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Domingo 14 de Mayo de 2017

El arte de seguir andando

Mario Sosa, de 84 años, dicta talleres de manualidades en el centro de jubilados de Empleados de Comercio. Las reuniones son un enorme apoyo para muchas mujeres y hombres que encuentran allí su espacio de socialización, y la chance de seguir aprendiendo.

La historia es así: en 2008 Mario Sosa —un violinista que había comenzado a estudiar a los 65 años e integraba dos orquestas de la ciudad— fue uno de los personajes elegidos por La Capital para ser uno de Los Destacados, una ceremonia en la que el diario reconocía a personalidades de Rosario y zona que habían sobresalido.

Resulta que Don Mario, que por entonces contaba 75 abriles, se animó a tocar en aquel acto alguno de los valses que tenía bien ensayados, y se convirtió en una de las estrellas del evento. La nota periodística que posteriormente dio cuenta de lo sucedido en esa velada fue a parar a manos de las autoridades de la Asociación Empleados de Comercio que decidieron, a su vez, homenajear a su jubilado, comprándole un nuevo arco para su violín.

Como única retribución, le pidieron que ese día de la primavera, en el tradicional picnic de la entidad —y ante 800 personas— los deleitara con su música.

Como agradecimiento a tantos mimos, Don Mario se apareció en la institución de calle Corrientes al 400 con sendos regalos para las secretarias de Rubén Ghioldi, al frente del gremio por entonces. ¿Qué les llevó? Unas hermosas cajas forradas, a la perfección, y que eran obra suya, ya que el hombre había sido durante toda su vida vidrierista y había cultivado el arte de la prolijidad, el balance de colores y las formas.

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Marta Dómina y Carina Soria, las mujeres que recibieron el obsequio, se quedaron encantadas con las cajas, y obviamente, con la simpatía y la amabilidad del caballero. Entonces se les ocurrió que Mario Sosa podía ser un buen profesor para uno de los cursos que estaban programando y que iban a formar parte de una veintena de actividades en el centro de jubilados de los mercantiles. "Usted tiene que venir a dar clases y enseñar estas cosas tan lindas que hace". Pero Mario se asustó un poco y dudó. Jamás había pensando en pararse en un aula a transmitir lo que sabía.

Lo que sigue es el relato de cómo una serie de casualidades (algunos, claro, dirán que no existen) que fueron tejiendo un presente que lo tiene a él como titular del curso de manualidades al que asisten unos 40 jubilados cada semana, desde hace 7 años.

"La vida es como un camino en el que se atan las historias. ¡Mirá si me iba a imaginar que gracias al diario iba a terminar acá, dando clases!", dice con amabilidad Mario, mientras un montón de alumnas —y un alumno— continúan pintando mandalas, la propuesta que les trajo el profe en esta jornada.

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El violinista (que admite que toca poco porque ya no tiene tanto tiempo) recibió a Más durante una de las clases. Tiene dos cursos los viernes, uno a la mañana y otro a la tarde. Y la actividad es una de las más concurridas del centro de jubilados que funciona por calle Tucumán, a la vuelta del tradicional edificio de Empleados de Comercio.

"Cuando empezaron había una profesora de cantoterapia y una psicóloga. Eramos tres profesores. ¡Y resulta que era una tarea paga! Imagínate que en ese momento yo sacaba acá casi la mitad de lo que cobraba todos los meses como jubilado... ", reflexiona Mario con una sonrisa.

Mientras el maestro charla con Más, las mujeres —y Miguel (el único alumno varón del taller)— no levantan la vista. Están concentrados en la labor del día: los mandalas que deben colorear. Hay fibrones y lápices desparramados sobre la mesa, todos con sus etiquetas. Alrededor, un montón de cajas forradas prolijamente en distintos tamaños y formas. También se lucen las bolsas con flores y brillantina, y los dibujos. Todos son trabajos de los alumnos que tienen entre 65 y 85 años.

"Siempre tuve facilidad para las cosas manuales y me gustaba el dibujo, pero en el barrio no se conseguía profesor. Yo soy de la zona de Mendoza al 5000... Después hice cientos de vidrieras, era lo que sabía hacer. Durante más de 30 años hice las de Mister Otto", recuerda Mario, que ahora admite que se siente feliz de estar al frente de este curso donde hay "un grupo humano excepcional".

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Miguel José Abdo es el varón de la casa. No se pierde un sólo viernes de taller desde hace 5 años. Además asiste a otros cursos en el centro de jubilados. Fue viajante. Su familia tenía negocios en calle San Luis. "Me enganché con esto por el forrado de cajas. Pero hacemos de todo... Vine porque pensé que a mi mujer le iba a gustar lo que hacía. Estoy con mi propia señora desde hace 52 años y tenemos cuatro hijos y diez nietos", menciona, sin perder de vista el gallito repleto de plumas que está pintando. "Cuente en la nota que acá también hay muchos que vienen al centro de jubilados a jugar al buraco o leer el diario. Este es un círculo de convivencia", agrega el hombre, que va a cumplir 80.

Laura Sasaroli pide permiso para irse un ratito antes. Está espléndida, maquillada, el cabello impecable. "Tengo un pequeño problema de vista que a veces no me deja venir, pero trato de no faltar. Las cosas que hacemos son todas hermosas. Nunca había hecho nada relacionado con las manualidades aunque hice de todo a nivel laboral. ¿Te cuento algo? A los 65 años fui promotora. Era la madre de todas las chicas que hacían esa actividad. Trabajé en Falabella, en muchos lugares", relata la mujer que ya sopló 85 velitas.

Rosa Cavalcante es otra de las habitués. "Apenas entré me sentí tan bien que no me fui más. Vengo cada viernes desde San Lorenzo. Es un recreo para mí, una actividad que me mantiene despierta, activa. ¡Y es toda gente buenísima!".

Ella confiesa que nunca fue demasiado buena para las actividades prácticas. "Los cuadernos de mi hijo no me quedaban muy prolijos", recuerda sonriendo y agrega: "Pero te aseguro que aprendí la prolijidad acá".

Todos coinciden en destacar la paciencia y dedicación del profesor. "Es que soy como las maestras de antes que les enseñan hasta como agarrar el lápiz", explica Mario. A su lado, Margarita Parolini y Mary Barbosa siguen atentas con su tarea, para irse con el mandala terminado. Mary dice que nunca estuvo demasiado en contacto con las manualidades pero que de joven le gustaba hacer flores de papel y pantallas de veladores. "Se ve que alguna inclinación para esto tenía. Pero la verdad es que recién en esta etapa de mi vida me relaciono con el arte".

"Esto te ayuda a trabajar la paciencia", aporta Margarita.

Mientras charlan y charlan, Ana María Becerra y Alicia Bernardi no dejan de pintar. Le muestran el resultado a Mario y él aprueba con una sonrisa franca y un gesto de "bien hecho". Las dos rescatan la alegría de encontrarse todas las semanas con sus compañeras y dicen que incluso arman salidas fuera del ámbito del centro de jubilados. "Ahí nos aflojamos más todavía. Pero vino no tomamos...", dicen, y las carcajadas inundan la sala.

Ahí, un viernes a la tarde, mientras afuera la gente sale corriendo de sus tareas habituales para volver a casa volando, ellos prefieren detenerse un rato más, porque el taller es cobijo y, como dice Margarita, "aunque muchos tengan familiones, este un buen antídoto para la soledad".

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