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Domingo 09 de Abril de 2017

Isabel, islera y pescadora

Cada día sale en su canoa a remo a tirar las redes que en las buenas épocas se llenan de bogas, mandubíes, sábalos y amarillos. Corajuda y tenaz, dedica su vida a un trabajo que casi siempre estuvo destinado a los hombres. Una historia tejida a fuerza de sacrificios y amor por el agua.

Isabel Margarita González de Zanabria tiene 75 años, 12 hijos, más de 30 nietos y algunos bisnietos "que andan por ahí". Todos los días se despierta a las cinco y media de la mañana, toma unos mates y enfila hacia su canoa sin nombre que descansa en las aguas marrones del arroyo Leyes, en el límite sur del distrito de Santa Rosa de Calchines.

A bordo de su embarcación hace lo que mejor le sale y lo que más le gusta: pescar. Un territorio reservado a los hombres que ella atraviesa con tozudez y con la certeza de estar en el lugar donde quiere estar: "El agua me tranquiliza, yo ahí me siento bien".

Después de toda una vida de pescadora en esa zona verde y soleada del litoral santafesino, el verano pasado Isabel fue reconocida como la "Islera del año" por parte de sus vecinos de siempre de esa localidad del departamento Garay, en Santa Fe.

Menuda y fuerte, con el cabello atado y una sonrisa bien presente, cuenta que el ritmo de trabajo y de vida lo impone el río y el clima: malo cuando hay bajante y los peces se van buscando cauces más profundos; más abundante en época de crecida cuando las aguas vuelven a poblarse de bogas, mandubíes, sábalos y amarillos.

"Cuando yo era chica casi no había mujeres pescadoras, eran todos hombres. Ahora hay un poco más y algunas se ocupan de pescar pero no muchas, más bien se ocupan de trabajarlo al pescado, de fraccionarlo, filetearlo, despinarlo y todas esas cosas. El hombre lo saca y la mujer lo limpia. Pero a mí lo que me gusta es pescar".

Sólo vivió fuera de su comuna un año, cuando tenía apenas 14. "Era jovencita y me fui a Buenos Aires a lo de una familia buenísima, pero mi papá me hizo volver cuando sacaron al presidente Perón. Acá temblaban de miedo de que me pasara algo".

La llamada Revolución Libertadora marcaría su destino personal, como el de muchos otros argentinos. Isabel ya nunca más abandonó las tierras húmedas de la costa este santafesina, donde los marrones y los verdes se confunden en un horizonte de agua y tierra sin fin.

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La vida en la orilla

De familia de pescadores, Isabel nació en Santa Rosa de Calchines en enero de 1942. "Cuando era chica me escapaba con mis hermanos a la isla cuando mi papá se acostaba a la siesta. El no nos dejaba porque decía que era peligroso, pero nos íbamos igual", recuerda en el patio de la casa sencilla que comparte con su marido casi abajo del puente del Leyes.

Perros, gatos y un loro conviven sin demasiado problema en el lugar, donde asoman restos de una surtida huerta casera algo raleada por el calor de las últimas semanas de febrero. Un tablón sobre caballetes que oficia de mesa al aire libre sostiene a un sábalo reluciente recién salido del río que espera su turno para ser cocinado ese mediodía, o a la noche si la entrevista se estira mucho y el tiempo se hace corto.

Con una sonrisa imbatible, la "islera del año" cuenta que de chica llevaba "fija" para pescar por la costa porque "había abundancia de pescado y andaba cerquita de la tierra". "En ese tiempo había mucha langosta saltona que caía al agua, y los pescados andaban por el borde comiendo los bichos".

Salían armados y moncholos en cantidad, especies que ahora son más difíciles de encontrar cerca de la costa. Luego, de más grande, empezó a perfeccionarse en el oficio saliendo con la canoa y capturando los peces con mallas y espineles, las mismas técnicas que sigue usando décadas después.

"Yo sigo usando lo mismo ahora que antes porque las técnicas no cambiaron, aunque prefiero la malla porque saco más pescado. La red es más grande y así tengo más posibilidades", explica, aunque no desestima los espineles por "así también se pueden sacar varias piezas".

Desde siempre, es el río el que marca el pulso de la vida del pescador. Así lo sabe de primera mano esta mujer trabajadora que disfruta de la charla mientras busca recuerdos de cuando el ahora barrio Leyes (donde viven casi 300 personas) era apenas "un chilcal con dos o tres ranchitos nomás".

"Cuando era chica que a mi papá a veces le costaba sacar pescado y pasábamos mucha necesidad. Ahora a veces hay malas épocas también, porque cuando hay bajante el pescado de acá se va para los ríos hondos. Es mala la bajante".

Las temporadas de crecida, en cambio, traen a los pescados de vuelta a los riachos de la zona: "ahí sale el sábalo y el surubí, pero a veces hay veda y no se puede sacar. La idea es que esté regulado, pero que no se olviden que podamos sacar algo para subsistir".

Usos y costumbres

Para trabajar Isabel prefiere el invierno, esos meses de fresco y mañanas claras libres de dos de los peores enemigos de la gente que pasa sus días en las islas y en el río: las palometas y los mosquitos.╠

"Trabajo más cuando hace frío porque no hay mosquitos ni palometas que hacen perjuicio. Voy a pescar de mañana, recorro, si saco pescado lo levanto y si veo que hay encarno y me quedo".

Cuenta además que durante los meses del verano no pesca sábalo por las plagas que se comen las mallas: "la palometa come el pescado y come la malla, ¡hace cada agujero! se come todo", dice, para avisar que eso significa luego reponer equipos que pueden costar hasta tres mil pesos.

Aunque tiene lancha a motor, prefiere levantarse con los primeros rayos del sol y salir a pescar sola con su canoa a remo así "se mantiene". "Me levanto temprano, a las cinco, tomo mate y salgo sin ayuda", relata.

La rutina incluye luego vender las piezas que sacó a algún mayorista o directamente al público que para sobre la ruta a penas pasando el puente que cruza el arroyo.

Los precios a los que vende los pescados son muy variables: el pescado de línea sin escama (patí, amarillo, mandubí) puede llegar a 15 pesos el kilo, mientras que el sábalo apenas cotiza unos 5 o 6 pesos por pieza. Isabel no trabaja con acopiadores, si no que directamente entrega a los revendedores locales o al público.

Según contó Kauffman, en el distrito viven unos 250 pescadores en el distrito, más la gente de la isla que se gana la vida cuidando vacas o como puesteros.

El auge del sábalo _que comenzó cuando se autorizó la exportación de ese pescado de río a principios de la década pasada_ trajo más pescadores a la zona, atraídos por una actividad en crecimiento y la presencia de plantas procesadoras.

"No sólo la cantidad de pescadores no ha disminuido en los últimos años, si no que por el contrario ha aumentado", señaló el jefe comunal, quien subrayó que hay tres frigoríficos ubicados en la zona de la Vuelta del Pirata cuyo fuerte es la pesca variada y el sábalo.

Como muchos expertos y conocedores del estado del recurso ictícola, Kauffman opinó que lo ideal sería fomentar el consumo interno de pescado de río y limitar las exportaciones ya que "somos el único país del mundo que exporta sus recursos ictícolas".

Algo que debe hacerse "de a poco" para que no impacte en lo laboral.

Hasta en la mesa

A pesar de los 75 años, no hay día en el cual Isabel no esté en el agua o muy cerca de ella. Desde hace poco tiempo cobra una jubilación, pero no por eso deja de ir a pescar, actividad que mantiene por necesidad pero también por gusto.

"Mi marido me suele decir 'dejá de joder de andar por ahí', pero aunque él me diga que no, yo voy igual, porque me gusta", se despacha segura de sus sentimientos.

"A mí el agua me tranquiliza, me siento bien ahí, en el río. Es mi lugar y me gusta remar, y de paso la remada me hace bien", agrega mientras estalla en risas y muestra los brazos fibrosos. "Tengo un motorcito pero elijo el remo, salvo que vaya lejos y entonces si uso la lancha. Pero para ir a recorrer dele remo nomás, yo sé que eso me hace bien", sentencia.

Pero además de enmarañarlos en redes y mallas, Isabel disfruta comiendo pescado. Asado, frito o como chupín, no pasan más de 48 horas sin que la carne blanca aparezca en la mesa familiar, con el patí frito y la boga asada como platos estrella.

"Yo apenas pesco algo le digo a mi marido que vamos a comer pescado ¡y él ya está podrido!! Pero me gusta mucho, la verdad", relata ya sobre el final de la charla cuando el mediodía se acerca y crece el movimiento en las calles de tierra que atraviesan de forma desordenada el barrio.

A la hora de hablar del premio recibido se pone seria y baja un poco la cabeza: "No me lo esperaba pero me causó mucha alegría que se acordaran de mi, yo nunca había recibido un reconocimiento así" dice, mientras cuenta que además de "unos pesos que vinieron muy bien" también recibió perfumes y alguna cartera.

El futuro que imagina está atado a lo que hizo toda su vida: pescar. "Si Dios quiere voy a seguir pescando porque no pienso jubilarme de pescadora".

En cambio, para sus hijos imagina y desea días alejados de las redes y de los espineles por la carga de sacrificio diario que conlleva ese tipo de vida. "Yo prefiero que no sean pescadores porque es muy sacrificado".

"Si los que nos critican y nos dicen que nos dan ayudas hicieran el trabajo que hace un pescador no durarían ni un día. ¡Hay que andar mojado hasta en invierno, tiritando de frío para levantar las mallas!".

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La tierra del sol

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Carlos Kauffman, presidente comunal de Santa Rosa de Calchines.
Carlos Kauffman, presidente comunal de Santa Rosa de Calchines.

Santa Rosa de Calchines es un pueblo de casi 10 mil habitantes que se despliega sobre una franja larga de tierra en el límite sur del departamento Garay que vive de la horticultura, la pesca, la ganadería y el turismo de costa.

A tono con lo que impone su bella geografía de río y humedal, dos de sus actividades más tradicionales son la pesca y el trabajo de isla. Con una extensión de 23 kilómetros de este a oeste, el distrito reposa en buena parte sobre el agua: "Es una lengua de arena rodeada de agua, de bañados, lagunas, arroyos y ríos, ese es nuestro hábitat natural y la gente vive de eso", explicó Carlos Kauffman, el jefe comunal.

Esto no sólo significa pescadores, si no también puesteros o cuidadores de ganado. Son los llamados isleros, gente que vive y trabaja en relación con el ecosistema que envuelve al pueblo y a sus habitantes.

Con 40 años de vida, la fiesta del islero —que cada año designa a un personaje destacado de la zona y que en la última edición premió a Isabel González— es una de las más típicas de la zona: "La celebración más típica de Santa Rosa es la fiesta del islero, y su sentido primero es elegir al islero del año", razonó Kauffman.

La celebración incluye además un desfile de canoas y números musicales en un escenario que se monta casi sobre el arroyo, así como concursos de tejido de mallas y de habilidades relacionadas con la pesca como el armado del espinel.

En los últimos tiempos, la localidad se convirtió en un destino elegido por turistas para pasar un fin de semana en contacto con la naturaleza. "El tema del turismo es relativamente nuevo acá, primero venían los pescadores y ahora vienen más familias", señaló Kauffman, quien además contó que durante los últimos años creció mucho la población estable del pueblo ya que cada vez más personas eligen una mejor calidad de vida que la que ofrecen las ciudades.


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Agua mala

Hace un año largo, la crecida persistente del Paraná saturó los cauces de los riachos y arroyos de la zona y generó una inundación prolongada que obligó a los pobladores del barrio Leyes a abandonar sus casas y a instalarse a la vera de la ruta 1.

"Nadie quería dejar la casa ni las canoas porque es su fuente de trabajo. Fueron meses muy complicados" recuerda Melisa Stehli, una de las dos trabajadoras sociales de la comuna de Santa Rosa de Calchines, que tiene a su cargo el cuidado y mantenimiento de una barriada cuya población creció de forma exponencial en los últimos tiempos sobre todo con gente llegada desde la ciudad de Santa Fe.

Como muchos otros vecinos históricos del barrio, Isabel no se siente cómoda con algunos de los recién llegados: "No me gusta que haya mucha gente, algunos son medio malos y a veces se complica".

Con el crecimiento desmedido del barrio llegaron los problemas de inseguridad, algo raro en una zona muy tranquila que siempre estuvo poblada por familias tradicionales que se dedican a la pesca o a las tareas de isla.

Según relata la trabajadora social, en barrio Leyes vivieron históricamente unas 40 familias. Sin embargo, después de la inundación de principios de 2016 llegaron a la zona más habitantes para conformar ahora un núcleo de alrededor de 90 familias para completar un número total de 350 personas.

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Melisa Stehli, trabajadora social de Santa Rosa de Calchines.
Melisa Stehli, trabajadora social de Santa Rosa de Calchines.



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