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Domingo 26 de Febrero de 2017

El Eco de sus textos

Eco semiótico, analista cultural, autor de ficciones, novelas y diarios mínimos. Tomemos sólo dos franjas de las varias que podrían hacerse en el repertorio de su producción, sin antes mencionar el origen de esta historia.

Eco semiótico, analista cultural, autor de ficciones, novelas y diarios mínimos. Tomemos sólo dos franjas de las varias que podrían hacerse en el repertorio de su producción, sin antes mencionar el origen de esta historia. En su Curso de lingüística general, piedra basal de las ciencias del lenguaje, el suizo Ferdinand de Saussure sugiere que es posible concebir una ciencia que estudie los signos lingüísticos en el seno de la vida social y que el nombre adecuado sería el de semiología. Varias décadas después —el Curso se publica en los años veinte—, el francés Roland Barthes tomará la propuesta del maestro en sus Elementos de semiología, donde las oposiciones definidas por Saussure para la lengua se presentan como factibles de aplicar a todo sistema de signos. Pero el peso de la lingüística estructural todavía es tal que el texto de Barthes, sin duda valioso, termina por ser una translingüística, donde el dominio del lenguaje verbal y escrito cobra un papel decisivo.

Será Umberto Eco, más o menos en la misma época, quien amplíe el campo de la ciencia en gestación en su libro La estructura ausente. Alusión al estructuralismo en boga, que pregonaba la primacía de la estructura sobre el acontecimiento, pero también ampliación de la mirada sobre un objeto todavía incierto. Fiel a su espíritu de síntesis, Eco incorpora a la tradición europea los estudios del norteamericano Charles Peirce. La semiótica de Peirce es una suerte de semio-lógica en tanto no tiene lazos de unión en su origen con el cuerpo del lenguaje. De La estructura ausente se desprende un modelo analítico, afinado y reelaborado en el posterior Tratado de semiótica general, donde no hay límites precisos para aquello que se quiere analizar. Es el mundo en su conjunto el que se ofrece como un texto interminable a descifrar.

En esta tarea Eco abreva en la antropología de Lévi Strauss al establecer lo inevitable del par cultura-comunicación.

Y no casualmente la expansión, por distintas vías, del tándem Saussure-Peirce —no importan sus diferencias— se produce en la segunda mitad del siglo que pasó, cuando la explosión mediática recubre el planeta y lo puebla de íconos, imágenes y nuevos mensajes, exacerbando las formas simbólicas que ya alojaban las culturas vigentes y generando otras nuevas. Es el tiempo, mediados de los sesenta, de Apocalípticos e integrados, división que el autor italiano se propone cuestionar a partir de la puesta en foco de los productos menos prestigiosos de la cultura de masas: cómics, cantantes, superhéroes (Rita Pavone, Superman, Steve Canyon, etcétera). Si los apocalípticos se distinguen por su impugnación sistemática de la reproducción cultural e ideológica promovida por los nuevos medios y abrevan en autores como Adorno y Horkheimer, popes de la Escuela de Frankfurt, los integrados —forjados en la matriz del primitivo funcionalismo— ven las presuntas bondades del nuevo orden de cosas. Sin atribuirle una equívoca tercera posición, Eco hace oscilar su visión de la cultura que hoy llamaríamos mediática porque en el fondo no cree en el esquematismo de la exaltación o la negatividad a ultranza sino en aceptar la nueva realidad instalada y tratar de comprenderla de un modo crítico. Y lo hace a partir del entusiasmo juvenil que le despertaban ciertas historietas, filmes y ritmos musicales. En esto Eco sigue a Edgar Morin y su observación en El espíritu del tiempo: no se puede comprender a la cultura de masas sin haber disfrutado algo de ella.

Es cierto que el citado Barthes ya había sometido a su refinada lupa muchos productos de la industria cultural y lo había hecho con brillo y agudeza. Pero en Mitologías —de ese libro se trata— la voz del autor suena como la de una autoridad que desmenuza y discrimina desde el sitial del materialismo histórico y la semiología en ciernes. Más flexible, menos concluyente, la voz de Eco se desliza sobre sus objetos como si estuviera frente a la posibilidad de algún hallazgo no determinado.

Imposible sintetizar a un maestro de la síntesis. Pero si la cuestión mediática importa —y sin duda que importa— cabe apuntar La estrategia de la ilusión, un compilado de fragmentos donde el maestro de Bolonia da, en su registro de la neotelevisión, una lección actual sobre el mundo de los medios. Es decir: de imágenes y de espejos.

Daniel Briguet

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