mas
Domingo 05 de Febrero de 2017

El hada que no invitaron

La recientemente publicada Obra reunida de la poeta santafesina Estela Figueroa conmueve por su honda sencillez. La muerte, el amor, la política, la amistad y las lecturas se confunden en íntimo abrazo con las plantas y los animales.

Su escritura es clara y sincera como el conjunto de su obra, y cuando le pregunto a Estela Figueroa por la elección del título, El hada que no invitaron, no me cuenta la anécdota, me dice que es una reflexión: "Sobreviví, me metí en un cumpleaños que no era el mío y fui feliz".

Hablo por teléfono con Estela Figueroa de fijo a fijo, de Rosario a Santa Fe, ya que ninguna de las dos usa celular, y le digo con toda la admiración de la que soy capaz que su último libro me pareció fascinante y que el poema que más me gusta de esta obra reunida se llama La enamorada del muro, y me dice que lo escribió luego de "entregarse a una pasión temeraria, a un enamoramiento, esa enfermedad que te posee" por el recientemente fallecido escritor Alberto Laiseca, pero que ya no recuerda el año.

La intención de reseñar un libro es que ustedes salgan corriendo a comprarlo, es por eso y porque es un poema largo que no vamos a reproducir La enamorada del muro.

En esta Obra reunida 1985-2016 editada por Bajo la luna Virginia Russo colaboró con Estela Figueroa. Consta de la reedición de los libros Máscaras sueltas (1985), A capella (1991) y La forastera (2007), junto al más reciente Profesión: sus labores, que permanecía inédito hasta ahora. En este nuevo poemario se nota el enorme esfuerzo que el amor nos demanda: Estela escribe a mano, su hija los pasa a Word, los leen, los corrigen, se divierten, se pelean y algo de esa complicidad se respira a lo largo de los poemas.

El conjunto destila cierta tristeza, quizás por los temas, pero cierto humor, casi negro a veces, nos salva de caer en la melancolía. Hay cierta unidad: la muerte de los amigos, los amores contrariados, las lecturas, la política que atraviesa la vida diaria, la presencia y la ausencia de sus hijas, cuya mirada es a veces un poco cruel, un poco tierna pero siempre sincera.

Estela Figueroa, en cambio, "brinda una tierna hospitalidad a las plantas y los animales". No sólo por los animales domésticos: "Mujeres: tendríamos/ que aprender de los gatos./ ¡Cómo agradecen el tazón/ que rebosa de leche!", sino también los poemas están plagados de bichos: cucarachas, mosquitos, arañas ("Porque ya no hablamos/ me creo liberada de nuestra unión./ Es ingenuo./ Ambos tenemos el tesón/ y la paciencia de la araña./ Puede permanecer un año escondida./ Y es un misterio saber qué la alimenta".

Y también está muy presente en toda su obra La Casa, como si fuera una poeta casera pero nunca una Señora de su hogar.

En Profesión: sus labores Figueroa se suelta de los géneros y se sumerge en la mixtura entre narrativa y poesía donde escribe cierta ficción verdadera o ensoñaciones con una prosa poética difícil de clasificar pero inmensamente bella.

Con la entrega de este ejemplar se intenta hacer justicia con el hada que no fue invitada y se pone a disposición de viejos lectores ávidos de su escritura, y también a nuevos lectores que seguramente descubrirán sus enormes logros.


Cuatro poemas de Estela Figueroa


La glicina

No es para hablar de mí que escribo

de la glicina: cayó

su lluvia ligera

azul–

violácea–

celeste.

No es para hablar de la glicina

que la comparo con una lluvia

y adjetivo esa lluvia.

Es para detener este momento nocturno:

la casa en calma

y los pensamientos que ennoblecidos velan

por un ordenamiento

que lo abarque todo.


A Manuel Inchauspe, en el hospicio

Las nuestras, mi amigo,

son obras pequeñas.

Escritas en la intimidad

y como con vergüenza.

Nada de tonos altos.

Nos parecemos a la ciudad

donde vivimos.

Perdiste tus últimos poemas

y yo casi no escribo.

De allí

esos largos silencios

en nuestras conversaciones.


El gomero

De entre todos los árboles

que miro en mis caminatas

prefiero el gomero.

Quisiera parecerme a él.

No se pierde en dádivas de flores.

No sucumbe a las tormentas.

Da sombra al fatigado.

Sus hojas de un verde intenso

son fuertes, nervadas y lechosas.

La raíz es profunda y se extiende desaforada:

levanta veredas

resquebraja paredes.

En el invierno las hojas

se tornan de un amarillo purísimo

y caen una a una sobre la calle

como lágrimas

de un enorme Dios que llorara.


Dimensión del tiempo (o a mi casa se entra por el patio)

Dos días fuera de casa

pueden ser una eternidad.

La tormenta asustó al gato

que quiso entrar a la casa.

Rompió la tela metálica

y se lastimó.

Las planteras rodaron por el piso ensangrentado.

Parte del árbol de mora se chamuscó.

La ropa se cayó de la soga.

Al entrar

desconocí todo

como si fuera una ladrona.

Comentarios