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Domingo 16 de Julio de 2017

Escribir con intensidad

La periodista y cantante Celina Abud publicó su primer libro. Cerca de los 40 años, se considera una mujer de la generación "ni".

Hay un momento, al borde de los cuarenta años, en que parece que todavía está el pescado sin vender y que la suerte está echada. Todo al mismo tiempo, y eso es lo curioso. Hay salidas, rocanrol, libros y música, mucho consumo cultural pero al borde de eso, en su entresijo, acecha una cierta angustia. ¿Esto era la vida? ¿O hay algo que me estoy perdiendo entre lo que tengo que hacer? ¿Y de ahora en más, qué? ¿Tengo que repetirme lo mismo en sucesivas dosis o tengo que cambiar radicalmente, reinventarme?
De eso parecen estar hablando los tres cuentos largos que la periodista y cantante Celina Abud reunió en Alguien con quien hablar (Editorial Crack-Up), su primer libro. Sin ser rupturista, se permite en los intercambios de los diversos personajes que inventa la utilización de mensajes de correo electrónico, así como una crónica cuentificada (o un cuento cronicado) en el relato que le da título al libro.
Polifonía que recuerda a un clásico argentino no canonizado como Rosaura a las diez, de Marco Denevi, según la misma Abud cuenta. "En mi búsqueda, probablemente los escritores más clásicos me vean como moderna, mientras que para los más jóvenes puede que atrase. Soy una chica de la generación "ni" que habla de sentimientos en la era del Fuck your feelings (al carajo con los sentimientos). Por suerte, algunos lo agradecen", dijo en esta entrevista.

—¿Cómo se dio este debut literario? ¿Cómo elegiste el material para su publicación?
—Aunque con intermitencias, desde hace un poco más de diez años voy a talleres de narrativa. Si bien en ese tiempo escribí cuentos que en volumen podrían conformar un libro, no lo hacían en unidad. Me preocupaba ser demasiado ecléctica y ver a mis textos desparejos. Eso pasó hasta que en el taller de Hernán Vanoli terminé "¿Hace cuánto que nos vemos?", el primero de los tres relatos del libro. Sentí que no tenía que tocarlo, aunque en longitud parecía ser demasiado largo para un cuento y un tanto corto para una nouvelle. Además me parecía que, por lejos, era lo mejor que había escrito. Fue así que me dije "tengo que hacer dos relatos más de la misma calidad y similares en longitud". Esa fue una gran presión, porque uno siempre se pregunta si podrá superarse, pero también un gran alivio porque en mi cabeza vi un libro por primera vez.
—¿Cómo trabajaste con el editor?
—Primero trabajé los tres relatos con Vanoli, quien nunca se comportó como un tallerista sino más bien como editor, y no te soltaba la mano hasta que te veía embarcado en un proyecto tangible. Más tarde, la editora y amiga Paola Adler, que es parte de Crack-Up y trabaja para otros sellos me dijo: "Tengo abstinencia de editar. ¿Me podés pasar algo tuyo para que lo lea?". Leímos juntas el cuento "Alguien con quien hablar" y ella me ayudó mucho a corregir temporalidades y repeticiones en un texto que estaba entre el cuento y la crónica. Lo hicimos en bares, en restaurantes, en casas, en el Tigre. Al leer algunos pasajes, ella me decía "esto no lo expliques, narralo". También me quitó miles de "ya que", un vicio de mi trabajo como periodista. Para cuando le pasé "¿Hace cuánto que nos vemos?", Paola ya había hablado con Ariel Sebastián Díaz, que es el responsable del sello y juntos habían tomado la decisión de publicarme, incluso antes de que yo terminara de escribir el cuento "Las agujas". Para mí fue una enorme sorpresa y me siento muy feliz de formar parte de un catálogo de lujo. Pero no dejamos de trabajar hasta el día de hoy. Nos comunicamos constantemente y militamos el libro todo el tiempo.

—La voz narradora resulta muy potente y a la vez cercana a la autora imaginaria, ¿te pensás dentro de lo que se conoce como literatura del yo?
—El tercer cuento "Alguien con quien hablar", que le da el título al libro, es una ficción basada en hechos reales que me pertenecen. Pero no sé si enmarcaría al texto dentro de la llamada "literatura del yo" porque no quise contar mi historia, sino realizar un experimento con reacciones tanto mías como ajenas. El disparador fue ver esvásticas marcadas en el ascensor. Con esa excusa, ahondo en los problemas vecinales y en la discriminación. Pero mi eje principal fue la incomodidad, tanto de quien dibuja una esvástica como de quien la tiene que ver todos los días por imposición y, por qué no, la incomodidad de armar un texto como ese mientras la vida sucede y en ocasiones aplasta. No me quise limitar a hablar de cosas que me pasaron sino que me inspiré en el trabajo de Emmanuel Carrère, que se inserta dentro de la historia que cuenta, algunas veces con más protagonismo que otras. Los otros dos cuentos que componen el libro son ficciones que no tienen que ver con sucesos de mi vida, pero puede haber una cercanía con mi visión y porque no concibo escribir sin intensidad.

—De hecho, en ese último cuento, por ejemplo, está relatado un encuentro con otro escritor, Juan Terranova, que tiene todas las trazas de haber sido real.
—Terranova tiene mucha obra publicada y de diversos géneros. Por sus ensayos, supe que tenía que entrevistarlo para este texto y lo hice. Lo mismo me pasó con el rabino Damián Karo. En ambas oportunidades también jugué con mi propia incomodidad, porque no conocía a ninguno de los dos por fuera de menciones de terceros y además, si bien les había dicho que quería entrevistarlos para un proyecto literario, no les había anticipado la temática. Ellos tampoco lo preguntaron. Entonces, corría el riesgo de que las charlas fueran un desastre, pero por suerte estuvieron muy bien. También los elegí porque ambos, desde su lugar y con su estilo, invitan al debate. Me interesó la idea de encontrar ese punto en común en dos personalidades bien diferentes.

—¿Con quién te sentís cercana? ¿Creés que formás parte de una generación de jóvenes escritores?
—En realidad, siento que floto en un limbo, porque sin duda no soy clásica, pero no sé si podría enmarcarme en una corriente de jóvenes escritores. Leo con admiración a mis contemporáneos y a escritores más jóvenes, en especial a argentinos. Y noto, tanto en el terreno de la ciencia ficción como en el realismo, que la mayor búsqueda se expresa en investigar los límites del propio cuerpo, las intervenciones médicas y las innovaciones tecnológicas que podrían modificarlo en el futuro. También narran los detalles con máxima precisión, incluso a nivel microscópico. En toda esa búsqueda no se habla con desparpajo de los sentimientos, de las alegrías y las miserias. En mi caso, son esos sentimientos mi principal materia prima. No es casual que te diga esto a mis 38 años, porque formo parte de esa generación bisagra que no fue nativa digital pero presenció la masificación de internet. También fui adolescente en los años de 1990, la década en la que se evidenció que el discurso de nuestros padres de que "todo se logra con sacrificio" no se condecía con la realidad. Todos buscamos comprender la vida, indagamos el interior de las cosas y en eso estamos cerca.

Martín De Ambrosio
Especial para Más

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