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Domingo 05 de Marzo de 2017

Dominado por la naturaleza

El periodista Federico Bianchini pasó casi un mes en el continente blanco. En el libro Antártida cuenta sus sensaciones y cómo fue vivir en un lugar donde el viento y el frío modelan los ánimos.

A veces se puede estar encerrado en la enormidad. A veces el clima oficia de cárcel intangible y domina los ritmos humanos así como la posibilidad de entrar o salir de un lugar. Existe un sitio así y es la Antártida, donde el viento y el frío moldean la voluntad de los hombres que intentan domesticar ese territorio a fuerza de tozudez y trabajo.

Federico Bianchini, periodista y escritor, experimentó esas sensaciones en primera persona: voló en un avión de la Fuerza Aérea hasta el extremo sur del mundo con la idea de quedarse una semana para entrevistar a científicos y militares, pero debió permanecer allí casi un mes por las inclemencias meteorológicas.

"Llegar a la Antártida es entrar en un mundo con otras reglas donde la que manda con fuerza absoluta es la naturaleza", señaló Bianchini a Más. La experiencia se refleja en el libro Antártida, 25 días encerrado en el hielo, donde el autor retrata la mezcla de admiración y miedo que genera uno de los lugares menos explorados y más imaginados del planeta.

— En el libro contás que la Antártida es un lugar donde cosas cotidianas como vestirse, bañarse o comer están alteradas. ¿Cuesta tanto adaptarse?

— Creo que cuando uno llega a la Antártida entra en un mundo con otras reglas. Al principio, lo espectacular de la sorpresa y lo maravilloso de los paisajes hace que uno acepte las particularidades del lugar. Conocerlo implica una serie de usos y costumbres distintas a las de la ciudad que deben ser aceptadas por quien viaja: no hay plata, no hay llaves, se come a una hora determinada. Creo que lo más difícil es enfrentarse al poder de la naturaleza que allí manda de forma absoluta. Si hay mal tiempo no se puede salir y eso se acepta como dogma inquebrantable. Sin embargo, es tal la cantidad de estímulos que uno tiene (porque a cien metros de la base hay decenas de pingüinos, porque conocés gente muy inteligente que hace cosas muy interesantes, porque cuando atardece el sol rebota sobre el glaciar en un tono rosa perlado) que la alteración de la cotidianeidad pasa a un segundo plano.

— El clima domina el pulso del libro de principio a fin, parece casi el dios de la Antártida...

—Definitivamente. Por eso incluí en el libro la historia del médico Rafael López Dale, que con sólo 26 años tuvo que atender al jefe de la base, el teniente coronel Néstor Argüello. A Argüello le dio un ACV mientras corría en el gimnasio de la base. Durante cuatro días, López Dale estuvo delante de él, sin dormir, esperando que los helicópteros llegaran a rescatarlo. Y sin embargo, por la cantidad de nubes y el viento, por la tormenta inclemente, no se podían acercar a la base. Allí, en ese lugar, en ese tipo de situaciones extremas, se pone de manifiesto la insignificancia del ser humano, lo poco que podemos hacer en ciertos momentos. Cada vez que en el desayuno el jefe militar decía que el clima no era bueno y que no se iba a poder salir, había que pensar qué hacer para que el tiempo pasara. Y es en esos momentos en los que el tiempo parece transcurrir de otra manera. Digo en el libro: "Como el agua de la profundidad de un lago que no sigue la corriente sino que circula cerrada en un espacio íntimo".

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— También describís mucho los colores, o los no colores del lugar. ¿Era como lo imaginabas?

— Sí, pasaba de ver paisajes monocromáticos (el cielo luminoso que se difuminaba en un nubes grises superpuestas sobre un mar negro, cubierto por olas espumosas y bullentes. La nieve que cubría todo. Los pingüinos con sus manchas blancas y negras) a paisajes de un azul intenso lapislázuli que te dejaba anonadado. Antes de ir, había visto muchas fotos y videos: en ese sentido, creo que en los últimos tiempos la tecnología cambió el encuentro de quien viaja con el sitio que visita. De algún modo se perdió parte de la épica de lo desconocido (si navegamos al sur de Las Malvinas sabemos que debemos preocuparnos por las tormentas, el viento y las olas pero no tememos que aparezca un monstruo enorme con una ferocidad desgarrada). Ya tenemos alguna idea de con qué nos vamos a encontrar (aunque después la idea cambie). El avasallamiento de información hizo al mundo mucho menos misterioso de lo que era hace unos cien o ciento cincuenta años. Y sin embargo, la tecnología todavía no funciona para hacernos sentir que "estamos ahí". Se conforma con constatar que lo hicimos, con reproducir una pequeña parte de lo que sentimos en ese momento. Me sucedía que le sacaba una foto a un paisaje, miraba a la cámara y pensaba: "Esto no es lo que yo estoy viendo". Y no porque faltara el ruido de los skúas, los pingüinos y el viento, la furia de la quietud, el frío en la cara, la sensación de belleza e inmensidad, sino por los cambios en la tonalidad del hielo y el agua que se iban modificando, abruptamente, a medida que el sol se escondía en el horizonte, la falta de contexto. Esa tercera dimensión y todo lo que compone lo que llamamos realidad que nos hace sentir vivos y es imposible de plasmar apretando un botón.

— El tema de la muerte ronda en tu texto. ¿Se siente esa presencia en la Antártida?

— La primera cosa que me dijo el jefe militar cuando llegué fue que no podía caminar solo lejos de la base porque si me quebraba un tobillo, no iba a tener a quién avisarle y podía llegar a morir de hipotermia. En la antecámara del alojamiento principal, en el cuarto donde se dejan las botas mojadas y los abrigos y se habla por teléfono, hay dos fotos de militares que murieron después de caer a una grieta. Cualquiera de los buzos te cuenta que su lema es "si te ahogás, morís tranquilo". En el alojamiento nuevo hay un matafuegos en cada puerta porque el material con que están hechas las bases es muy inflamable. En cada uno de estos detalles te das cuenta de que en un lugar tan extremo, a pesar de las medidas de seguridad que se toman, la muerte es un factor constante (aunque siempre lo es porque nadie sabe qué día se va a morir, allí se pone todo el tiempo en evidencia).

— Contás varias historias de vida, ¿hay alguna que te haya impactado especialmente?

—Fue un trabajo difícil seleccionar qué historias contar y cuáles no. Porque al volver tenía más de 45 horas de grabación y muchísimos personajes: no podía mostrarlos a todos, algunos repetían su profesión, otros no eran tan atractivos a la hora de ser narrados. Pero si tengo que elegir una creo que es la del jefe de los buzos, el sargento primero Fernando Cumil, que durante un buceo de trabajo se encontró, cara a cara, con una foca leopardo —un animal de quinientos kilos que en el agua se mueve como si no pesara y que el año anterior, en una base a cien kilómetros de allí, había matado a una científica inglesa—. Apenas la enfrentó, por instinto, Cumil sacó el cuchillo, como si eso sirviera de algo.

—La Antártida es un lugar clave para estudiar el cambio climático...

— Además de ser el reservorio de agua dulce más grande del mundo, la Antártida es un continente casi virgen. Menos de 0,1% de la población mundial ha pisado ese lugar. En ese sentido, para los científicos es un lugar interesantísimo para estudiar ya que no fue modificado por el hombre. La base Doctor Alejandro Carlini es la base más científica de la Argentina: cada verano 50 científicos de distintas especialidades (biólogos, glaciólogos, geólogos, liquenólogos) pasan de dos a cuatro meses estudiando distintos aspectos del cambio climático. Los glaciólogos establecieron un retroceso impresionante del glaciar: el agua del glaciar cae a la caleta Potter, ubicada frente a la base. Un grupo de biólogos estudia cómo influye esa agua dulce en el crecimiento de las algas. Una geóloga estudia los sedimentos que arrastra el glaciar. Otro biólogo constata que hay menos pingüinos y trata de verificar si es por causa del calentamiento global; los encargados de mamíferos estudian las reacciones año a año de los lobos y los elefantes marinos. Varios de los campos de estudio apuntan a ver los cambios que se producen en la fauna y la flora antártica y a relacionarlos con el cambio climático. Lo que observé es que todos son muy cautelosos con ese tema: si bien apuntan sus investigaciones hacia eso, coinciden en que hace demasiado poco que investigan como para poder sacar conclusiones concretas.

— Es un privilegio que Argentina posea bases allí. ¿Existe conciencia sobre el trabajo y el esfuerzo que hacen quienes están allí?

— ¡Es un gran privilegio que Argentina tenga trece bases en la Antártida!. Creo que no sólo no existe conciencia sobre el trabajo y el esfuerzo que hacen quienes están allí sino que se desconoce la importancia (a nivel científico, militar y de soberanía) de las tareas que se realizan. Tanto que, según me contaron, la campaña antártica de este año se hizo con una improvisación que roza la desidia. Debido a que, para ahorrar, no se alquiló el buque ruso Golovnin. Finalmente, miles de toneladas de gasoil antártico se trasladarán en aviones, algo bastante peligroso y que provocó gran malestar tanto en la Fuerza Aérea, como en el resto de la comunidad antártica.

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