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Domingo 16 de Julio de 2017

Elogio del entusiasmo

Allí donde Oroño se cruza con Saavedra, y el elegante Boulevard se vuelve definitivamente barrio, vive el profesor Oscar Galucci.

Allí donde Oroño se cruza con Saavedra, y el elegante Boulevard se vuelve definitivamente barrio, vive el profesor Oscar Galucci. Alternó, durante toda su vida, el digno oficio de relojero, con la profesión de músico. Desde siempre fue violinista de la Orquesta Sinfónica Provincial.
Todos los días, como hace más de sesenta años, Oscar toca su violín. "Es que...¿sabés qué pasa?", me explica, "como decía un maestro: si un día el violinista no ensaya, al otro día él se da cuenta de eso.
Si durante dos días no ensaya, al otro día, él y un crítico se dan cuenta. Y si durante tres días no ensaya, él, el crítico, y todo el público se dan cuenta".
Ahora está empeñado ensayando los "Capriccios" de Paganini, una de las obras más difíciles para violín, y dice "que le van saliendo".
Tiene alumnos que lo visitan todas las semanas para aprender los secretos de un instrumento sin referencias porque "ves, es difícil saber dónde poner los dedos y cómo tomar el arco". Y ejecuta una melodía bellísima para mí.
Oscar se siente honrado por sus alumnos a los que contagia su pasión. "A veces pienso que soy yo el que debería pagarles" dice, con sincera humildad.
Y cuando uno vuelve para el centro, si tiene ganas de tomar un cafecito, por el mismo Boulevard (pasando Mendoza) hay un bar más bien pequeño, para nada lujoso, con mesas largas en las que operarios de la EPE devoran parvas de bizcochos a la mañana temprano con tazas humeantes de café con leche, y otras mesas más pequeñas, donde, por ejemplo, alguna profesora, corrige las pruebas de alumnos de algún colegio de la zona.
En el lugar "reina" el mozo Raúl. Como Napoleón, que se sabía el nombre de todos sus soldados, él se sabe el de todos sus clientes, y sabe también qué tomamos.
Y desmintiendo ese dicho de que "rápido y bien no hay quién", en un par de minutos Raúl te sirve lo que estabas esperando.
Y el diario, claro. ¡Faltaba más! (en el bar hay diarios para todos). "Un cortado en jarrita para el Doc, y la mejor medialuna de Rosario".
Y por ahí cerquita, en el Superior de Comercio, el profesor Alejandro Pérez Leiva, desde hace muchos años, se empeña en enseñarles a sus alumnos que el teatro es tan importante para la vida como las matemáticas y la contabilidad. Y vaya si lo logra. Con gran esfuerzo e imaginación. Me consta.
Su tarea no es sencilla. Tendemos a pensar el teatro como una actividad menor, nada central en un plan de enseñanza. Ha creado y dirige además el elenco estable de escuelas medias de la Universidad Nacional de Rosario.
"¿Qué es el teatro Alejandro?", le pregunto. "El teatro es la posibilidad de construir una bella ceremonia de presencias dispuestas a la vida", me contesta. ¿Qué más decir?
Pero sigamos. Porque a esta altura se preguntará, Ud lector, que tienen en común, el profesor Galucci, el mozo Raúl y el inefable Alejandro. Pues al menos una evidente cosa: el entusiasmo por lo que hacen.
"Entusiasmo" es una palabra de raíz griega. Viene de "enteo" que quiere decir "estar entre los dioses". Cuando los griegos se apasionaban por una tarea decían "estar en el Olimpo", junto a los dioses, que para ellos, era el mejor sitio donde "podían estar".
Y, Hefesto, dios de los artesanos, era quién mejor representaba en su mitología, este sentimiento de plenitud.
Singularmente feo, Hefesto no se sentía "nada orgulloso de sí, pero sí de sus obras". Construyó los objetos más bellos de los relatos mitológicos: el carro de Helios, dios del sol, las sandalias atadas de Hermes, mensajero de los dioses, la armadura de Aquiles, el guerrero más bravío.
Estaba casado con Afrodita, diosa de la belleza, quién lo engañó con Apolo, dios de la guerra. Hefesto construyó una "red invisible" y atrapó a los amantes, poniéndolos en ridículo ante el resto de los dioses.
Una interpretación del mito indica que la laboriosidad del trabajo cotidiano termina siendo más fuerte que lo efímero de la belleza y la prepotencia irrespetuosa del guerrero.
Como puede verse, conecto a través del Hefesto, trabajo con artesanía, pues, como dice el sociólogo Richard Sennett, en su libro El Artesano: "La categoría de artesano representa en cada uno de nosotros el deseo de hacer algo bien, concretamente, y sin ninguna otra finalidad".
Artesano no es pues solamente el que teje un hermoso tapiz, que también. Es el médico que te revisa bien y con ganas, o aprende sofisticadas técnicas quirúrgicas que, no pocas veces, te salvan la vida.
O el abogado que te asiste con probidad e integridad. O el empleado que se empeña en buscar la camisa que "mejor va a quedarte". Y es la maestra que "inventa" la mejor manera que sus alumnos entiendan y recuerden quién fue Belgrano.
Mihaly Csikszentmihalyi, psicólogo de apellido impronunciable, se puso a investigar "qué hace feliz a la gente" y realizó miles de entrevistas para averiguarlo. ¿Y saben qué? Lejos de conectar la felicidad solamente con estados de relajación que no deben desdeñarse por cierto (el "dolce far niente" de los italianos), vio que la mayoría de sus entrevistados refería sus mejores momentos a aquellos en "que realizan un esfuerzo voluntario para conseguir algo difícil que valga la pena".
Es decir, el cliente satisfecho de Raúl, o la digitación precisa de Oscar. O el texto cuidadosamente elegido por el profesor Pérez Leiva. Momentos de "Fluir, (Flow, Una psicología de la felicidad)" como le llama a su libro, M.C., best seller internacional, muy recomendable, por cierto.
Momentos donde el alto desafío y la búsqueda y concreción de la capacidad acorde para concretarlo hacen que la vida fluya, que casi no notemos el paso del tiempo. Así se lo referían sus entrevistados. Aprender y hacer. Hacer y aprender. Como modos centrales de la existencia.
Csikszentmihalyi contrapone al "Flow" al aburrimiento y la empatía que se producen cuando el desafío es bajo y la capacitación no es la adecuada. Por eso elogiamos el entusiasmo, porque es el motor de empuje al aprendizaje y permite concretar el desafío, que puede tener que ver con una sencilla o complicada tarea.
Todo se iguala en la dignidad del trabajo.
El maestro Sigmund Freud definía la salud mental como "la capacidad de amar y trabajar". Del amor, tal vez hablemos, lector, en otra oportunidad. Hoy hablamos del trabajar.
Y permítame decir que Freud, entusiasta absoluto de su obra, debía sentirse en el Olimpo cuando la construía a lo largo de su vida. Como el profesor Galucci, el profesor Pérez Leiva.
El mozo Raúl. Como quien esto escribe.

Ernesto M. Rathge
Médico psiquiatra y psicoterapeuta
Especial para Más

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