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Domingo 22 de Enero de 2017

Cinemascope

Los recuerdos del espectador juvenil de clásicos del séptimo arte en un cine de pueblo desembocan en la llegada a Rosario, y el deslumbrado descubrimiento del psicoanálisis, la literatura, la filosofía y la política

Desde la plaza de San Jorge se podían ver los dos cines del pueblo. En rigor los tres, pero del tercero no tengo recuerdos nítidos. Desde la plaza mirando hacia Sastre se podía ver en la esquina de la avenida San Martín el cine Argentino. Cien metros hacia la derecha, pasando delante de la Sociedad Italiana estaba el cine Edison. El Edison era nuevo, el Argentino era viejo. En el cine Argentino vi Il Sorpasso con un Gassman joven y todos nosotros también jóvenes. De las tantas películas en ese cine recuerdo muy bien El monstruo de la laguna negra. De vuelta a casa por la plaza me acompañó el monstruo pisándome los talones pero no pudo alcanzarme. En el Edison fue donde vi la memorable Rebelde sin causa aunque no estoy tan seguro si fue ahí. Freud decía que los recuerdos son encubridores. Habría que agregar que también pueden ser traicioneros. En cambio recuerdo bien haber visto en el Edison El tercer hombre, fundamentalmente porque no entendí nada. Pero en las dos salas se anunciaba una gran novedad: el Cinemascope. Una pantalla notoriamente más grande, cóncava, con el resultado de la visión ampliada. El cinemascope se inaugura con El manto sagrado en 1953. La TV se asoma un par de años antes, en 1951. De todos modos hay más de una fecha para ambas invenciones. El caso es que desde la mitad del siglo pasado las nuevas pantallas se fueron metiendo en las casas, en la vida de las personas, en los trabajos, en las escuelas, en las universidades, en los hospitales y sanatorios, en suma en todas las instituciones habidas y por haber. En los tiempos del cinemascope (también antes y después) se salía de la casa para encontrarse con la pantalla. Ir al cine era una salida, se decía un "programa", más que nada para el fin de semana cuya duración se circunscribía al sábado y domingo. A la zapatería de mi padre, también justo enfrente de la plaza, llegaban puntualmente todas las semanas los programas de los dos cines con las clásicas dos películas, la principal y la de relleno que se proyectaba primero. La segunda casi tenía el carácter de un estreno. En rigor lo era para el pueblo aunque en el mundo ya venía rodando desde antes. En los pueblos de aquella época el tiempo venía después. De hecho no sé hasta qué fecha el diario llegaba un día después. Venir a Rosario era el gran "programa". El viaje era por caminos de tierra hasta Lucio V. López donde comenzaba el pavimento cuando se venía por la 34. Pasado el puente sobre el Carcarañá alguien repetía el chiste inefable: "¿Ves el agua allá adelante?", en alusión a la ilusión óptica. Eran tiempos de la pasión adulta por reírse de los niños. A la vuelta en el mismo puente emitían la inevitable sentencia "se terminó el dulce" sobre todo si se avecinaba tormenta al entrar en el camino de tierra. En cambio entrar a Rosario era la fiesta. Todo era hermoso, todo era distinto, se podían ver en los kioscos los diarios del día, comer carlitos o subir a un tranvía. Placeres utópicos en el pueblo de aquellos tiempos. El año clave para mí resultó 1957. A mis 12 años mi padre me hizo el mejor regalo. Ir a ver a River a Rosario a la cancha de Newell's. Siete hinchas de River en un enorme taxi con tres filas de asientos, además del taxista y mi padre, hincha de San Lorenzo. Ganó River 2 a 0 y la fiesta fue completa. El lunes por la mañana los futboleros de sexto grado esperaban el relato del primero del curso en ver un partido de primera división. Rosario para mí era en cinemascope. Sonidos, colores, olores y formas. Los cuatro conjuntados en el tranvía logrando que su ruido al llegar y pasar se sintiera como un sonido metálico-musical único. Rosario era, sin dudas, la ciudad para vivir. La cuestión es que algo ya estaba determinado y dictaminado fundamentalmente por mi madre: debía estudiar (en Rosario) para ser alguien en lugar de trabajar en la zapatería. Como hizo mi padre, a su turno con mi abuelo. El deseo es el deseo del otro, decía Lacan, cosa que yo no sabía, ni sabía de Lacan, ni sabía de la psicología ni mucho menos que iba ser psicólogo en tanto y en cuanto estaba destinado a ser contador. El humano es un ser con un fuerte deseo de reconocimiento pero con débil reconocimiento de su propio deseo. Pegué un volantazo y no fui contador. De la facultad de bulevar Oroño a la Facultad de Filosofía en calle Entre Ríos a estudiar psicología, al bar Iberia, al Laurak, al Odeón, al Cairo. Otro mundo. Otro cinemascope. Me encontré con la psiquis humana. El psicoanálisis, la literatura, la filosofía, la política, las librerías, ampliando la visión del orden de las cosas en dos décadas especiales del siglo XX: los sesenta y los setenta. Desde aquellos años hasta acá el cinemascope ha sido ampliamente superado. El siglo XX nos dejó un legado de pantallas, algunas más perfectas que otras en una carrera sin fin a la vista. Llevamos en el bolsillo o en las carteras una pantalla emergida de un celular o una tablet de tamaños con calidades diversas y precios bien distintos. Más las pantallas en los transportes, en los bares, en las salas de espera, en los servicios, en los hoteles y moteles, en las canchas y demás lugares. Ahora bien, los humanos tenemos y llevamos una pantalla única incrustada en la cabeza: la psiquis. Desde esa pantalla-psiquis vemos el presente (como podemos) entre el pasado y el futuro con una muy frágil conciencia del tiempo, una dimensión de una velocidad inalcanzable. Podemos impregnarla de ansiedad pero el resultado es paradójico, más pérdida de tiempo. Sin cerebro no hay psiquis-pantalla. Ni hay nada. Es bueno recordar que sólo con el cerebro no hay esencia de lo humano, un ser más social que biológico a todos los efectos. Las múltiples pantallas nos rodean dándole más velocidad al tiempo con novedades a cada instante. Mientras tanto la pantalla-psiquis sigue atascada en su laberinto. Es imprescindible la transformación de nuestra psiquis en una pantalla en "cinemascope" capaz de ver un nuevo orden de las cosas. Tal vez sea la única forma de que las sociedades salgan del oxímoron en que están atrapadas: conservadoras y depredadoras.

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