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Domingo 23 de Julio de 2017

¿Cuántas personalidades tenemos en la web?

Las redes sociales ofrecen la posibilidad de mostrar nuestro mejor perfil. ¿Para qué sirve reinventarse? Los riesgos de confiar a ciegas en una virtualidad que llegó para quedarse, pero que no siempre es tan mala como dicen.

Internet cambió el mundo tal cual lo conocíamos. No sólo por dejarnos conocer los consumos culturales en distintos idiomas o porque las transacciones financieras pueden estar a un clic de distancia sino también —o sobre todo— por lo que tiene que ver con los vínculos humanos. La virtualidad modificó nuestra manera de relacionarnos tanto con el otro como con nosotros mismos.

Sin costos adicionales a la conexión se ofrecen un sinfín de espacios para expresarse, entre ellos las redes sociales, que vienen acompañadas, por ejemplo, de herramientas como los filtros de fotos.

Existen distintas lógicas que rigen cada uno de estos espacios porque no se utiliza el mismo lenguaje para Facebook, Twitter, Instagram, o las aplicaciones de citas como Tinder y happn.

Así, la web ofrece la posibilidad de mostrarnos al mundo con nuestra "mejor cara". ¿Pero son esos perfiles siempre los mismos? ¿Varían, incluso, de acuerdo a la plataforma utilizada? El hecho de que no se cobre un adicional para este servicio, ¿significa realmente que vivir conectados no acarree ningún costo?

Pero hay más para indagar: ¿Nuevas conductas como sacarse selfies pueden incrementar el narcisismo, o sólo lo ponen en evidencia? Son muchos los que tienen una visión crítica de cómo internet repercutió en la manera de mostrarnos y en nuestras relaciones personales. Otros proponen que no demonicemos la tecnología, sino que aprendamos a usarla nuestro favor.

Espejito, espejito, ¿cuál es mi mejor yo?

"Mis conocidos sugirieron que abriera un Tinder. Les dije que cuando estuviera lista, tendría que ponerme a elegir las fotos. Un amigo entonces tomó mi teléfono sin permiso, buceó en mi perfil de Facebook y se puso a decir frases del estilo "no pongas esta que tenés cara de comehombres", "poné esta otra que es natural", "siempre es bueno que peles un poco de escote", "acá estás bien, pero sacate una pic de cuerpo entero que si ponés muchas fotos de tu cara van a pensar que estás gorda". Conclusión: me agoté antes de empezar y no saqué ningún perfil", sostuvo Carolina, una periodista de 36 años.

"Muchos tienen una visión crítica de cómo internet repercutió en la manera de mostrarnos. Otros proponen no demonizar"

No es ninguna novedad que la imagen es vital para una primera impresión. De hecho, según un estudio realizado por el portal de citas Match.com, los perfiles con foto despiertan 15 veces más interés que aquellos que no lo poseen. A modo de guía, la periodista y escritora Valeria Schapira, quien se desempeña como experta en relaciones para ese sitio, escribió sobre los principales secretos para una toma atractiva.

"En primer lugar se debe elegir un retrato bien iluminado que permita ver las facciones de la persona y siempre es mejor una foto espontánea y no en pose", indicó Schapira, quien agregó que es bueno elegir un plano que priorice el rostro y evitar las fotos grupales. Esto siempre y cuando se esté buscando seducir, de algún modo, a otros u otras, claro.

A su vez, afirmó que se deben evitar los anteojos de sol o sombreros que oculten las facciones y que las mujeres no deben optar por fotos "muy llamativas", mientras que los hombres deben abstenerse de postear fotos con el torso desnudo. ¿Conservadores? Así parece que funciona más a la hora de buscar una pareja formal.

Schapira, que ofrece charlas alrededor del mundo sobre estas particularidades de las redes, sugirió no mostrar imágenes "descontroladas" como por ejemplo tomando alcohol. Sucede que la web es de público acceso y exhibir lo que se hace en la vida privada puede ser "peligroso", por ejemplo en lo que refiere al plano laboral (ya hay muchas malas experiencias en este aspecto). Por último, aseguró que no se debe mentir con la foto elegida ni retocarla demasiado "porque la persona que busca pareja es la del presente, no la de ayer".

Yo, yo y yo

Por fuera del interés romántico, en espacios como Facebook o Instagram abundan las autofotos, también llamadas selfies, y con ellas, la eterna pregunta sobre si éstas alimentan la vanidad o sólo la evidencian. Un estudio realizado por Daniel Halpern y Sebastián Valenzuela de la Pontificia Universidad Católica de Chile concluyó que los individuos que se sacaron más autofotos durante el primer año de esa investigación mostraron un aumento del 5% del nivel de narcisismo al segundo año.

Halpern justificó su respuesta al decir que “en las redes podemos mostrarnos como queremos que nos vean”, y agregó que “esa imagen perfecta que queremos que los demás tengan de nosotros puede alterar la que tenemos nosotros de nosotros mismos”.

Según el psiquiatra Marcos Zurita, director de la Revista Atlas y vicepresidente del capítulo de Interconsulta y Psiquiatría de Enlace de la Asociación de Psiquiatras Argentinos (APSA), “todo hace suponer que los debates sobre el incremento del narcisismo preceden a las redes sociales”. Y aunque reconoció que es más fácil reinventarse “desde los lábiles lazos de los perfiles” para mostrar la mejor cara, advirtió que esa creación es frágil.

“Reinventarse con un cuerpo es complicado. Basta recordar a Michael Jackson. En la web es mucho más sencillo, pero esa facilidad con la que se supone que uno se reinventa, hace que el reinvento sea débil y pierda consistencia en la decodificación, porque la selfie producida con el vestido nuevo en el espejo del hall, o la cara de simulación de onda mirando fuera del ojo de la cámara pierden eficacia al momento mismo de ser publicados”, dijo Zurita, para concluir tajante que “el scrolleo (buscar mucho más que en el principio de las páginas) es el verdugo de nuestro tiempo”.

Y si de scrolleo se habla, Schapira manifestó que a la hora de bucear en un portal de citas, “desconfiaría de los perfiles con muchas selfies” en los que las personas “se muestran con trompita como si fuesen el ombligo del mundo”, porque si bien no está mal tomarse una autofoto cuando se quiere mostrar algo y no hay otro individuo cerca, “abusar de estas tomas puede evidenciar que la persona es muy pagada de sí misma, o ni siquiera es capaz de aprovechar la oportunidad de entablar un diálogo con otros para que le tomen una instantánea”.

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A editar la vida

Cada red social tiene su lógica y nos adaptamos a ella. Somos “sinceros” y “compañeros” en las aplicaciones de citas, además de capaces de filtrarnos en sepia o technicolor en Instagram para mostrar a nuestros cuerpos más deseables, a nuestros departamentos más acogedores y a nuestras comidas más apetecibles.

Schapira considera que en la web “editorializamos la vida y de ese modo construimos el mundo ideal en el que nos gustaría estar”, aunque muchas de estas publicaciones, “que sólo son destellos de nuestra existencia y no la vida”, pueden generar envidia e infelicidad a los adictos a espiar vidas ajenas.

¿Somos muchos en la web? Por ejemplo, en Facebook solemos ser amables, protestamos por causas justas o bien mostramos fotos de viajes, pero si nos “pasamos de la raya” con imágenes en la que se exhiben ciertas partes del cuerpo (más de una vez el sitio censuró a fotos de madres amamantando) o con palabras fuera de lugar hasta pueden suspender nuestro perfil por un determinado período.

En Twitter sucede todo lo contrario y su lógica de microblogging: alberga a los llamados trolls, cuentas con identidades por lo general falsas que publican mensajes provocadores con la intención de molestar o generar una respuesta emocional negativa.

Consultado sobre si los cambios de discursos en las distintas redes pueden traer problemas en otros planos, Zurita opinó que estos espacios “funcionan como escenarios sociales con códigos establecidos” y al igual que la vida real, “uno no es el mismo en la pista de baile que en el consultorio del dentista”.

Cuestión de amar-se

“Conocí a un francés por Tinder. En la primera salida me encantó, aunque no pasó nada. Empezamos a chatear por WhatsApp. Pronto noté que me mandaba fotos todo el tiempo. Fotos de sí mismo, de su casa perfecta, de sus pies arriba de una banqueta mientras miraba Netflix. En todas parecía demostrar que siempre estaba arriba. Recién después de la octava toma que recibí en mi horario laboral, me preguntó cómo estaba. Le dije que en estaba teniendo un lunes complicado. No me habló más en todo el día”, relató Matilde, una abogada de 41 años.

Este ejemplo nos remite a la pregunta de con quién hablamos cuando hablamos desde la virtualidad. ¿Con otro? ¿Con nosotros mismos? ¿Queremos seducir y divertirnos o sólo mostrarnos? Y de última, ¿son este tipo de conductas exclusivas de la virtualidad?

Nicolás Mavrakis, autor de “No alimenten al troll”, recordó a la película Her, estrenada en 2013, en la que Joaquin Phoenix se enamora de un sistema operativo con la voz de Scarlett Johansson. En el filme, hombre y máquina deciden pasar “un fin de semana a solas en una cabaña donde juegan, cocinan, cantan y tienen relaciones sexuales”, pero lo que en realidad ocurre en ese espacio es que el personaje encarnado por Phoenix se autosatisface delante de su celular, cuyo sistema se alimenta del Big Data o los macrodatos, que no son otra cosa que la suma de los datos masivos que miramos, descargamos y deseamos en la web.

"Reinvertarse en la web es mucho más sencillo, pero esa facilidad hace que sea débil también"

“La conclusión evidente es que el problema que plantea Her no es que Phoenix se masturbe físicamente a solas enamorado de la voz de Scarlett en su teléfono, sino que se masturbe psíquicamente a solas con su teléfono enamorado de alguien que sólo puede decirle todo lo que la información del propio Joaquin Phoenix indica que le gusta. Her, entonces, no es una película sobre lo absurdo de enamorarse de otro, sino sobre lo absurdo pero tranquilizador de enamorarnos de nosotros mismos”, indicó el periodista.

Schapira, por su parte, opinó que en los portales de cita “juegan a favor los algoritmos que están diseñados para encontrar a alguien que, por compatibilidades, puedas llegar a funcionar como pareja”. Sin embargo, en palabras de la experta, no hay que demorar tanto un encuentro cara a cara, porque se puede caer en la trampa del diálogo con uno mismo y así, llevarse “un chasco” a la hora de la cita. De hecho, otro relevamiento realizado por el sitio para el cual trabaja indica que el tiempo promedio ideal para verse con el otro face to face es de una semana.


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El riesgo de generar más ansiedad

Son muchos los críticos de la web que hablan sobre los riesgos o no de reinventarse o vincularse virtualmente. Incluso hay quienes piensan que los contactos virtuales aumentan la ansiedad. Marcos Zurita explicó que cuando se quiso estudiar esta relación, “lo que se encontró es que la adicción a las redes sociales es una variante más de una serie como la edad y el género y los resultados son contradictorios”.

De hecho, algunos pacientes depresivos logran mejorar sus síntomas a través de las redes, mientras los más ansiosos aumentan sus manifestaciones. “Como sucede a menudo en salud mental, no sirve universalizar los comportamientos y los síntomas”, sentenció, y agregó que a lo sumo “las redes sociales son mediatizadoras y aumentadoras de acciones viejas”, como por ejemplo asistir a cumpleaños de extraños o asistir a entrevistas laborales.

Valeria Schapira reconoce que las redes cambiaron nuestra manera de vincularnos pero opina que “no está bueno demonizar la tecnología”. Más bien piensa que hay que capitalizarla a nuestro favor, y para ello debemos conocerla para emplearla de forma correcta. “No podemos portarnos de la misma forma en un portal de citas o en una red social laboral como Linkedin. Entonces, pensemos a la web como una caja de herramientas, en donde si necesitás un martillo vas a agarrar un martillo y no un destornillador”, comparó.

Nicolás Mavrakis, por último, sostuvo que para un nativo digital, es decir un nacido después de la aparición de internet, oír sospechas sobre las ventajas o las desventajas de la web “es extraño, por no decir ridículo, como para alguien de la generación anterior escuchar sobre las ventajas y las desventajas del televisor”. Por ende, estos cuestionamientos “no son más que el síntoma, probablemente romántico, si no directamente conservador, de una brecha generacional”. En esa línea, el periodista dedica buena parte de su obra a internet y sus bondades, y coincide en la idea de no condenar a la tecnología, sino saber cómo aprovecharla.


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