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Domingo 30 de Abril de 2017

El amor en "la era del vacío"

Las relaciones humanas, la belleza, el culto al cuerpo, analizados con una mirada crítica a partir del pensamiento de Gilles Lipovetsky. ¿Por qué en la actualidad el individualismo tiende a ganarle al compromiso colectivo?

En el año 1988, unos amigos catalanes me envían La era del vacío de Gilles Lipovetsky con una dedicatoria que dice: "Espero que la tesis de este libro no sea cierta. Al menos para nosotros". Fue el primer contacto con la obra de este pensador, cuyas ideas son afines a mi trabajo como psicoanalista y más particularmente al estudio de la pareja en la posmodernidad.

Lipovetsky nos dice que en la modernidad, la razón humana —la conciencia del hombre— era como un faro hacia un destino de libertad, igualdad y fraternidad. La historia humana se concebía como la historia del progreso y desarrollo de las ideas y las conquistas materiales que conducirían a la humanidad a un estado de bienestar, lo que se acrecentaría con el progreso del conocimiento científico.

Si la Primera Guerra Mundial tuvo como consecuencia la pérdida de aproximadamente diez millones de personas, la segunda guerra se cobró entre cuarenta y cincuenta millones de víctimas. Pero al horror se sumó el espanto: alrededor de seis millones de judíos que no eran parte beligerante, población civil desarmada de niños, mujeres y ancianos, fueron exterminados de manera sistemática y monstruosa.

El nazismo y sus campos de exterminio mostraron abiertamente un aspecto siniestro del hombre que lo lleva a la autodestrucción. La irracionalidad se manifestaba en forma descarnada y terrorífica.

Es así que se quiebra el proyecto modernista que tenía como meta el desarrollo del individuo y de sus condiciones de existencia en un marco de igualdad de oportunidades y de libertad, el logro del bienestar en base al progreso científico y los ideales de hermandad entre los seres humanos.

En La era del vacío Lipovetsky afirma: "La era de la revolución, del escándalo, de la esperanza futurista, inseparable del modernismo, ha concluido. La sociedad moderna era conquistadora, creía en el futuro, en la ciencia y en la técnica, se instituyó como ruptura con las jerarquías de sangre y la soberanía sagrada, con las tradiciones y los particularismos en nombre de lo universal, de la razón, de la revolución".

"Los grandes ejes modernos, la revolución, las disciplinas, el laicismo, la vanguardia, han sido abandonados a fuerza de personalización hedonista; murió el optimismo tecnológico y científico al ir acompañados los innumerables descubrimientos por el sobrearmamento de los bloques, la degradación del medio ambiente, el abandono acrecentado de los individuos. Ya ninguna ideología política es capaz de entusiasmar a las masas, la sociedad posmoderna no tiene ídolo ni tabú, ni tan sólo imagen gloriosa de sí misma, ningún proyecto histórico movilizador. Estamos ya regidos por el vacío, un vacío que no comporta, sin embargo, ni tragedia, ni apocalipsis".

El estallido de las grandes instituciones sociales: familia, iglesia, ejército, partidos políticos, sindicatos, justicia, ha creado un espacio vacío; como un dique que se rompe. Las aguas del escepticismo y la desesperanza han barrido con todo aquello que se consideraba eterno e inconmovible. Los valores universales, las verdades absolutas, las instituciones —cimiento de nuestra sociedad— han corrido la misma suerte que los ideales modernistas de libertad, igualdad y fraternidad.

La desmovilización del hombre posmoderno despoja a las instituciones de su pasada grandeza, del esplendor de antaño. Estas han perdido el poder de convocatoria, la capacidad de comprometer ideológica y emocionalmente a los individuos. Las instituciones funcionan pero sólo por inercia, con su burocracia logran sobrevivir en medio de la indiferencia general.

Abandonadas las grandes instituciones del sistema, el sujeto se repliega sobre sí mismo; desilusionado de los proyectos e ideales modernistas se vuelve apático e indiferente de lo que sucede fuera de sus límites individuales.

Esta deslibidinización de lo social retrotrae el interés de la persona hacia sí en un proceso de individulización, personalización y atomización. La libido sustraída al entorno socioinstitucional pasa a revestir un entorno reducido a poco más que el sujeto. Por todas partes asistimos a la búsqueda de la propia identidad, y no ya a la universalidad que motiva las acciones sociales e individuales.

Así se hiperlibidiniza lo privado y se deslibidiniza el espacio público.


Deseo e imagen

   El concepto de belleza corporal ha cambiado. La evolución de la vestimenta que va descubriendo el cuerpo hace que la apariencia dependa cada vez más de lo corporal. El cuidado de la salud del cuerpo y del ideal estético de la delgadez originan la necesidad de dietas y actividad física para lograrlo. La novedad es la generalización de actividades que tienen como finalidad el cuerpo mismo, su bienestar, su apariencia, el objetivo narcisista de sentirse a gusto con el propio cuerpo; el cuerpo no es una atadura a lo material, no es una molesta envoltura de algo intangible y superior; el cuerpo es reivindicado.

   Siendo la belleza física un valor, lo que no se puede lograr con la gimnasia se logra con la cirugía. El requerimiento posmoderno es extenso: el estiramiento facial, el arreglo de ojeras y párpados, fabricar pómulos salientes, labios gruesos y pulposos, separar los ojos, abrirlos, afinar el mentón, quitar la papada, estirar el cuello, levantar los pechos, achicarlos, implantar prótesis mamarias, resaltar los pezones, aspirar las grasas del abdomen, etcetera.

   Y la buena mesa... el placer que brinda la comida y la bebida es reemplazado paulatinamente por el cuidado del buen funcionamiento corporal y la higiene alimentaria. Ya no se come lo que se apetece sino aquello que es “bueno” para el organismo.

   El sujeto posmoderno rechaza el envejecimiento; su ideología destaca entre sus valores la juventud y hay que prolongarla haciendo todos los esfuerzos requeridos. La dedicación mental y el esfuerzo puestos en esta empresa ha tenido logros, pues los hombres y mujeres de hoy día no se parecen en nada a los de generaciones anteriores. Dice Lasch que el desinterés por las generaciones futuras intensifica la angustia ante la muerte y que la degradación de las condiciones de existencia de las personas de edad hacen de la vejez una perspectiva intolerable.

   Mantenerse joven y sano, disfrutar del propio cuerpo, es un imperativo de la época. Sentir el cuerpo, estar conforme con él, escucharlo en sus manifestaciones y gozarlo es la característica posmoderna de una vuelta del interés del sujeto hacia sí mismo. Retirada su libido del espacio colectivo, ésta retorna al individuo en provecho de su narcisismo. Jogging, bicicleta, esquí de fondo, rolling, walking, skate, surf, buscan la libertad y la elegancia de movimientos, el éxtasis del cuerpo. Fenómeno que se puede verificar cada fin de semana en los boliches donde los jóvenes se muestran más ansiosos por electrizarse, por sentir su cuerpo en el baile, que por comunicarse con el otro.


El hedonismo

Con la difusión a gran escala de los objetos considerados hasta el momento como objetos de lujo, con la publicidad, la moda, los mass media y sobre todo el crédito cuya institución socava directamente el principio del ahorro, la moral puritana cede el paso a valores hedonistas que animan a gastar, a disfrutar de la vida, a ceder a los impulsos: desde los años cincuenta la sociedad americana e incluso la europea se mueven alrededor del consumo, del tiempo libre y del placer. Y la fiebre del consumo se expande a las relaciones humanas y se refleja en encuentros entusiastas pero también efímeros.

   Si autos, computadoras, teléfonos celulares perfectamente usables y que funcionan relativamente bien van a engrosar la pila de desechos con pocos o ningún escrúpulo en el momento en que sus “versiones nuevas y mejoradas” aparecen en el mercado y se convierten en comidilla de todo el mundo, ¿acaso hay alguna razón para que las relaciones de pareja sean una excepción a la regla del use y tire?

   La libertad sexual y el imperio del placer tiene su correlato en el “sexo sin compromiso” y un desapego emocional fruto de los riesgos de inestabilidad que sufren las relaciones interpersonales. Como dice Lasch: “Las relaciones personales se han vuelto cada vez más riesgosas; la más obvia de esas razones es que ya no representan ninguna garantía de permanencia. Hombres y mujeres imponen sus exigencias y no toleran que éstas queden insatisfechas.En tales circunstancias, no debe sorprendernos que cada vez más personas añoren una forma de desapego emocional, disfruten del sexo sólo en situaciones en que puedan definir y poner límites a la intensidad de la relación”.

   Se necesita de mucho valor para amar, pues el sujeto que ama está a merced del otro que puede engañarlo, abandonarlo, morir o sencillamente dejar de amarlo; se necesita mucha tolerancia para reconocer la alteridad y renunciar a suprimirla.

   La forma predominante de escapar de las complejidades emocionales es tener muchas relaciones, ninguna estable: el intento de lograr una separación estricta de sexo y sentimiento. El miedo se disfraza de liberación. La ideología progresista de los “compromisos no vinculantes” y el “sexo sin compromisos” transforma el descompromiso afectivo en una virtud.

   Pero el sujeto, aislado y protegido emocionalmente de otros, siente un vacío en su interior que se expresa como desinterés por lo que le rodea, aburrimiento, insatisfacción, tristeza, falta de sentido de la vida. Es evidente que no está suficientemente programado para la mutilación amorosa.

   A pesar de este desapego cool, las personas siguen aspirando a la intensidad emocional de las relaciones privilegiadas. El sujeto está al acecho, su barrera emocional puede derrumbarse como un dique que se quiebra por la presión del agua, y entonces surge la fuerza de la pasión, la violencia de la posesividad, los celos torturantes, la necesidad de dominio narcisista sobre el objeto que se despliega como una vela al viento.

   El individuo, harto de soledad y hambriento de emociones, se envuelve en un movimiento centrípeto con el otro, pretendiendo aislar del mundo ese vínculo que él cree ilusoriamente que lo completa. Extenderá los brazos, ávidos de relación emocional, para encerrar al otro, tan deseoso como él de arder y vibrar.

   Narciso captura (y es capturado por) su presa a la que somete, a la que impone servidumbre, a la que considera su posesión y a la cual reclama una entrega total e incondicional. Si Narciso ama, “ama con locura”.

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