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Domingo 23 de Julio de 2017

Al trabajo en lancha

"Muchos van al trabajo en colectivo en Rosario. Yo, en cambio, me tengo que tomar la lancha", cuenta con una sonrisa Julieta Tripi, maestra jardinera encargada desde hace tres años de la salita de 3, 4 y 5 años de la escuela isleña Marcos Sastre de El Espinillo, una geografía donde se mezclan los verdes y los marrones ubicada al mismo tiempo tan cerca y tan lejos de Rosario.

"Muchos van al trabajo en colectivo en Rosario. Yo, en cambio, me tengo que tomar la lancha", cuenta con una sonrisa Julieta Tripi, maestra jardinera encargada desde hace tres años de la salita de 3, 4 y 5 años de la escuela isleña Marcos Sastre de El Espinillo, una geografía donde se mezclan los verdes y los marrones ubicada al mismo tiempo tan cerca y tan lejos de Rosario.

   Cada mañana muy temprano se encuentra en una guardería de zona norte con Rubén Ferreyra, el director, con quien cruza el ancho Paraná con frío, calor, llovizna o neblina: "Sólo suspendemos las clases cuando hay alerta meteorológica porque Prefectura no permite que salgan embarcaciones de la guardería".

   En la isla la esperan sus ocho alumnos que van desde el jardín hasta pre-escolar: todos son isleños hijos de familias de pescadores que componen la pequeña comunidad de alrededor de 100 personas que viven en El Espinillo, una isla poblada desde hace varias generaciones que tiene la rareza de albergar una escuela santafesina en un territorio que es casi exclusivamente entrerriano.

   "Siento mucha gratitud por el trabajo que tengo, estoy en un lugar privilegiado donde soy muy valorada como maestra tanto por los chicos como por sus familias. Me siento muy afortunada", explica la docente oriunda de Rosario, criada entre los campos y el río Carcarañá en Andino y recibida en el Normal 1.

   Después de trabajar en varias escuelas públicas y privadas de la ciudad, Julieta un día se anotó para hacer un reemplazo en la Marcos Sastre: "En un viaje a Entre Ríos, cuando trabajaba en una colonia de verano, conocí una escuela rural y me quedé fascinada. Me gusta mucho la naturaleza, me crié en Andino, y en la escuela de la isla puedo conjugar trabajo y pasión".

   Comenzó a ocuparse de la sala de jardín/preescolar en abril del año 2014 como reemplazante y desde ese día ya no se fue. Decidió que su compañía diaria serían esos chicos "tranquilos y cariñosos" para quienes la escuela es la actividad más importante y gratificante de la jornada en un lugar donde escasean las ofertas culturales o recreativas propias de la vida en una gran ciudad .

   Los mismos chicos que, con la crecida, llegan hasta la escuela en kayak por sus propios medios y que le enseñaron que los huevos de tortuga "se comen".

Los mismos que le cuentan cuáles son los nombres de los pájaros que se ven a diario, y que le confesaron que en esa zona algunos padres no asustan a los chicos con el hombre de la bolsa, sino con la garza mora.

   "En la escuela los mosquitos son compañía cotidiana, así como los sapos y aves de todo tipo. Una vez tuvimos una lechuza en la salita. Algunas amigas me decían que yo estaba loca de ir a trabajar ahí, pero hay mucha paz, tranquilidad y alegría y siento que encontré mi lugar", dice.

   Según la experiencia de Julieta, a pesar de estar tan cerca de la ciudad (el cruce en lancha dura apenas un puñado de minutos y la escuela puede incluso verse desde esta orilla) sus alumnos son bastante diferentes de los chicos con los que había trabajado en establecimientos urbanos.

   "Existen muchas diferencias entre mis trabajos anteriores y este. Los chicos de la isla son muy cariñosos, tranquilos y siempre te esperan con alegría. Para ellos sos otra mamá y así te lo hacen saber". En cambio, los chicos de la ciudad "están más estresados, más acelerados", y sufren más la influencia de un entorno muchas veces atravesado por sentimientos de inseguridad y de violencia.

   Para la docente, eso puede tener que ver con su contacto permanente con la naturaleza y con la desconexión a la fuerza que tienen de los juguetes tecnológicos: "En la isla para ver televisión tienen que prender un generador así que no es cosa fácil".

   Su labor en un medio calificado como rural también le sirvió como experiencia para valorar servicios cuyas prestaciones en Rosario están naturalizadas y hasta banalizadas, como la luz eléctrica o el agua potable de red. "La escuela queda muy cerca pero a su vez es otro mundo. Cuando se me corta la luz en mi casa pienso que esa es la realidad que todos los días tienen mis chicos".

   Pero también hay semejanzas en la labor cotidiana, ya que a pesar de estar rodeada de agua la Marcos Sastre no deja de formar parte de un sistema formal que obliga a seguir pautas institucionales: "El sistema es igual que en la ciudad, se toman evaluaciones, se hacen los actos escolares, entregamos libretas y armamos carpetas".

   Aún así, la maestra estimó que a veces las autoridades "están muy alejadas de la realidad de la Isla" y proponen proyectos o estrategias que no se pueden aplicar allí.

J.H.


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