mas
Domingo 26 de Febrero de 2017

Eco y los automóviles

Tenía que preparar un curso sobre semióticas gráficas para la Sorbonne y no sabía cómo organizarlo. Eco estaba en París y le pregunté si podía ayudarme.

Tenía que preparar un curso sobre semióticas gráficas para la Sorbonne y no sabía cómo organizarlo. Eco estaba en París y le pregunté si podía ayudarme. "Estoy tapado de trabajo —me contestó—, pero si me acompañás al aeropuerto en el camino te doy sugerencias". Puntualmente pasé a recogerlo por su departamento de la Rue St. Sulpice. Él bajó con una valija gigante. "Son libros", se excusó. Y arrancamos hacia Orly, sin fijarnos que el cielo se iba poniendo muy negro. Íbamos jaraneando por la autopista, él explicando que las semióticas visuales se habían desarrollado tanto que eran un continente teórico —como el África, decía—, por lo que había que circunscribirse a las semióticas aplicadas y ahí incluir a las gráficas. Llegamos a la autopista cuando empezó a nevar primero tenuemente y a medida que avanzábamos, cada vez más fuerte. No nos dábamos cuenta, él hablando de Goodman, yo metiendo alguna pregunta. Cuando se desencadenó la verdadera tormenta de nieve ya no veíamos el auto que teníamos delante y el giro de la conversación cambió. Pero ya era tarde. "Esto es peor que la invasión napoleónica en Rusia!" dijo, yo preocupada porque no tenía ni cadenas para las ruedas ni whisky para entrar en calor, la nieve tapaba el parabrisas y el limpiaparabrisas era inoperante. Los autos se fueron parando y nosotros quedamos atrapados en un carril. "Moriremos de frío —dije—, es como en el cuento de Cortázar pero en invierno". Se rió. Se puso a tararear jazz y a contarme cuando lo escuchó a Woody Allen en Nueva York. Mientras, yo iba maniobrando y resbalando hasta llegar a una especie de salida. Le dije: "Umberto, yo me voy de aquí". "¡Ni se te ocurra! —contestó—. Hay que seguir siempre a la manada, el elefante que se aparta muere porque queda aislado". "No me importa, le respondí, voy a tomar por esta paralela". Salimos por un caminito y de pronto se alzó en medio de la tormenta un enorme hotel Hilton iluminado. "¡Umberto, entremos! ¡Estamos salvados!", le dije. No puedo —contestó—, soy demasiado famoso para entrar en el Hilton, mi mujer se enteraría inmediatamente y me llenaría de preguntas". Así que seguimos lentamente hasta que llegamos a la zona de los garajes del aeropuerto. Recuerdo haber estacionado exactamente en la sección reservada para los ejecutivos de Air France sin importarme nada y poder salir del auto. Ahora había que bajar la valija y llegar a los mostradores. Por pasadizos que no conocíamos, en un laberinto sin carteles ni señales —¡la pesadilla de un semiólogo!—. Fuimos llegando hasta algo parecido a la civilización. Pero él ya había perdido el avión. Volvimos a París en subterráneo, siempre con la enorme valija, reflexionando que nada de esto hubiera pasado si hubiéramos tomado el transporte público. Efectivamente la gente lo reconocía, se codeaba y lo señalaban cuchicheando. "Aceptá que nos salvó la audacia" —dije. "Es una posición romántica de la vida" —contestó.

Muchos años después, al cumplirse un mes de su muerte, nos reunimos todos sus discípulos en la Universidad de Bolonia. Estábamos todos desolados. Naturalmente empezamos a contar anécdotas y recuerdos suyos. Constantino Marmo entonces dijo: "¡Lo peor que me pasó en mi vida fue andar en auto con Umberto! Recuerdo un día en la autorruta Milán-Bolonia, donde todos van a mil por hora, Umberto fumando y tirando la ceniza del cigarrillo no en el cenicero sino por la ventana, no con la mano izquierda sino con la derecha, y al mismo tiempo limpiándose la barba porque las cenizas le volvían a la cara por el viento al abrir la ventanilla". Todos rieron. Entonces conté lo que nos había pasado. "¿No sabías que es peligrosísimo subirse a un auto con Eco?" —hablaban en presente, como si no hubiera muerto. En Rosario, comentando con Fernando Silberstein sus funerales en Milán, me dijo: "¿Te acordás cuando nos llevó en su automóvil de San Marino a Bolonia? ¡Iba a cien por un camino de montaña!". De todos los roles que Umberto Eco realizó con gran éxito, evidentemente no fue Fangio.

Lucrecia Escudero Castagnino

Especial para Más


Comentarios