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Domingo 14 de Mayo de 2017

La compleja trama de los límites

Los padres enfrentan nuevos desafíos en la crianza de sus hijos. ¿Cómo protegerlos sin coartarles la libertad? Los adultos ¿se hacen cargo de sus propios límites? Pautas para un desarrollo saludable de los vínculos.

Esta etapa del postmodernismo está marcada por cambios en las relaciones entre padres e hijos. Padres que por miedo a ser autoritarios son excesivamente permisivos, por lo que muchos adolescentes se encuentran con que "sus mayores" tienen sus mismas dudas, no mantienen valores claros y comparten sus mismos conflictos.

En esos padres la función aparece desdibujada, no saben qué hacer, cuál es su lugar, generando una gran confusión en el vínculo con sus hijos, buscando a tientas una igualdad "pintada", un "compinchismo" forzado en una relación que no es simétrica. Porque es necesario dejarlo claro: no se trata de una relación de igualdad. Padres e hijos "no son pares", hay una diferencia de poder y saber o una capacidad simbólica en la cual el adulto debería asumir la responsabilidad del menor.

El adolescente, sintiéndose ajeno, extraño, y en un cuerpo que es un torbellino pulsional, se mueve impetuosamente, impulsivamente, peligrosamente, experimentando nuevas sensaciones, chocando muchas veces ante una realidad que le es adversa.

A veces, su manera de ingresar al mundo adulto es provocando y desafiando; la violencia es un modo de imponerse, de situarse en algún lugar aunque todavía no halla encontrado "su lugar". En esta etapa hay un predominio de actos impulsivos que promueven al adolescente a la acción donde no media palabra. No es raro que actúe sin tener registro de lo que le sucede. Avanza buscando un límite y como este límite se va corriendo o no existe, el chico continua con su accionar esperando que le pongan freno, lo que le permitiría lograr cierta estabilidad emocional.

Puede ser que en ese "desborde" el hijo comience a tener conductas y actitudes agresivas con los padres, especialmente con la madre, llegando a la violencia física. En líneas generales estas situaciones son efecto de dificultades en las relaciones parentales, que pueden estar caracterizadas por una gran sobreprotección y al mismo tiempo sobreexigencias desmedidas. Del otro lado, el abandono paterno o la ausencia de autoridad también las generan.

Miedos y proyecciones

Muchos padres les temen a sus hijos. ¿Por qué es tan difícil para los adultos el tema de los límites? ¿Son imprescindibles? Evidentemente no es tarea sencilla y no se reduce a la prohibición y al no. Desde pequeños los chicos tienen que ir internalizando marcos de referencia como portadores de sentidos. Necesitan de un adulto ordenador que le transmita las normas, la ley, los valores, los códigos, que van a posibilitarle a ese chico o chica constituirse como persona y prepararse para convivir en sociedad.

Para que los padres puedan brindarle a sus hijos todo este bagaje posibilitador de una ética de vida, es necesario que ellos mismos sean respetuosos de sus hijos. Entendiendo por respeto "la capacidad de ver a una persona tal cual es, reconocerla como otra diferente a uno (no como yo quiero o me conviene que sea). Sólo el respeto por el otro evita que el cuidado y la responsabilidad degeneren en dominación". Y por lo tanto, hace falta poner límites a la propia expectativa que se tiene del hijo.

Muchas veces los padres proyectan en el adolescente sus propios ideales, sueños, ambiciones o proyectos que no pudieron concretar. Pero además, para poder poner "límites" al hijo es necesario que el adulto sepa cuáles son los contornos de su función, sus propias imposibilidades.

Y desde ya que hay límites que pueden ser arbitrarios, que tienen que ver con los intereses, deseos o comodidades de los adultos. Cuando un padre no le permite a su hijo ir a bailar porque necesita que se quede cuidando a su hermano menor mientras los adultos salen, por ejemplo.

Lo importante es que estos límites a los que nos referimos no sean arbitrarios y respondan a un proyecto de vida, al bienestar del menor y se adecuen a sus necesidades, aunque muchas veces implique una renuncia por parte del adulto.

Establecerlos tienen que ver con la posibilidad de crecimiento. Hay mucha dificultad de los padres (lo vemos a menudo en consultorio o en las charlas grupales) ya sea por no saber donde están parados y cuál es su rol, o por miedo, por inseguridad, impotencia o culpa. Establecer ciertas reglas implica reflexionar en relación a un abanico de posibilidades: la edad del hijo, el momento que atraviesa, la situación en la que se encuentra, cuales límites los protegen y cuales los coartan, cuando ponerlos y hasta donde. El tema se complejiza ya que depende de la subjetividad del padre y de la madre, de sus historias, de cómo es cada uno, de la relación que tiene con su hijo, de la historia familiar, de la sociedad en la que vivimos. No se se pueden establecer mandatos uniformes.

Es fundamental poder diferenciar las cuestiones secundarias de las verdaderamente importantes para el adolescente. Muchos padres hacen hincapié, por ejemplo, en cómo se viste o se peina su hijo o hija, lo que no genera efecto grave alguno sino que tiene que ver con los gustos o intereses de los mayores.

La importancia de los límites —de la aceptación del no— , tiene que ver con la constitución subjetiva del hijo, con coartar su omnipotencia infantil. Desde chico debe ir incorporando que la realidad no va a ser siempre como él quiere, que no va a poder hacer siempre lo que desea. De esta manera va incluyendo la tolerancia a la frustración que tanto lo va a ayudar como adulto futuro.

Para esto también es fundamental que el adolescente comience a conocer cuáles son sus propios límites, aprenda a ser tolerante, a desarrollar la capacidad de espera y de esfuerzo, actitudes necesarias para poder construir su propio proyecto con metas a mediano y largo plazo. Y que sus padres le trasmitan la importancia de hacerse cargo, de responder sobre sus elecciones y acciones.

En construcción

Tiempo atrás el "título" de ser padre o madre llevaba implícita la autoridad, nadie lo discutía. La paternidad era sostenida por una sociedad que la avalaba; era una figura, sobre todo la del padre, que bastaba para que se lo considerara como tal. Su palabra tenía credibilidad, era tenida en cuenta.

Pero a la autoridad se la construye y hay que merecerla. Cada uno le dará su sello particular. Ser padres depende del ejercicio de esta función que cada uno haga cotidianamente, el respeto y el amor de los hijos hay que ganárselo, no está dado de antemano.

Los niños y los adolescentes necesitan ser contenidos, y si eso falta lo piden de diferentes maneras: con reacciones descontroladas y agresivas o con diversas sintomatologías: abulia, desinterés por el estudio, adicciones, fobias.

Para los hijos es una carga muy pesada que sus padres no le pongan los límites necesarios, ya que los dejan librados a autolimitarse, y aún no cuentan con las herramientas para hacerlo. La ausencia de prohibiciones, tanto desde lo social e institucional, como desde la función de los adultos, especialmente de los padres, deja a los jóvenes en un lugar de desamparo y de gran desprotección, donde cualquier exceso estará permitido.

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