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Domingo 15 de Enero de 2017

El último lector

Desde sus comienzos, Piglia descubrió sentidos que nadie había podido reconocer.

El último lector es el título de uno de los más bellos libros de Ricardo Piglia. Pero además, ahora que Piglia ha dejado el reino de la vida para convertirse en memoria, recuerdo, y sobre todo letra impresa, ese título también puede ser el nombre de su condición esencial.

Porque si hay algo que fue Ricardo Piglia, más allá de las facetas diversas donde su vida se fue manifestando —historiador, profesor, crítico literario, escritor—, ello fue su condición de lector. De lector inmenso y potente, de lector ya no como quien se limita a decodificar un texto impreso, sino como quien, a partir de ese texto impreso, es capaz de imaginar, soñar o inventar, creando y recreando mundos que, como él mismo decía, están en paralelo con el mundo real. Pero no para esquivar cualquier contacto con él —como hubiesen soñado los cultores de l´art pour l´art— sino para iluminarlo, para hacer ver sus zonas ocultas, para revelar en escala microscópica todo aquello que en el mundo se presenta de manera genérica e indiferenciada, sometido por lenguajes que poco o nada significan.

Por eso, y desde los comienzos mismos de su trayectoria literaria, Piglia se caracterizó por descubrir sentidos que hasta entonces nadie había podido reconocer. Desarrolló esa praxis fundamentalmente sobre el campo fértil de la literatura argentina, que para él era un campo que excedía, con creces, el ámbito acotado de lo estético, para transformarse en un territorio poético donde tanto la política —como voluntad de poder— y la historia —como devenir de esa voluntad— se manifestaban.

Así, tempranamente, fue produciendo definiciones que bien podrían pensarse como las piezas articuladas de un sistema, de un poderosísimo aparato de lectura con el que iba barriendo la superficie de la literatura argentina para encontrar lo que hasta entonces nadie había encontrado. Por ejemplo, la conciencia de escribir por dinero en Roberto Arlt —con todo lo que ello comporta en el plano de las representaciones y los imaginarios donde los escritores se reconocen como tales—, o el doble linaje en la literatura de Borges —que remite por vía paterna a la tradición filosófica/literaria de Occidente, y por vía materna a los ancestros militares nativos—, entendida como una genealogía ficcional con la cual el escritor pretende dar cuenta del origen de su obra. Del mismo modo, Piglia propuso una célebre caracterización del cuento como un relato que narra dos historias, una visible y otra invisible o secreta, relatada de modo elíptico y fragmentario.

Si esas proposiciones se enuncian en recordados textos críticos de varias décadas atrás, otras se revelan en su propia obra narrativa o ficcional. Baste recordar su célebre tesis acerca de que Borges representa el cierre del siglo XIX en la historia de la literatura argentina, mientras que Arlt representa la apertura del siglo XX, formulada en Respiración Artificial, la notable novela que publicó en 1980, en plena dictadura. Esa novela puede pensarse, entre tantas otras cosas, como una compleja ficción que habla de un pasado argentino decimonónico donde alguien lee y escribe —es decir, imagina— un futuro que es el de los personajes y los narradores actuales del relato, que también leen documentos cifrados donde todo está dicho pero tan sólo para quien es capaz de descifrar lo que los textos contienen. O donde alguien lee, al final de la novela, los indicios que revelan, también como clave o como cifra, las increíbles formas del encuentro entre Hitler y Kafka en Praga, cuando Hitler aún no era Hitler, y Kafka recién comenzaba a ser Kafka, y por ello pudo oír —pudo leer— en el discurso megalómano de su interlocutor el anuncio del apocalipsis que provocaría tres décadas después.

Ejemplos como éstos podrían replicarse de manera ilimitada. Y más allá de la complejidad con que, en ocasiones como las de Respiración Artificial, están expuestos, en general se muestran —se manifiestan— de manera sintética y formularia, tal como lo señalara Analía Capdevila, nuestra compañera de cátedra en la universidad desde hace más de treinta años. En ese carácter formulario, que condensa un poder más que de síntesis de penetrar lo medular de cada asunto, Ricardo Piglia dice como nadie —no sólo porque nadie lo vio antes que él sino porque nadie puede decirlo como él— lo que la literatura argentina contiene. Lo que contiene como cifra, como enigma, como misterio, pero no como ilegible, porque lo misterioso y cifrado siempre podrán leerse, sobre todo cuando se trata de un lector inmenso como él.

Roberto Retamoso

Escritor / Profesor UNR

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