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Domingo 29 de Enero de 2017

Elogio del cuentista imperfecto

Edhasa acaba de publicar un conjunto de cuentos del reconocido narrador británico. El crítico, periodista y traductor Guillermo Piro, a cargo de la selección y el prólogo del libro, explica por qué Greene sorprende en un género siempre difícil

Guillermo Piro pide retrasar una hora la entrevista porque a la mañana va a remar y no cree llegar a tiempo. El crítico, traductor y periodista cultural (y remero amateur por lo visto) acaba de reunir los Cuentos selectos de Graham Greene que publicó Edhasa y escribió un prólogo en el que justifica por qué cree que el novelista inglés fallecido hace 25 años es también un enorme cuentista. Incluso contra lo que pensaba el propio Greene, quien aseveraba que sus cuentos eran "los productos subsidiarios de la carrera de un novelista". Greene parece tener razón si se repasan títulos como El poder y la gloria, El revés de la trama, El ministerio del miedo, Viajes con mi tía, El factor humano o Los comediantes, en una lista que al no ser exhaustiva demuestra la inmensidad del escritor.

Pero Piro está convencido de que al menos tres de los cuentos de Greene están en el top ten de todas las literaturas. Y hasta los define en oposición a "el" cuentista, que no es otro que el omnipresente Jorge Luis Borges: "En cierto sentido sus cuentos son objetos más exquisitos que los borgeanos, por el simple hecho de que parecen escritos de una sentada y porque a cada línea no hacen pensar en el virtuosismo del ejecutante verbal que dicta las palabras".

"Lo que me pasa con Borges es que me obnubila, la demasiada perfección me fastidia y me ciega", dice Piro en diálogo con Más. "Incluso Borges alguna vez dijo que se preocupaba por agregarles pequeñas imperfecciones a sus relatos, palabras repetidas adrede, porque era consciente de que la perfección absoluta era molesta. Pero incluso así, con estos agregados igual quedaban perfectos. Lo que me gusta de Graham Greene es que no parece tan atento a la perfección. Prefiero los de Greene a los de Borges, y estoy seguro de que fueron escritos de una sentada, en habitaciones de hotel. En cambio, las novelas toman años; el escritor empieza siendo uno y termina siendo otro. El cuento lo escribe siempre la misma persona y esa es otra ventaja".

—Decís que cuando se mete con el mundo infantil Greene resulta inolvidable. En ese sentido, ¿lo emparentás con otro autor? ¿Saki tal vez?

—Graham Greene es único. Los destructores (el cuento que abre este flamante volumen) es sensacional. Es verdad que hay varios cuentos buenos de Saki con niños como La ventana abierta. Es muy divertido, no se me había ocurrido la relación. Lo que no es común es que haya tantos y tan buenos protagonizados por chicos como en Greene.

—La selección debió haber sido difícil entonces.

—Sí, fue muy difícil. Uno de los criterios a adoptar pudo haber sido sólo de cuentos protagonizados por chicos. Lo que hice ahora fue releer varios de nuevo para ver qué efecto producían después de tanto tiempo. Muchos los recordaba de memoria. La producción total de cuentos es de unas 700 páginas, para la obra de una vida es muy poco, publicó cuatro libros en total. Lo que me pasó es que marcaba todos como seleccionables. Además, tiene cuatro o cinco ineludibles, como Al otro lado del puente y ¿Puede prestarnos a su marido?. El criterio es apuntar a los cuentos sublimes. Ahí me di cuenta de que todos tenían una especie de truco. Muchos no sólo narran, sino que se guardan una carta, un juego de magia. En la última línea aparecen los golpes de conejo: ¿vieron las viejas italianas? Cuando ellas matan a los conejos, los acarician, los acarician, y cuando están muy relajados les pegan con el canto de la mano en la nuca y los liquidan. Eso hace Greene.

—Además, hay cuentos de otros estilos.

—Sí, hay momentos de absurdo, como en El hombre que robó la Torre Eiffel. Es un cuento raro en la producción de él, toca lo fantástico. Otra cosa interesante es que Greene no parece consciente de sus propios poderes: presenta sus cuentos como si fueran los ejercicios que hace un novelista cuando no tiene nada que hacer, como que pide disculpas. Es como un adicto o un ajedrecista que tiene abstinencia del juego y no puede dejar de jugar con quien sea y donde sea. A él le pasa lo mismo en hoteles y escribe cuentos.

—¿No puede haber algo de falsa modestia?

—A mí me parece auténtico. A veces sí se hace el boludo, como cuando en una entrevista le preguntaron por lo que ocurrió con el Nobel (que no le dieron) y dice que no quería hablar de eso. Y el periodista le pregunta sobre la mujer de un miembro del comité de selección que fue su amante y al final concede y dice que "fue más o menos así".

—De todos modos, ¿las novelas de Greene no son incluso mejores?

—A mí me gusta mucho El cónsul honorario, me la imaginaba filmada, en Paraguay. Pero al leer a Graham Greene reafirmo esa idea de que el cuento gana por nocaut cuando la novela gana por puntos, como decía Cortázar. Por eso, no simulo una opinión, realmente creo eso, los cuentos de Greene son lo mejor de lo mejor.

Martín De Ambrosio / Especial para Más


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