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Domingo 21 de Mayo de 2017

Aquellos soldaditos de plomo

Ernesto M.

Crecí, cuando niño, muy cerca de mis abuelos maternos. Mi nono Ernesto era suizo de Berna. Mi nona Dina era italiana y tenía cuatro hermanos, Otelo, Arturo, Alvaro y Pancho (fanático de Newell's que me llevaba a la cancha. Iba de traje, corbata y sombrero). También tenía una hermana, la tía Fedora, buena de toda bondad.

Vivían en distintos lados, pero siempre había alguno de visita en casa de mis nonos. Nacidos en Camaiore, en la Toscana italiana, cruzaron el océano muy jóvenes, y llegaron al país los primeros años del siglo XX. Nunca más, ninguno, volvió a su tierra natal. Quizás por eso la recordaban tanto. La tía Fedora estaba casada con el tío Alfredo, italiano también, pero del Friuli. Artesano mosaiquista, Alfredo era callado y taciturno, a diferencia de sus cuñados toscanos, bullangueros, discutidores, de buen comer y tomar y que cantaban entonadas operetas a voz de cuello.

En la familia había una explicación para esa retracción de Alfredo: había estado en la guerra. Y como sentenciaba mi nona: "Los hombres que estuvieron en la guerra siempre están tristes y hablan poco". Algo parecido dice Pérez Reverte, el novelista español: "Los que van a la guerra no vuelven más. Y si vuelven, son otros".

Y el tío nunca hablaba, sobre todo de la guerra. A pesar de mis preguntas un tanto irrespetuosas de niño consentido por tantos adultos. "¿Estuviste en la guerra tío?". "¿Viste morir soldados?". "¿Vos tirabas tiros?". El tío no respondía y seguía haciendo sus mosaicos.

Para los niños de esa época la guerra no era la tragedia injustificable que fue y será siempre. La guerra era las películas de Hollywood y sus héroes, la serie "Combate" que veíamos en la tele en blanco y negro y ¡los soldaditos de plomo!, que nos apasionaban.

Pero una noche ocurrió algo diferente. El nono suizo se fue a dormir temprano y los italianos quedaron entonces a cargo de la escena. La exuberancia de Italia podía con la recatada cordura suiza.

La tía Fedora había servido polenta y después "fricco" (tome nota lector, receta friulana "libre de colesterol": cebolla, queso parmesano, huevo, revuelto todo con aceite de oliva, mucha sal y más pimienta. Tal vez algo de tomate y panceta, pero no recuerdo bien. Y tostadas de pan casero con más oliva).

El tío Arturo, galán de la familia, vaso de tinto en la mano, la había emprendido con "Ríe pagliacci". Y de pronto, en un raro silencio, Alfredo declaró con una voz que nunca yo le había escuchado: "Hubo un día en que paró la guera" (repare lector, "guera" decía el tío. No "guerra"; la doble erre castellana le era ajena).

"Ma, que cosa dicce Alfredo" le replicaron. "La guera nunca para".

"Paró la guera", insistió el tío. "Fue para la Nochebuena del primer año. Salimos de las trincheras y nos abrazamos con los alemanes. Al día siguiente de Navidad, jugamos al "Fobal" e hicimos muñecos de nieve".

"Ma no Alfredo. Eso non e posible. Tú miente. O tomaste molto vino", atacó la nona, encargada del "orden" familiar.

El tío Alfredo volvió a callar. Y al rato dijo "me voy dormir" (que así decía). Y se fue. Arturo la emprendió con otra canzoneta (que ahora se me ocurre triste).

Algunas otras veces Alfredo volvió a contar la historia. Pero su memoria, ya frágil, hacía que la cuente de distintos modos. A veces él no estaba en la trinchera. O no había nieve. O no estaba seguro si no lo había soñado. Eso atenuó aún más la credibilidad del relato que terminó un tanto desprestigiado en la familia.

La vida se fue llevando al nono suizo y a los viejitos italianos y con ellos se fueron sus canciones y su inquebrantable nostalgia.

El paso del tiempo también se llevó sus historias como el viento se lleva las hojas del otoño. Pero por extraños motivos las historias vuelven, como brotes en primavera. Por eso es bueno escuchar y leer historias. Para que después le "broten" a uno y uno pueda contarlas a su manera.

Hace algunos años, haciendo en Barcelona un curso, uno de cuyos temas era la empatía, una docente nos recomendó una película. "Es sobre un hecho verídico", dijo. "Se llama Joeux Natal (Feliz Navidad) y trata de cuando la guerra del catorce se detuvo el día de la Navidad".

La película, una delicia (puede conseguirse fácilmente en la web), cuenta lo que contaba mi tío. En la Nochebuena del primer año de una de las guerras más crueles de la humanidad, los soldados alemanes comenzaron a cantar villancicos. Y los escoceses le contestaron con sus gaitas. Y los franceses aplaudieron. Y de a poco los soldados comenzaron a salir de las trincheras que estaban muy cerca unas de otras y a encontrarse en la llamada "tierra de nadie" en medio del frío de esa noche doblemente fría, por la lejanía de su familia y el espanto de la guerra. Y se saludaron. Y se abrazaron. Y compartieron chocolates, whisky, cigarros. Y se mostraron fotos de sus familias...

Al día siguiente, el día de Navidad, volvieron a encontrarse. Jugaron al fútbol. Se sacaron fotografías (que están en la web). Se ayudaron a enterrar a sus muertos. Esto ocurrió con miles de soldados en todo al frente de batalla.

Sintieron su dolor en el dolor del otro, cuyo rostro ya no era el de un enemigo.

La docente del curso sabía de qué hablaba. Pues de eso se trata la empatía. De la capacidad que los seres humanos tenemos de distinguir el dolor del otro y ser solidarios.

Jeremy Rifkin, en su libro La civilización empática, que comienza con el relato de este episodio, dice: "Aunque se supone que el campo de batalla es un lugar donde el heroísmo se mide por la voluntad de matar y morir, aquellos hombres optaron por otra clase de valentía. Se identificaron con el sufrimiento de los demás y le ofrecieron consuelo. Al cruzar a la tierra de nadie se encontraron a si mismos en los demás".

Podrá decir el lector que el episodio de la guerra detenida es la excepción que confirma la regla. Que el "hombre es lobo del hombre" como sostenía el filósofo Hobbes. Pero eso es sólo si se elige serlo. Los seres humanos estamos constituidos en la ternura relacional y en la necesidad de encuentro con el otro. Si hasta las neurociencias han demostrado, descubriendo las llamadas "neuronas espejo", que la capacidad de empatía es una condición biológica de nuestro cerebro. Por eso nos describe mejor Baruch Spinoza, otro filósofo, al afirmar "Hominis Deus Hominis" (el hombre dios para el hombre). Lo mejor para un ser humano, es otro ser humano.

La guerra del catorce continuó, y se llevó 8 millones y medio de vidas. Los oficiales que "permitieron" la Tregua de Navidad fueron ajusticiados por sus propios superiores.

Habían cometido el peor delito que se puede cometer en una guerra: no matar al enemigo.

Pero hay algo más que deseo contarles. En 1983, Paul Mc Cartney editó un álbum llamado Pipes of Peaces en homenaje a este episodio. La canción, que lleva ese título, es bellísima y voy a transcribirle una parte de ella traducida (No puede quejarse, por el mismo precio se lleva una receta friulana y una maravillosa canción). "Enciendo una vela por nuestro amor. En el amor nuestros problemas desaparecen/ Pero en general pronto descubriremos que Uno y Uno es todo lo que deseamos escuchar/ Por todo el mundo nacen niños para el mundo/ Debemos darle todo lo que podamos hasta que se acabe la guerra. ¿Terminará entonces la tarea?/ Ayúdalos a aprender canciones de alegría y no de destrucción/ ¿Me enseñas a jugar a las pipas de la paz?".

Y sigue (el video clip protagonizado por Mc Cartney está en https://vimeo.com/17575747). Que más decirle después de escuchar a los poetas.

Sí, sólo una cosa: mi tío Alfredo Cumín, más allá de los detalles, contaba la estricta verdad. Era, a su manera, un pequeño gran héroe. Y encima, aunque nunca se enteró, un Beatle le dedicó una canción.

Ernesto M. Rathge-Médico psiquiatra y psicoterapeuta / Especial para Más

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