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Domingo 03 de Septiembre de 2017

"Aunque parezca mentira, hoy el mundo es un lugar mejor"

Reynaldo Perrone es psiquiatra. En Francia, donde vive desde hace 40 años, ha formado a cientos de terapeutas familiares. Su mirada sobre las violencias cotidianas y el terrorismo que conmueve a Europa.

Formador de cientos de profesionales dedicados a la terapia de familia en Europa, el rosarino Reynaldo Perrone fue uno de los que llevó al Viejo Continente la terapia comunitaria, un modelo que había aprendido y aplicado en los años '70 en el ex hospital Suipacha, hoy Centro de Salud Mental Dr. Agudo Avila. De visita en su Rosario natal, este psiquiatra y terapeuta familiar que vive desde hace 40 años en Francia, mantuvo una larga charla con Más.

Fue durante años el director general del Instituto de Formación y Aplicación de Terapias de la Comunicación en Lyon (Francia), donde actualmente es director de estudios. Es un especialista en pareja, violencia intrafamiliar y abuso sexual. A lo largo de su carrera ha analizado las diversas formas de violencia y por eso se detiene, especialmente, en lo que está sucediendo con los atentados perpetrados por Isis.

Aún cuando parece que todo ha empeorado, Perrone se manifiesta optimista en relación al futuro y sostiene que el mundo avanza, con dificultades y ciertos retrocesos, hacia un lugar mejor donde las antiguas prácticas de censura, autoritarismo, brutalidad y arbitrariedad van cediendo y en algunos casos hasta desapareciendo.

Mesurado, reflexivo, hablando un español afrancesado en el que por momentos intercala palabras en su idioma actual, Perrone responde, sin prisa, a las preguntas.

—Usted vivió en Suiza y después en Francia, donde se instaló hasta hoy en un momento en el que la terapia comunitaria casi no existía en Europa. ¿Cómo fue aquella experiencia?

— En Rosario, a principio de los '70 habíamos iniciado una experiencia muy interesante en el hospital Suipacha donde se abordaban problemas de salud mental. Aplicábamos lo que se llamaba terapia comunitaria. Por lo tanto, todo nuestro trabajo estaba concebido como una acción colectiva llevada a cabo por médicos, un equipo de enfermeros y también por los pacientes. Puede parecer curioso, pero la idea de la terapia comunitaria era que las personas se curaban más con las charlas entre ellos y en los pasillos del hospital que por lo que hablaban con el psiquiatra. Entre los pacientes se creaba un vínculo particular, cotidiano, y al psiquiatra lo veían cada dos o tres días, y algunos una vez por semana. Lo que observábamos es que en las entrevistas (muy cortas a veces) con el psiquiatra no encontraban la misma colaboración que con sus pares; por eso, como profesionales, interveníamos puntualmente, guiábamos. Esa era nuestra acción. Los pacientes, en este modelo terapéutico, se vuelven de alguna manera coterapeutas de ellos mismos. A través de reuniones, asambleas, grupos. Por otra parte le dedicábamos especial atención a la familia. Ese hospital de Rosario estaba abierto a las familias. Los pabellones estaban abiertos y los hijos, padres, parejas de los pacientes, podían entrar en cualquier momento. Yo trabajaba en el pabellón 3 del hospital psiquiátrico Suipacha. Esto fue detectado por gente de la Organización Mundial de la Salud y así se abrió la posibilidad de ir a replicar esa experiencia de comunidad terapéutica en Europa. Para los europeos era innovador. Conocían algo al respecto pero nada como este modelo que había sido desarrollado por un equipo de profesionales argentinos que habían tomado influencias de algunas experiencias americanas e inglesas de posguerra. Como siempre, los psiquiatras argentinos estuvieron muy a la vanguardia y muchos emigraron a Estados Unidos e Inglaterra, aprendieron mucho y lo aplicaron acá.

— ¿Por qué fue tan relevante este modelo en la posguerra?

— Es que ya no alcanzaban los métodos tradicionales de consultas individuales o el seguimiento largo de terapias para dar contención y respuestas a tantas personas. Entonces se vio que muchos pacientes que permanecían en hospitales habían mejorado luego de haber participado, por ejemplo, en la reconstrucción de esas instituciones de salud, trabajando en equipo. Eso era una buena evidencia de que la enfermedad a veces estaba mantenida de manera crónica por el sistema hospitalario cerrado que existía. Así que se crearon otras modalidades de seguimiento y eran mejores los resultados cuando la gente participaba tomando decisiones y formando parte activa de los grupos de trabajo.

—La Ley de Salud Mental vigente en la Argentina, aunque aún no esté profundamente en marcha, ¿propone de algún modo volver a ese modelo?

— Sé que se intenta ir por la desmanicomialización y abrir los espacios. En ese sentido revaloriza aquello...

—¿Y por qué en muchos lugares dejó de aplicarse, oportunamente, esa propuesta que ustedes mantenían con tanto entusiasmo?

— Es que la etapa del proceso militar lo destruyó todo. En especial lo que era eminentemente democrático, como la terapia comunitaria.

—¿Y cómo recibieron esta propuesta en Europa?

— Fui primero a Suiza, donde tuvieron bastantes dificultades para aceptar ese tipo de prácticas porque allí tenían unos modos algo autoritarios, con un control de poder muy fuerte por parte de los enfermeros y de los médicos sobre los pacientes que estaban más bien sometidos a una disciplina. En muy poco tiempo pude ver que lo que proponíamos no podía ser aplicado allí. Sí pude trabajar en relación a las entrevistas con las familias, algo que yo conocía muy bien y que desarrollé mucho más en Europa, no sólo en la práctica sino también en la formación de otros terapeutas y dando seminarios. Así pude integrar un grupo de terapeutas familiares y luego de cinco años de estar en Suiza me fui a vivir a Francia, donde abrí un instituto de formación en terapia de familia. Desde los 80 he formado cientos de terapeutas en este campo.

— ¿Qué incidencia tiene la terapia familiar en Francia?

— Hay que entender que Francia fue largamente colonizada por el psicoanálisis, y todas las prácticas diferentes al psicoanálisis o derivadas de él eran consideradas sospechosas o no gozaban de la bendición de los grupos de poder. Comparativamente con otros países, como Italia y los nórdicos, fuimos creciendo aunque más lentamente. Durante las décadas del 70 y 80 había cuatro o cinco institutos en París, casi todos en las afueras, donde yo vivía. Allí hubo un gran interés y desarrollo de la terapia familiar, pero los profesionales formados en esto no podían instrumentarlo porque los hospitales y los centros de salud no daban lugar a que se practique. No fue simple, para nada. Pasaron 20 años y ahora se “descubre” la terapia de familia y hay un movimiento que reivindica mucho más a la familia como co-animadora de la terapia de la persona y capaz de tomar decisiones sobre la salud de sus miembros. Por ejemplo, cuando el niño está enfermo psíquicamente ya no es que lo dejan en el hospital y punto, sino que se exige que la familia participe y también la familia pide participar. Poco a poco se reactivó el interés por este estilo de terapia. Hasta se dictaron leyes que dejan en claro que la familia debe ser escuchada y tenida en cuenta en todo lo que tiene que ver con el tratamiento de su familiar. Así se creó una especie de segundo movimiento de interés para que los profesionales franceses se formen, y nuestro instituto ha tenido un crecimiento enorme. Lo cierto es que nosotros formamos a todos los profesionales que tienen que ver con la salud de la familia, de pareja, de niños, de adolescentes. Nuestro centro hace especialmente formación en terapia de pareja y de familia y trabajamos mucho lo referido a la violencia y el abuso sexual.

—Usted ha sido un estudioso de la violencia en muchas de sus formas. Por eso no puedo evitar preguntarle cómo se vive en Francia la ola de atentados por parte de Isis.

— Para hablar de lo que hoy sucede creo necesario pensar un poco en lo que sucedió antes. Hay que considerar que Europa vivió una especie de despertar gracias a un período de paz y de beneficios obtenidos por la creación de la Unión Europea. Esto duró más de 20 años y podemos decir que se logró la predominancia del pensamiento complejo. La idea de hacer conjuntos con individualidades distintas fue ganando terreno; el hecho de integrar pueblos con tradiciones y prácticas muy diferentes era una aventura extraordinaria y única en el sentido de que no estaba basada en la fuerza. Y en Europa se fueron agregando piezas a esa construcción que nos hizo vivir un período de prosperidad, floreciente. Pero eso no tuvo en cuenta probablemente otras situaciones críticas que se producían en Medio Oriente y en países asiáticos; y en África particularmente, lugares en los que se produjeron “explosiones” que no estaban previstas ni por los más complejos de esos pensamientos.

—Quizá para los europeos esas realidades quedaban demasiado lejos...

—Si, en cierto modo esas problemáticas quedaban alejadas de nuestra conciencia inmediata y de nuestra percepción; por eso cuando estallan este tipo de conflictos geopolíticos — en los que no vamos a detenernos puntualmente porque es sumamente extenso— las consecuencias se vieron en nuestro territorio. Así comenzamos a abrir las puertas a los refugiados, a los combatientes... y las estructuras de control y defensa no estaban preparadas. En muy poco tiempo Francia, como otros países, fue penetrada, lamentablemente, por células que se organizaron en el interior y destruyeron lo que de alguna manera era un consenso de vivir juntos y respetarnos. Ciertos grupos pertenecientes a la religión musulmana, más integristas, hicieron mucha presión para aplicar sus principios en el espacio europeo y particularmente el francés, y nosotros pensamos que podíamos encontrar modalidades de coexistencia; pero lo que pasó es que una gran cantidad de jóvenes europeos, nacidos en un clima demasiado permisivo pero con referencias más bien autoritarias y teocráticas, creyeron que su trascendencia estaba asegurada adhiriendo a otras ideologías más violentas. Por eso una parte de esos jóvenes salidos de la segunda generación de la inmigración, e incluso franceses de cepa, adhirieron al Estado Islámico volviéndose integristas, alejándose de Francia para ir a Siria, a Irak, para formarse. Y fueron quedando como unidades durmientes para actuar si se los llamaba a la acción... Es una de las razones para entender lo que pasa. Una gran parte de esos jóvenes que no tenían una inscripción, una pertenencia en la vida cívica, que no estaban escolarizados, de golpe podían ser admirados, se los tenía en cuenta, podían ser combatientes y en poco tiempo obtener un reconocimiento social. Lograban pertenencia y poder en una edad particular, donde en otros contextos no tenían ese reconocimiento.

—¿Se puede comparar con los jóvenes que se suman a las barras de los clubes de fútbol o los que integran bandas de narcotraficantes?

— Si, se puede hacer un análisis similar...

—Los atentados, tan repetidos en los últimos años y más en estos meses, ¿han modificado la vida cotidiana, de qué modo?

— Me atrevo a decir que luego del espanto se produce una activación del sistema inmunitario e inmediatamente aparece un “leitmotive” que dice “no vamos a dejar que arruinen nuestras vidas”. Luego del duelo, que dura unos días, la vida se retoma. Se reivindica justamente la vida “normal”, el modelo de la vida occidental. La manera de resistir es mantener el estándar de vida, que los ataques no impidan seguir. La verdad es que no se puede decir que en Francia exista un estado de crispación de la población, y no se modificaron los hábitos. Es más, se reivindica la vida corriente.

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—¿En general todos lo viven de esa manera?

— Bueno, no todos. Hay estamentos de la colectividad que lo pasan mal, o peor. Por ejemplo, algunas personas judías se sienten mucho más vulnerables, los musulmanes se sienten víctimas de discriminación y de represalias. Y una parte de la policía —que está extremadamente expuesta— actúa con cierta febrilidad para poder reaccionar. Y el agradecimiento y reconocimiento de su pueblo y del Estado a la tarea que ellos hacen no parece alcanzar para gratificarlos en sus acciones. Piense que las fuerzas de la policía son movilizadas masivamente, que están agotadas, porque todo en Francia es hipercontrolado, no sólo las elecciones o una fiesta popular, sino todo y todo el tiempo. Hay cientos y cientos de policías con horas extras en forma permanente y esto es algo que la comunidad no aprecia lo suficiente. Y ellos lo viven mal...

— ¿Usted cree que definitivamente en Europa se ha roto ese pacto de convivencia o esa “esperanza de un mundo mejor”?

— Es que no pudimos concebir que este bienestar, que este pacto de paz en el que se reivindicaba la posibilidad de vivir todos juntos, era considerado como una declaración de guerra para un sector del mundo musulmán que veía justamente en eso una manifestación satánica. Lo que yo veo como positivo es que en estos dos años los poderes públicos se reorganizaron, que se reactivaron los contactos internacionales y que los servicios de información se desarrollaron enormemente. Han cambiado las técnicas, las tácticas y esto es muy impresionante. Porque nosotros vemos los efectos devastadores de los atentados que terminan con la vida de las personas, pero por ejemplo en lo que transcurrió de este 2017 se neutralizaron cientos de ataques terroristas. Obviamente nosotros nos quedamos con los que sucedieron y nos olvidamos de los que se evitaron, pero no se puede negar esto. Yo quiero rescatar particularmente las que han sido las acciones del gobierno socialista de François Hollande (ex presidente) que ha actuado de una manera ejemplar sin caer en la venganza ni en la lucha con la colectividad, sin estimular una lucha religiosa, siempre intentando diferenciar quiénes son los terroristas y quiénes no dentro del mundo musulmán.

—¿Y qué piensa respecto al futuro, se puede ser medianamente optimista en este escenario?

— Si se observan los grandes movimientos, el mundo ha mejorado muchísimo y aunque parezca mentira los niveles de violencia en general van disminuyendo. Hay menos impunidad, y la que se observa y se detecta se condena, se cuestiona. Hoy hemos avanzado mucho. Ya no se le puede pegar impunemente a un niño sin sanciones, o a una mujer. Han crecido mucho en el mundo los movimientos en defensa de las mujeres y en contra de la violencia machista. Se puede decir, si observamos detenidamente estos avances, que hay que ser optimistas aunque algunos hechos nos hagan pensar lo contrario. Las construcciones colectivas que llevan mucho tiempo y esfuerzo han fortalecido el reconocimiento de las minorías, y hay muchas más acciones para proteger a los más vulnerables. En esto se avanzó y no se puede volver a atrás. Si, creo que tenemos derecho a ser optimistas.


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La escuela y los códigos rotos

—Hablando de violencias lo traigo a algo que vivimos a menudo en la Argentina y que es un área en la que usted trabaja: la violencia escolar. Vemos más situaciones de agresiones entre los chicos, y de los padres hacia los maestros. ¿Cuál es su mirada sobre este tema?

— Tradicionalmente creíamos que el hombre era bueno pero estaba deformado por la perversión de la sociedad que hacía que el hombre avanzara hacia un comportamiento indeseado. Esto fue sostenido, naturalmente, por la Iglesia que explicaba que el hombre estaba hecho a imagen y semejanza de Dios y que era el pecado lo que lo desviaba de esa misión. Poco a poco fuimos aceptando que el hombre, en realidad, está naturalmente constituido por reflejos atávicos que tienen que ver con mecanismos naturales de agresión. Siendo su propia materia animal, la manera de construir la realidad estuvo siempre basada en la propia fuerza. Por una extraordinaria potencia de civilización, de modelaje, el hombre abandona su agresividad para socializarse y de alguna manera domesticarse. Lo que sucede es que estos mecanismos de modelaje para que el sujeto de niño abandone su fuerza para ganar el derecho de ser aceptado y vivir con otros, se fueron debilitando. Pero no tenemos por qué lamentarnos ya que uno de los mecanismos que limitaban la agresividad del hombre era el temor de Dios que estaba impulsado por la Iglesia, que también pregonaba y aplicaba las humillaciones y los castigos corporales. Eso muchas veces destruía, aniquilaba a las personas. Y esos mecanismos fueron cayendo gracias a una democratización general, a un respeto por lo individual. Lo que conservamos es que ciertos grupos, ciertos segmentos de la población no tienen más el control de su natural agresión y ejercen un principio de “yo soy la ley” o “nuestro grupo es la ley”, o bien “a la ley la cumplen los idiotas”. El padre que va a la escuela y amenaza al maestro no acepta que existe una ley que regula la manera de cómo vamos a tratar un conflicto. Dice “yo voy a imponer mi ley”, “el otro no tiene ninguna supremacía y la impongo por la fuerza”. Puede ser la fuerza del grito, del arma, de la banda o la del que viene a presentarse y golpea. Hay algo de ese sistema de regulación que se está perdiendo. La falta de credibilidad en la ley y las instituciones que por años se han hecho corruptas también contribuyeron a esto.

—Se nota además un mayor desinterés en las familias de participar activamente en las escuelas, de acompañar más...

— Es posible que el desinterés de los padres y el hecho de transferir la responsabilidad a la escuela como única entidad educadora genere una falta de reflejos útiles en las familias para poder canalizar los desbordes de los hijos. La escuela debe cumplir una tarea de transferencia de conocimientos pero son los padres los que deben educar. La primera función de la familia es que los niños incorporen los primeros elementos de referencia educativa como para que puedan después ponerse en condición de recibir los conocimientos escolares. Un niño debe estar preparado para asumir que sus maestros saben más y que él o ella está en una condición más “baja” en ese sentido, y esto no es malo sino todo lo contrario. Si esas primeras enseñanzas no están incorporadas, el niño ingresará a ese ámbito pensando que sabe tanto como su maestro o profesor. Insisto, los padres van perdiendo esos reflejos, el entrenamiento de cómo educar a esos hijos...y piensan: “Que vaya a la escuela y que se arregle la escuela”. Esto podría resumirse de este modo: los niños, en el proceso de aprendizaje reciben códigos, que son como llaves que permiten abrir una puerta que a su vez permite acceder a otro espacio. Los niños reciben los códigos de la gramática, de la aritmética, etc. Lo esencial en la educación es la transmisión de códigos. La familia también los transmite: los códigos del respeto, los de poder detectar quien tiene la autoridad y quien no la tiene. Para que el niño pueda entrar en la escuela donde los especialistas le transmitirán otros códigos debe haber recibido primero aquellos. Si los padres entran a rivalizar con los que enseñan para criticarlos por el modo en el que transmiten esos códigos escolares, al niño se le crea un desastre en cuanto al entendimiento. Si los padres critican delante del niño el modo en el que le enseñan los maestros, que son los especialistas, el niño resiste a este proceso y vemos las consecuencias. Si no se logra la armonía entre padres y docentes para que el chico tenga el mejor y mayor repertorio de códigos, ese niño quedará detenido en este proceso y todo niño que ha quedado retrasado en ese proceso está más proclive a conflictos en el presente, pero sobre todo en el futuro.


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