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Domingo 28 de Mayo de 2017

Algo extraño sucede en Rosario

Hace varias décadas que participo de congresos de medicina de distintas especialidades. Estoy harto de quedarme sentado largas horas escuchando conferencias de personas cuyo único interés es exhibirse como estrellas de cine.

"Es detestable esa avaricia espiritual que tienen los que, sabiendo algo, no procuran la transmisión de esos conocimientos"

Miguel de Unamuno

Hace varias décadas que participo de congresos de medicina de distintas especialidades. Estoy harto de quedarme sentado largas horas escuchando conferencias de personas cuyo único interés es exhibirse como estrellas de cine. Eruditos y fanfarrones que repiten lo que las grandes investigaciones dicen pero no lo que significan; algo que yo puedo hacer por mí mismo. Nunca me animé a levantarme e irme. Creo que todos en esas salas sentíamos el mismo tedio pero lo soportábamos, estoicos y resignados. Desde hace algunos años las cosas ya no son así. Los más jóvenes nos han enseñado a perder el miedo y ese falso respeto. Ellos se miran primero, se hacen una seña después, se levantan en grupos y abandonan la sala. Y no vuelven, nunca más. Cada vez que encuentran ese nombre en un programa, arman el mate y salen al parque hasta que la exhibición termine; no le dan otra oportunidad. Aprendieron a identificar a quién habla para acortar la distancia entre el que sabe y el que aprende, y a quién lo hace para agrandarla hasta hacerla imposible de remontar. Yo les agradezco su desparpajo, su honestidad brutal. Me ayudaron a despojarme de un pudor idiota que me hizo pasar cientos de horas en salas de las que debí haber huido de inmediato. Pero hay un extraño lugar donde esto nunca ocurre porque no es necesario. Una excepción que confirma la regla.

El Congreso de la Asociación de Medicina Interna de la ciudad de Rosario (Amir), que se realizó entre el 16 y el 18 de mayo, es diferente. IntraMed siempre los acompaña. Nos gusta verlos en nuestro stand, revisar nuestros libros, comentar lo que leen en el sitio. Ellos no lo saben pero, algo que está en vías de extinción en la medicina sobrevive allí como un adorable dinosaurio. Lo que pasa en ese encuentro podría servirnos para averiguar qué es lo que ya no ocurre en tantos otros.

Entusiasmo

2700 inscriptos; 250 trabajos científicos; decenas de residencias médicas representadas; contribuciones desde varios países de Latinoamérica; participación de las sociedades de medicina interna de todo el país.

La gente quiere estar allí, sonríen, se abrazan, están felices, disfrutan con el cuerpo. Se les nota, no pueden ocultarlo. Está repleto de jóvenes con un entusiasmo que les suda por los poros. Toman notas, apuntan citas bibliográficas, graban con sus telefonitos, cuchichean cuando alguien responde a sus interrogantes cotidianos en la sala del hospital como si les hubiera leído la mente. Son estudiantes de medicina y residentes de todos los rincones del país y del exterior. Algunos parecen no haber abandonado todavía una pubertad prolongada. Se apuran por los pasillos para no perderse nada. Se hacen recomendaciones. Gritan y festejan cuando encuentran a alguien a quien admiran en el programa de conferencias. Otros se agrupan en los rincones y repasan los gráficos de sus presentaciones de casos clínicos. Los he visto dar saltitos y soplidos ansiosos mientras esperan el turno para pasar al estrado y mostrar sus trabajos. Es una fiesta. Allí se celebra la milenaria sed de saber, esa que tristemente se va apagando en tantos otros lugares.

Generosidad

Los mayores muestran el mismo entusiasmo que los recién llegados a la profesión. Gozan, son felices, se conmueven cuando reciben el afecto agradecido de sus discípulos. Participan, se entusiasman con las discusiones, aplauden como si estuvieran en la ópera. Los chicos los veneran con respeto y admiración. Están agradecidos porque esa gente no se guarda nada. No exhiben otra cosa más que una generosidad infinita que encuentra su propia recompensa compartiendo lo que saben. Se conmueven orgullosos ante el lucimiento ajeno. Se pasan la posta de generación en generación; los que dejan la presidencia se unen a la tropa y siguen trabajando como soldados rasos. Ya casi había olvidado que algo así podía ocurrir. No solo transmiten lo que saben sino la inmensa felicidad de aprender. Son mentores, como afirmó el profesor Alcides Greca. Un tipo alto, vertical, inconmensurable. Puede reunir el conocimiento clínico más riguroso con la literatura, el cine o la filosofía. Los alumnos lo siguen hipnotizados. Lo escuchan porque saben que es un modelo a seguir. Lo estudian para ver de qué se trata. Mientras tanto, esa gente les inocula la alegría del conocimiento verdadero en lugar de intoxicarlos con futilidad e irrelevancia. A veces me quedo mirándolos sin que lo adviertan. Me protejo de sus miradas, los espío como un fisgón. Me gusta verlos sin que me vean. Me conmueven. Emociona saber que la pasión que agoniza por tantas partes, allí está más viva que nunca. No existe otra palabra que los nombre: son "maestros".

Cada vez que vuelvo del congreso de la Amir me quedo pensado en cuáles son los motivos de lo que allí sucede. No es un milagro, sobran las razones. Se trabaja durante dos años para que todo sea perfecto. La confección de la agenda científica es diferente, meditada con inteligencia. Los formatos de presentación son innovadores, originales y la implementación exacta, impecable. Los invitados extranjeros y nacionales se seleccionan con el mismo criterio: responder a cuestiones relevantes con la máxima solidez. Se llevan al congreso los problemas reales de la asistencia cotidiana. No se montan a la cresta de una ola que no nos incluye. Se embarran los zapatos en las salas del hospital, en los puestos sanitarios, en los consultorios periféricos; allí donde la medicina encuentra su sentido. Llegan cargados de sus problemas reales y los discuten con rigor científico y con la opinión de los que más saben. Hay una transfusión de saberes que pasan de mano en mano. El conocimiento es interrogado hasta obligarlo a responder a las preguntas que importan. Hay allí un espacio para que la práctica auténtica se alimente y se renueve. No para mostrar lo que no tenemos, lo que no resuelve los problemas de nuestros pacientes, lo que encandila pero es impracticable. Este no es un escenario five stars ofrecido al impúdico espectáculo autorreferencial de una banda de fanfarrones. Ellos me van a entender, acá no vale la frase ricotera: "Comen de la cajita feliz y bailan el pogo del payaso asesino".

Durante estos días se rindieron varios homenajes al gran Paco Maglio, fallecido la semana pasada. El hubiera estado feliz de que se lo recordara precisamente allí donde los valores que él defendió como una utopía han encontrado su lugar.

Acá no hay personajes

Hay muchos responsables de que algo tan infrecuente ocurra allí. Un cerebro colectivo que funciona coordinado en la misma dirección. Este año he visto a los responsables del congreso: los doctores Roberto Parodi y Mariana Lagrutta caminar de sala en sala como maratonistas incansables. Nada quedó ajeno a su supervisión, nadie a salvo de su cordialidad permanente. No sé cómo lo hacen. No entiendo cómo resisten el tremendo desgaste al que se someten. No están solos, claro, pero están en todos lados y al mismo tiempo. Roberto y Mariana son jóvenes, brillantes, repletos de energía y, aunque usted no lo pueda creer, de una humildad que por momentos me avergüenza.


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