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Domingo 26 de Marzo de 2017

Iceberg

La serpentina de un aire frío en medio del verano trae de repente el recuerdo del Titanic, del choque con la majestuosa y silente mole de hielo que es mucho más de lo que se ve (en rigor es fundamentalmente la superficie sumergida).

La serpentina de un aire frío en medio del verano trae de repente el recuerdo del Titanic, del choque con la majestuosa y silente mole de hielo que es mucho más de lo que se ve (en rigor es fundamentalmente la superficie sumergida). Sí, para quienes podemos compartir con congéneres el acceso a la educación, el trabajo, la cultura, y gozar tanto de derechos consagrados como de ciertas libertades económicas y sexuales, la desigualdad entre hombres y mujeres se parece en gran medida a un iceberg. La vislumbramos lejana; no tan grave, peligrosa ni preocupante a esta altura de los acontecimientos; como algo que ya se fue superando y no da para exagerar ni rasgarse las vestiduras. La desigualdad nos resulta un tema menor, por el que no vale la pena alzar la voz, discutir con la pareja, pelearse con el compañero o con el jefe, armar bardo en un cumpleaños familiar y mucho menos mostrar una teta. Pero a poco de desandar la travesía, tropezamos con la mentada disparidad de oportunidades entre los géneros y corremos el riesgo de hundirnos sin salvavidas en el gélido mar de lo que habíamos subestimado, por no valorar las razones profundas de esa asimetría que se va construyendo desde que venimos al mundo. El movimiento de mujeres irrumpe hace tres siglos para ayudarnos a dimensionar la inquietante presencia del iceberg, para sumarnos a esquivarlo y seguir todas y todos sanos e íntegros. E incluso, si fuera necesario, destruirlo.

Que no hayamos tomado cabal conciencia de los alcances de la asimetría no invalida a quienes luchan por estrecharla. Por el contrario, ese batallar incesante nos invita a hacer el ejercicio de pensar cómo fraguan los roles de género, que justamente en su calidad de roles se definen en las interacciones de una cultura, de una situación política y a lo largo de la historia. Vivimos en una sociedad binaria (masculino/femenino) y así nos anotan cuando nacemos, así nos educan y condicionan, pero existen muchas formas de experimentar la sexualidad. De hecho en nuestro país hubo reconocimientos legales importantes en ese sentido en los últimos años, como las leyes de identidad de género y de matrimonio igualitario, incluso la de fertilización asistida (que permite y regula las más variadas posibilidades de fecundación e implantación y habilita sin mayores recaudos la criopreservación del material genético y de embriones). Las discusiones sobre género y subjetividades, la producción teórica y la participación social para ganar y ampliar derechos nos rodean y atraviesan aunque creamos que estamos al margen, que no nos interesa, que no nos representa, que no vamos a chocar ni a dañarnos con el cuerpo del iceberg.

Los reduccionismos nunca colaboran a la hora de intentar la comprensión de cuestiones complejas. Tampoco que los grandes medios de comunicación, con su lógica de capturar lo diferente para demonizarlo, sean las únicas fuentes de información. Si bien el feminismo se lanzó al ruedo político a finales del 1700, mi vecino de 70 años —padre, abuelo y profesional— se desayunó a raíz de las recientes y multitudinarias manifestaciones de mujeres de la consigna "Ni Dios, ni patrón, ni marido". La comentó como una novedad irritante cuando nos cruzamos yendo a tirar la basura y citó como referencia al noticiero. Por su tono de consternación, entreví que el feminismo es su propio iceberg, un hecho maldito difícil de entender. Si no hay religión ni salario ni matrimonio... ¿qué hay en la vida de la mujer? El patriarcado es aquello que nos impide pensar la respuesta. No se trata de que las mujeres derrochamos claridad en estos temas por el sólo hecho de tener vagina y los hombres no, sino de que el feminismo brega por el reconocimiento de los derechos de las mujeres sin suponer la supremacía de un sexo sobre el otro mientras que el patriarcado constituye una forma de poder en la cual los varones dominan a las mujeres, tienen mayor relevancia en todas sus actividades y resultan ser el polo humano por el que se mide el prestigio. Así lo explica y desarrolla la filósofa española Amelia Valcárcel. En una sociedad patriarcal el varón es la medida de todas las cosas. Cada uno de los varones sabe de su importancia y, en consecuencia, de la falta de importancia del sexo femenino en su conjunto, aunque tenga que apreciar a las que jerárquicamente estén por encima suyo, que siempre las habrá. La existencia de esas mujeres superiores a un varón determinado no pone en duda la superioridad masculina en una sociedad patriarcal.

El vecino jubilado da por finalizado su comentario, tira la basura en el contenedor y me guiña el ojo. De repente estamos en la cubierta del Titanic, un aire frío se palpita en la evocación del choque, el naufragio, la mole de hielo que es mucho más de lo que se ve. Me pregunto qué pasa cuando hay diferencias entre el ser y el deber ser, cuando nos atamos a lugares comunes y los reproducimos sin pensar si actuamos por deseo o por costumbre. Me pregunto cómo construir relaciones más sanas, libres y felices, en tanto se basen en la autonomía y no en los prejuicios. Me pregunto cómo empoderarme en relación a mi propio cuerpo y al de los demás, cómo fomentar el respeto y la no violencia, aceptar lo diferente, animarme a ser diferente más allá de los mandatos y las jerarquías impuestas. Me pregunto cómo salir del esquema binario para pensar los géneros y contemplar la diversidad de personas, parejas y familias sin autoritarismo, con comprensión y tolerancia. La reflexión en sí es un acto. El iceberg comienza a derretirse.

Alicia Salinas

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