios sin mácula, o el gesto del deseo esparcido por la pantalla, mirándonos, siempre mirándonos. Quizá ya no pueda enamorarme en ningún otro lugar que no sea en mis películas. Quizá esté enamorado de vos en una de ellas. Cómo no seguir haciéndolas.

Mañana voy a empezar otra. La trama es simple: yo soy un hombre que imagina historias con personas que conoce. Muchas de ellas ni siquiera me han dirigido la palabra, pero las conozco. Comienzo a imaginar una en la que vivo en un paraje absolutamente desierto, algo ha sucedido y ya no existen las ciudades. Sólo hay un alambrado que separa esa tierra de otra, cuyo horizonte está marcado por montañas nevadas. Decido ir hacia allá, cruzo y en el camino empiezo a encontrarme con otras personas que han hecho lo mismo. Empiezo a imaginarla una noche —a esa historia— y cuando despierto me encuentro en un campo extenso, idéntico al que imaginé, con un alambrado que debo cruzar. Ya sé lo que me espera, porque está ocurriendo realmente, y los que voy a encontrarme se han despertado en la imaginación de otro; a la fuerza deben acompañarme en la aventura, como en Before I Wake, de Mike Flanagan. La mujer es una moza que solía atenderme en la Facultad de Derecho, hace algunos años. La música será algún tema lento, instrumental, que todavía no he elegido.

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