Ovación
Martes 29 de Noviembre de 2016

Más genial que la Gran Willy

Lo que decidí escribir acá es otra cosa, algo que tiene que ver con el tenis pero para lo que no se necesita ser un entendido.

Como tantos miles de argentinas y argentinos no entiendo prácticamente nada de tenis. Pero el domingo integré ese colectivo de ignorantes que se apasionaron con la final de la Davis. Dejo, entonces, el análisis del juego que derivó en la victoria de Argentina a los tenistas, a los que juegan, a los que ven y comentan siempre o simplemente les gusta este deporte.

Lo que decidí escribir acá es otra cosa, algo que tiene que ver con el tenis pero para lo que no se necesita ser un entendido. Algo que tiene que ver con el deporte y, para mí, con algo aún más importante que el tenis y el deporte: con pequeños gestos de inmensa humanidad. Me refiero a los segundos que Juan Martín Del Potro le dedicó a la nena alcanzapelotas que recibió un durísimo pelotazo tras un servicio del tenista croata Marin Cilic.

Todo ocurrió en medio del cuarto punto del primer set de la final de la copa y con la preocupación por dar vuelta un resultado adverso. Pero al tandilense pareció conmoverlo más el dolor de la nena que la presión competitiva y paró el partido.

Tras el impacto, la nena se agarró el lado derecho de la panza pero permaneció inmóvil en el rincón asignado como cumpliendo con su deber. Por la tele se ve que Del Potro le preguntó algo y ella contestó con la cabeza, como que estaba bien. Entonces, posiblemente no convencido de la respuesta y con genuina inquietud, el tandilense se acercó a la pequeña. Lentamente, inmenso, contenedor, Del Potro le puso la mano izquierda en la espalda y ella lo miró con ojos celestísimos inundados y contenidos. El, con la raqueta en la mano derecha, hizo señas al banco y pidió que asistan a la nena, quien salió de inmediato de la cancha. Del Potro recibió la ovación de todos, el juez decidió repetir el saque, pero Cilic cedió el primer servicio y también se ganó los aplausos del Arena Zagreb.

Veinticinco segundos, los conté: no mucho más duró la escena en medio de 5 horas de partido. Para mí ese gesto de Delpo, a ese nivel profesional y en ese momento, fue más inmenso que su incontenible derecha, que el empecinamiento con el que dio vuelta la desventaja de dos sets, que sus aces o esa Gran Willy. Algunos podrán decir que eso lo digo porque no sé nada de tenis, o de puro romántica. Me río. A mí esas cosas aún me emocionan y enternecen, en el deporte y en la vida.

El mes pasado me detuve en una nota que no tenía que ver con un argentino ni tampoco con el tenis. Sino con un partido por las eliminatorias africanas entre Costa de Marfil y Mali. Tras un choque en el área, el jugador Moussa Doumbia cayó muy mal y quedó completamente noqueado en pleno césped. Compañeros y rivales de ambas selecciones, enfrentados por varias cuentas pendientes del pasado, no se dieron cuenta y siguieron protestándole al árbitro. Fue un rival el que se dio cuenta: el marfileño Serge Aurier y defensor del París Saint Germain (criticado por polémicos gestos en un gol y con una condena por agredir a un policía). Aurier no dudó en socorrer a Doumbia y sujetarle la lengua además de exigir desesperadamente la presencia de un médico para que lo asista. Doumbia finalmente pudo recuperarse y el técnico de Mali reconoció que Aurier le salvó la vida.

Ni tenis ni fútbol ni deporte. Todo eso junto. Gestos de humanidad, más geniales que cualquier Gran Willy.

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