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Domingo 19 de Febrero de 2017

En el salón de billares

Practicaba el arte ocioso del cigarrillo con parsimonia. Al llevárselo a los labios sostenido por unas uñas extremadamente largas se le completaba un aire entre Bogart y Bela Lugosi. Húmedo de naftalina en su sobretodo marrón, siempre con un pie en la tierra y otro, balsámico, con olor a alcohol allá en las nubes, artista de privilegios como era, lo admirábamos.

A lo lejos, tras el muro transparente del vidrio, se desdibujaba una tarde inmensa. El taco de billar, parado de culo, se estremecía cuando alguna de las bolas rebotaba en las bandas, porque el tipo tiraba y rápidamente, como si le quemara el madero que llevaba al pecho. El Negro Cornejo, último sobreviviente de una raza extinta, apaciguó el correr de la roja con la mano. Era un tape oscuro y ceremonioso que jugaba con él y ese gesto denotaba que se encontraban corrigiendo direcciones en la búsqueda del tiro perfecto. El Flaco sopesaba la alquimia de una idea como quien repasa mentalmente la táctica de una batalla. Era lo más importante del mundo lo que entre ellos estaba sucediendo y le transmitían electricidad al ambiente. Nosotros, a unos metros, sabíamos lo que interrumpíamos con los constantes traqueteos groseros de los mangos del metegol y nuestros gritos perrunos. El ritmo de un anuncio que estaba al caer nos hizo hacer silencio. Allí había algo y no era bueno perdérselo. Podríamos aprender. Dulce de Leche era el apodo del tipo y aquello lo tornaba algo indigno, pegajoso, poco menos que incompatible con su aire de dandy y de aventurero venido a menos.

—Es por el color del sobretodo que no se saca nunca, aclaró Pellegrino mientras hacía sonar el repique de un gol que sonó como un balazo. Nos acercamos al rectángulo verde iluminado con fluorescentes: los contendientes parecían generales dispuestos sobre un mapa, pero si uno los miraba a fondo la alcurnia por una gallardía de generalato se iba a pique rápidamente. Cornejo llevaba una camisa de mozo con el reborde negro de tierra acumulada; olía a sudor añejo y nos odiaba, mientras que Dulce de Leche, más enigmático pero persuasivo a la hora de explicarnos por qué una bola hacía tal o cual derrotero, parecía perfumarse con ginebra y tabaco. Era nuestro preferido: tenía algo de galán derrotado, de exiliado comunista, de padre con hijos perdidos, pájaro comestible distraído y mal entrazado en una tierra de águilas; nos movía, en definitiva, la admiración y un poco la lástima. Cornejo nos quiso echar. Dulce de Leche observó, cigarrillo entre los labios. —Déjelos, Indio, así aprenden... esto es como mirar un cuadro... uno que se pinta con cada tacazo, vea... Aquel pensamiento logró deslumbrarme porque era una verdad a gritos: si se pudiera trazar la línea de cada bola con color tendríamos obras impensadas. Yo que aún no había descubierto el arte contemporáneo, ni los graffitis, ni el collage ni a Pollock y había entendido fugazmente que el arte era un poco de polen en el aire. Como las manchas de humedad. Como las cortezas de los árboles. No sé por qué pero recordé a mi padre señalando a quien hacía una prueba imposible demostrando habilidad innata y entonces era cuando magnificaba todo con la frase: "El Fulano es un artista, una eminencia". Se refería al abanico que comprendía a cantores, artesanos, basquetbolistas, delanteros, estafadores o contadores de cuentos. Yo ya había entendido. Daba lo mismo cualquier etiqueta. El mundo pleno estaba allí, repleto de talentos y de espíritus solitarios en medio de una llanura de preciosismos llaneros. Lo mismo, dicen, aseguraba un tal Riestra, aquel desconocido al que solíamos ver parado en un ángulo del estaño tratando de pasar inadvertido: se sabía que era escritor y que venía del centro a ver al tipo de sobretodo porque estaba escribiendo una novela de billares. Callado, casi de perfil para que no lo notaran, tomaba apuntes, invisible y foráneo.

—Es una belleza, ronroneaba por lo bajo Dulce de Leche: la bola de punto giró sobre sí misma, desplazó a la otra que ahuecó el pecho suavemente contra la roja enviándola hacia un ángulo donde quedó muerta tras besar a la primera. Cornejo festejó afirmando con la cabeza. El otro saludó a una platea invisible: había logrado, según adivinamos, algo insuperable. Tanto que ambos batalladores dejaron el juego y se fueron abrazados por los hombros hacia la barra, donde el Indio, jovialmente, despachó a su rival un vaso de vino hasta el borde. De regalo, como ofrenda, mientras movía la cabezota resignado en la derrota, complacido por la epifanía. Nosotros, chiquitos ante la magnificencia del hecho regresamos hacia el metegol, donde nos olvidamos rápidamente del Momento, mientras evitábamos el molinete y el tiro al voleo, afinando los dedos, sacando punta a nuestras almitas horizontales, deseando nosotros también ser un poco artistas.

Pero nos faltaba mucho, la sangre era un chorro de energía y no había tiempo alguno para fijarse con detalle en las cosas: ya habría espacio y lugar, cuando dejáramos la cáscara de pajaritos en la vereda y aprendiéramos a meternos en el mundo verdadero con garras y picos a la vista.

—Una belleza, una belleza— murmuraba Dulce de Leche, abarcando el universo a través del líquido bordó de su vaso de tinto. Al fondo, sin que lo hubiésemos notado, estaba parado Riestra: alto, flaco, joven con los ojos húmedos de emoción tomando apuntes en una libretita Norte.

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