Miradas
Domingo 18 de Diciembre de 2016

32 corto

Al caminar al pie de la fachada de los Tribunales sobre calle Balcarce revivió en su memoria la imagen del edificio como un barranco de mármol cuyo pie era salpicado por el oleaje matutino de los paseantes. Llegó a la avenida y tanteó con su pie derecho la calzada, como midiendo, antes de sumergirse, las honduras de un océano plagado de escualos.

Así había sido desde la primera vez. Una tarde de 1975 en que, quizá presintiendo que el completar la secundaria nos les redundaría en nada respecto de su futuro, con el Flaco y el Loco se lanzaron antes de entrar al Superior, continuaron por Balcarce hacia el sur queriendo arribar al parque como si fuera el único espacio seguro, ese o los cines, donde cristalizar la chupina.

Aquella vez, cuarenta años atrás, al cruzar Pellegrini las cuatro palmeras apenas separadas, por un pequeño espacio de no más de un metro cuadrado contenido por sus troncos como un islote de historieta, los llevaron a la comprensión del naufragio.

Terminaron de cruzar la avenida a la carrera y sin lentificar en nada su andar llegaron al interior del círculo palmar. Uno de ellos trepó un metro y los otros dos permanecieron al pie, los tres como náufragos encaramados al único bastión posible de protección.

Porque así había sido desde que los cuerpos de algunos compañeros de escuela emergieron acribillados en las banquinas de la autopista. Rosario se les antojaba un mar profundo de riesgos y desapariciones.

Desde aquella tarde de ausencia colegial y por varios años fue así: si iban a la sala de Bolsillo o al Arteón el encuentro no era en el Odeón o el Savoy, sino en lo que, crípticamente, llamaban la isla. Jamás habían invitado a otra persona a compartir su naufragio, pasaban tardes comiendo empanadas o carlitos entre las palmeritas, inmunes a la burla o la curiosidad de los viandantes e incluso resistiendo las marejadas del ocasional prepoteo policial.

La única vez que el secreto salpicó fuera de su amistad fue un desliz del más romántico de los tres, que alguna madrugada primaveral llevó a un deslumbrante amor a pasar unas horas en el nimio atolón.

El tiempo disgregó a los náufragos. Uno abandonó su banda de rock y se doctoró en economía. El otro alternó comercios y oficios tanto en Argentina como en Cataluña, el último de los tres perduró en una oscilación entre una profesión liberal y empleos públicos, entre un matrimonio bucólico y su derrumbe en el hastío, entre un temor reverencial a la soledad y un repliegue social. Ninguno de los tres se consideró demasiado feliz con su vida.

Ahora, en el momento del relato, eran las tres de la madrugada. La caminata del regresado luego de diecisiete años desde Cataluña acababa por depositarlo en las márgenes del parque Independencia. Había comenzado en el barrio de origen, al oeste de Echesortu, e insensiblemente, desconociendo en absoluto la fama de inseguras e intransitables de las calles de la madrugada rosarina, había devenido en una contemplación extática del edificio de Tribunales, al que en su momento el trío de amigos llamaba los acantilados de Dover, la falsa caliza de su blancura a cuyo pie el oleaje del tránsito de caminantes y bestias mecánicas por Pellegrini salpicaba sin dudar, con las naturales pleamares y bajamares de lo que en la radio pomposamente llamaban las horas pico del tránsito. Enfrente, en la ochava sudoeste de la esquina de Pellegrini y Balcarce, estaba el islote de náufragos.

Se sentó, pasadas las tres de la madrugada, en el mínimo espacio entre los cuatro dátiles, quizá en verdad un solo ejemplar clónico. Allí, con los cuatro troncos resguardándolo como en su adolescencia, imaginó el último instante de los otros dos: un infarto no por esperado menos inmisericorde por un lado y un montón de chatarra empujando y replegando al oscilante profesional dentro de su propio cuerpo en una curva de la 33 de apariencia inocente.

Él aún no sabía cuál iba a ser su instante final. No había alcanzado a regresar para los entierros de los otros dos. Sentía que ese tsunami puto que era la vida los había arrancado de la orilla frágil, minúscula a la vez que infinita de la adolescencia. Y ahora se descubría de regreso a esa orilla, encaramado en esa ínsula urbana que habían sentido como un lugar donde nada podía lastimarlos.

Sintió que era el momento, el instante. Ante el silencio eterno de sus compañeros de islote nadie jamás habría sospechado por qué había elegido ese rincón del parque para terminar sus días. Imaginó el desconcierto de sus hijos, el vuelo urgido desde Barcelona para recibir algo, una urna con cenizas o un certificado de inhumación. Imaginó las frases desmesuradas y sorprendidas de sus dos primas en el velatorio, los trámites que sus maridos o ellas mismas realizarían en la morgue de un hospital. Imaginó la sorpresa del caminante madrugador o del recolector de residuos que descubriera, como un monigote entre cuatro palmeras, un cuerpo final.

Pero nada de eso iba a ocurrir, no había modo de que tuviese el coraje de darle marcha al 32 corto que llevaba contra su corazón. Aún no tenía deseos de abandonar las costas del naufragio y sintió, pisando la ciudad, que todos esos años contra el Mediterráneo no habían logrado borrar de su memoria ni menguar su belleza en el recuerdo, que aún restaba algo por vivir, lo que fuese, algo que sentía la obligación, pero también el deseo, de atravesar recibiendo las salpicaduras del oleaje ciudadano, las corrientes cálidas de gente, la bajamar del cansancio y la mesura de su envejecer.

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