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Domingo 28 de Mayo de 2017

Espejos del alma

Cecilia Piazza posa para las fotos con un títere que es tan grande como ella. Después del flash, le advierte al fotógrafo que el muñeco no salió bien.

Cecilia Piazza posa para las fotos con un títere que es tan grande como ella. Después del flash, le advierte al fotógrafo que el muñeco no salió bien. El hombre mira a la cámara y le da la razón. Ella asiente. "Yo lo conozco", y abraza a ese gaucho gigante, que es un títere, un personaje lleno de vida, una herramienta de trabajo. Cecilia tiene 57 años y es titiritera, creadora de la compañía de títeres La Hormiga con la que no sólo recorrió todo el país y distintas ciudades de Europa y Latinoamérica, sino que viaja por las escuelas y jardines de Rosario, el escenario principal que eligió hace más de treinta años.

   "¿Qué es lo que siento? Felicidad". La mujer, de risa fácil y rulos sueltos, responde y ejemplifica: se acuerda de una vez que al terminar una función su mamá le hizo notar lo linda que estaba. Ella le respondió que sí, claro, terminaba de hacer títeres. "Yo sentí que me decía «floreciste». Y para mí, este trabajo te permite florecer". Para Cecilia lo más lindo es esa sensación y el encuentro inmediato con las personas: niños, niñas y adultos, a través del lenguaje artístico. Los títeres son otra forma distinta al tiempo o lo real. "Manejar un títere es animar objetos que no tienen vida y crear, a la vez, un lenguaje para comunicar. Los títeres tienen un poder muy intenso de comunicación y también pueden ser un lenguaje más lindo si logras síntesis, poesía. Lo mismo que sucede con cualquier arte, ¿no?".

   La titiritera habla de sus títeres con complicidad: como si tuviesen realmente esa vida que ella les da y que no es más que su reflejo. Los títeres, explica, no sólo son su herramienta laboral sino que también son personajes y en esa creación está la mayor riqueza de su obra. "Tener varios personajes permite tener miradas diferentes para una misma cosa. Y a la vez, todos esos personajes soy yo, las personas que me rodean, las experiencias que vivimos".

   El living de su casa está repleto de cosas. Lo primero que se destacan son papeles y, obviamente, títeres. También un hermoso ventanal al río. La mujer toma un café con azúcar integral y cuenta que fue ahí mismo donde, en el año 1984, empezó a ensayar sus primeras obras. Sus compañeras eran las mismas con las que había transitado la Escuela de Títeres de Rosario. Ese primer grupo que tuvo con quienes son todavía sus amigas se llamó La Mancha. Cecilia, sin embargo, no había soñado con eso desde chica. Hacer títeres y darles vida no era un sueño cumplido de la infancia sino que fue un descubrimiento, un oficio construido de a poco. "De chica no me gustaban los títeres. Me debo haber encontrado con una o dos obras y no me sentía adentro de esa situación, ni partícipe". Se recibió, antes de que de titiritera, de maestra jardinera. Destaca que escribió obras de teatro y adaptaciones desde la secundaria. Y una vez recibida, eligió la escuela de títeres como un complemento a su carrera como maestra. "Trabajé dos años en los jardines y no estaba cómoda. Me metí a estudiar títeres para sumar y fue al revés: decidí ser titiritera".

   Los grupos de títeres siguieron apareciendo. Finito y Fina siguió a La Mancha y en el año 1994 apareció La Hormiga, que todavía sigue vigente. Ella eligió el nombre para su teatro ambulante porque compartía esa misma característica: iba de acá para allá. "Me pensé de ese modo. Siempre me iba de viaje y dejaba el grupo y la obra. Entonces lo construí como para hacerlo sola, pero al final nunca salió así. No está tan bueno". El grupo tuvo distintas conformaciones. Actualmente está acompañada por Diego Perzik y Franco Pisano. La Hormiga, sin embargo, muta siempre: se convocan a otros grupos y artistas si la obra lo amerita.

   Ella empezó a ser titiritera con el comienzo de la democracia. De ese momento histórico destaca la posibilidad de generar espacios, encuentros, capacitaciones. Incluso da un ejemplo: poder pedirle a la Municipalidad "porque era democracia". La esencia de lo grupal atraviesa todo su relato, que del 84 salta, no casualmente, al año 2000. Ese año comenzó a ser parte (desde La Hormiga y con cuatro elencos más) de la organización del Festival Nacional de Artes Escénicas Infantiles "Ocho espectáculos con yapa". Un año más tarde, se hizo parte, también con su grupo, de la fundación Titiriteros Rosarinos, que integran 22 elencos. "Nos juntamos por necesidad. Y enseguida vino la crisis. En diciembre hacíamos un festival a la gorra en el Parque España y venían cerca de doscientas personas. La necesidad de vernos era muy grande. Eso no volvió a repetirse". La presencia del Estado en los proyectos también es fundamental para ella y por eso destaca los primeros golpes de puerta y el apoyo que se sostiene hasta ahora, tanto del Instituto Nacional del Teatro, como del gobierno local y provincial.

   Los días de Cecilia Piazza no son siempre iguales. Según la época del año puede llegar a tener cuatro funciones al día o ninguna. Ahora estará lo que queda de mayo y todo junio en el Centro Cultural La Nave, los sábados a las 17.

La mujer ya lleva más de treinta años entre obras, muñecos, historias y giras. Recorrió toda Argentina y varios países,pero siempre vuelve. "Elijo mi ciudad porque nací acá, quiero vivir de esto y genero trabajo acá. Rosario es lo cercano, lo que te compete y hacés para tus vecinos. Hay una idea de que la trayectoria se hace en otros países o con premios. Para nosotros, que vivimos del trabajo con escuelas y jardines, el mayor reconocimiento es que todos los años nos vuelvan a convocar porque a los chicos les gusta lo que hacés".


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