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Domingo 12 de Febrero de 2017

Borges, el infinito

Alberto Manguel, reconocido intelectual y actual director de la Biblioteca Nacional, acaba de publicar un libro con sus recuerdos del autor de El Aleph. A continuación, el prólogo del libro editado por Siglo XXI.

Estas cosas son raras. Una de las últimas personas de las que me despedí cuando me fui de la Argentina en 1969, cuando yo acababa de cumplir veintiún años, fue Borges. Lo fui a ver a su oficina en la Biblioteca Nacional de la calle México, y lo acompañé caminando, como tantas otras veces, hasta su departamento de la calle Maipú. No viví más en Buenos Aires, salvo un año (creo que en 1973) durante el cual trabajé para La Nación, y apenas unos pocos días, en las décadas siguientes, cuando regresaba al país para ver a mi familia o dar alguna conferencia.

Ahora, casi medio siglo después, he vuelto a Buenos Aires, pero no a la ciudad que se levanta con insistencia a mi alrededor, sino a esa otra, casi imaginaria, que fue siempre parte de mi cartografía. Me fui al acabar mi adolescencia; vuelvo casi septuagenario para ocupar, misteriosa y presuntuosamente, el puesto que Borges tuvo en la Biblioteca Nacional. Si esto sucediese en una novela, el lector se quejaría de pueriles coincidencias y de simbologías obvias.

La ciudad, por supuesto, ha cambiado. La Biblioteca Nacional ya no ocupa el elegante edificio de la calle México, sino la torre brutalista de Clorindo Testa, que se eleva entre las calles Austria, Figueroa Alcorta, Agüero y Las Heras. Recuerdo que, cuando caminaba con Borges por Buenos Aires, él me hablaba de casas y calles y plazas que pertenecían a su pasado, a los años anteriores a su ceguera, y esa arquitectura recobrada se sobreponía a los edificios y avenidas del presente, borrándolos casi, o al menos quitándoles el prestigio que les daba la realidad física. Ahora, mis recuerdos de sus recuerdos ocupan de nuevo el espacio de la ciudad que veo todos los días, y se entretejen con otros de mi infancia y adolescencia. Estos memorables paisajes de antiguas aventuras fueron muchas veces reveladores e iniciáticos, como por ejemplo en el Colegio Nacional de Buenos Aires, en las librerías de la calle Corrientes, en los cines de arte y ensayo, y en el Instituto Di Tella. Otros fueron eróticos, algunos oscuramente nefastos. Muchos lugares de esa geografía llevan los nombres de amigos hoy perdidos, desaparecidos o exilados. Mi Buenos Aires es una ciudad de fantasmas.

Borges decía que una sola cosa no hay, y es el olvido. No quería decir que todos éramos como Funes, incapaces de olvidar, sino que nuestra memoria es algo que se arraiga y crece en nosotros, perdiendo sus rasgos primeros y transformándose en algo distinto que se dilata con el fluir de los años, como los círculos que una piedra dibuja en el agua al caer. Decimos recordar, pero nuestros recuerdos son, por sobre todo, relatos que nos hacemos a ojos cerrados, para dar un sentido a nuestras experiencias, como heroicas maniobras para evitar que todo se diluya y se pierda. Inevitablemente, nuestra memoria tiene más de ficción que de crónica.

No es que nuestros recuerdos mientan. Los lugares y los personajes que pueblan nuestra memoria tienen verosimilitud, son contundentes y justifican su existencia con pruebas materiales. Retratos, confesiones íntimas, documentos impresos atestiguan nuestra presencia en un cierto lugar, echan luz sobre alguien invisible en las sombras, repiten palabras que decimos que un día nos dijeron. Nuestros recuerdos son fehacientes, como las ruinas de Roma o las fotos de familia. No sé si mis recuerdos de Borges reproducen fielmente las horas que pasé con él, ni si las palabras que cito de memoria repiten realmente las que él me dijo con esa voz pausada, anhelante, deliberada, que todavía oigo cuando pienso en él. Sé que no puedo imaginar Buenos Aires sin recordar estas cosas.

Este libro fue escrito a pedido de mi editor francés, Hubert Nyssen, fundador de Actes Sud y profundo conocedor de las literaturas del mundo. En su casa del sur de Francia, bajo un viejo tilo, él y su mujer, Christine Le Bœuf, la traductora de casi todos mis textos, me solían hacer preguntas acerca de Borges, a quien ellos habían leído en las primeras versiones francesas de los años cincuenta. Una tarde, Hubert me propuso que pusiese por escrito las memorias de mis encuentros con Borges, para poder publicarlas en una serie que él dirigía, llamada "Un endroit où aller". Para justificar su inclusión en la serie, Hubert quiso que el libro futuro llevase como título Chez Borges. Eduardo Berti, escritor a quien admiro desde hace años, se ofreció para traducirlo al castellano; ojalá que sus esfuerzos hayan logrado corregir o atenuar las torpezas del original, y alegren a la sombra de mi querido Hubert.

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