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Domingo 30 de Julio de 2017

Esos chicos "violentos"

Algunos muestran su costado agresivo en el aula, maltratando a docentes o compañeros, y terminan siendo rechazados o señalados. ¿Qué están queriendo decir? ¿Cómo escucharlos para entender qué les pasa? El rol de los padres y de la escuela

¿La diversidad de violencias es un signo de esta época? ¿Cuáles son las características que las hace diferentes? Sin duda, las violencias en las escuelas se convirtieron en un problema social que fue aumentado en los últimos tiempos, obligándonos a reflexionar fuertemente sobre lo que está ocurriendo. Se presentan en un abanico de manifestaciones y significaciones diversas como escenario de un despliegue de diferentes sintomatologías de los sujetos que intervienen.

La reiteración de situaciones violentas y conflictivas —consideradas antes como excepcionales— llevan a su naturalización y a negar una parte de la realidad. Lo novedoso es que los actos violentos que invaden la escuela se exhiben como una pelea de todos contra todos, como un ataque de irracionalidad colectiva. Los educadores sienten impotencia por no poder ejercer su autoridad; los padres que muchas veces están ausentes o no quieren ver lo que ocurre, y los alumnos manifestando su angustia a través de acciones agresivas.

En la cultura actual la figura de autoridad paterna desdibujada influye marcadamente en nuestras subjetividades y eso genera un declive de la autoridad como referente del saber, valores e ideales y como transmisora de códigos y normas para vivir en sociedad. La función paterna está devaluada. Hay una descalificación de la autoridad del modelo tradicional de la figura del padre que es correlativa a la declinación de los semblantes de autoridad, lo que puede aplicarse también a otras figuras como el docente, el médico, el juez.

La adolescencia, sabemos, es un momento de crisis. Todo es metamorfosis. Junto con el cuerpo también cambia el psiquismo y el universo emocional. En muchos chicos y chicas se da una búsqueda intensa y son frecuentes las situaciones riesgosas y violentas. Esto tiene que ver con la manera de conocer los propios límites y los de su entorno.

Sintiéndose ajeno, extraño y en un cuerpo que es un torbellino pulsional, el adolescente se mueve impetuosamente, provocando, y a veces agrediendo a sus pares. Así son frecuentes las peleas cuerpo a cuerpo y las violencias desproporcionadas, como una forma fallida de poder encontrarse en este nuevo momento, o como desafío al mundo adulto, a las prohibiciones, sin entender muy bien qué le esta pasando y cuáles pueden ser las consecuencias de su accionar.

¿Qué mirada podemos tener en relación a los chicos que se manifiestan en actos violentos? Es fundamental poder hacer una lectura ética, lo cual significa tener una visión despojada de prejuicios, poder despejar los hechos de ciertos estereotipos. Ponerse en el lugar del otro, del que agrede, del que es agredido, ya que no hay buenos ni malos. Son chicos que sufren y necesitan ser escuchados. Por eso es importante interrogar al sujeto, para poder asumir la responsabilidad de al menos una parte de su sufrimiento, que le posibilite tomar una posición más sana y entonces, tal vez, poder comprometerse de alguna forma con lo que le ocurre. Que comprenda que algo de él tiene que ver con lo que le pasa, pudiendo expresar su malestar.

Si se lo rotula o estigmatiza como "el peligroso" se lo transforma en una persona temible. Así se lo calla y se lo malinterpreta, quedando excluido de toda posibilidad de una salida. ¿Cómo podemos pensar la subjetividad del adolescente que agrede en forma continua? Estos chicos por lo general sólo conocen una manera violenta de hacer lazo con otro, y puede ser lo que vivieron en su propia familia. Tienen una historia de violencias no procesadas, sin posibilidad de elaboración, sobre todo si proviene de sus progenitores (no necesariamente violencia física).

Muchas veces transformando activo lo pasivo se identifican con el agresor y se convierten en victimarios, pudiendo ubicar un enemigo externo amenazante, alguien a quien no consideran un humano, sin un objeto, la lógica es él o yo, la anulación del otro en tanto no yo. Cuando el otro se presenta como distinto su reacción es la violencia ya que de esa forma "destruye" en el otro esa diferencia que no acepta de sí mismo.

En estas familias, generalmente, hay ausencia de figuras parentales o falta algún adulto que acompañe al joven en su tránsito por la adolescencia, que le pueda brindar sostén, apoyo y contención verdaderas. Son jóvenes que no fueron escuchados, ni mirados y maltratados de diversas formas.

O padres débiles en su función que no pueden o pudieron poner límites claros y tienen una actitud de excesiva protección y permisividad hacia su hijo, lo que también pueden generar en los adolescentes reacciones descontroladas.

Cosificación

Hay padres que tratan a su hijo como si fuera un objeto, algo propio que se puede manipular a su antojo. Así se lo fuerza a ser otro, desconociendo sus emociones, sus deseos y sus posibilidades. Padres que no se posicionan como alguien diferente del hijo sino que lo sienten como una parte de sí mismos que no les agrada, no toleran y rechazan. O pasa también cuando el hijo viene a ocupar un lugar muy idealizado: el quiebre de las expectativas parentales puede ser terrible.

Se generan situaciones en las que la demanda del hijo puede ser muy angustiosa para algunos padres cuando tienen dificultad para contenerlo ya que ellos mismos arrastran su propia historia de desamparo.

La violencia familiar tiene un amplio abanico que va desde la ignorancia de los sentimientos del hijo hasta las amenazas, la denigración y los castigos constantes que tienen un efecto negativo en la constitución de la subjetividad de ese chico.

Asistimos a un cambio en el modelo de la familia actual. Familias ensambladas, monoparentales, padres separados, entre otras. Los adultos están atravesando su propia crisis de la edad media de la vida que muchas veces viene acompañada de replanteos sobre aspectos emocionales y laborales no quedando lugar de atención para el hijo, que termina entrampado entre las diferentes exigencias que enfrentan los padres.

Por eso es muy importante tener en cuenta que el adolescente necesita tiempo y espacio para ser escuchado y atendido, que necesita sentir que hay un adulto con el que puede contar, que no necesariamente tiene que ser el padre

Generalmente, los padres de chicos violentos no quieren escuchar los reclamos de la escuela, tienen dificultades para implicarse en lo que le está sucediendo a ese chico o chica, no tienen recursos para hacerse cargo de su hijo y delegan en la escuela su propia responsabilidad en relación al adolescente.

La intervención de los docentes y tutores puede contribuir a detectar estas situaciones, observando qué ocurre con los alumnos, porque no es raro que el chico que está siendo violento no se relacione con los demás quedando en soledad, porque es rechazado por sus compañeros. El gabinete psicológico de la escuela tiene un rol fundamental. Su intervención posibilita la escucha, la detección, la contención, la orientación, estimulando la participación de todos los involucrados. Entre sus tareas está la organización de una red de comunicación entre la escuela, los alumnos y los padres que fortalezca el diálogo. Así como capacitar a los educadores para que puedan actuar en los casos de agresión y otras dificultades que se puedan presentar. Considerando que esto puede ser posible si cada uno de los adultos implicados se comprometen desde su rol y coordinan las acciones en conjunto.

En circunstancias de mucha complejidad los padres pueden asesorarse por un profesional psicólogo, aunque su hijo no quiera asistir. Es otra manera de abordar la problemática, pudiendo así analizar las dificultades, desde su lugar de padres y sus propios intereses, y finalmente encontrar respuestas.


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