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Domingo 12 de Octubre de 2014

Mar de insultos

Un diputado que califica de bobo y loco a un jefe de Gabinete. Un altísimo funcionario que desprecia a sus oponentes como “enfermos irrecuperables” o el análisis periodístico de la política que parece pendular entre el “mar de bosta” y “bipolar incurable”

El nivel de violencia verbal al que se ha escalado por estos días es preocupante. Un diputado que califica de bobo y loco a un jefe de Gabinete. Un altísimo funcionario que desprecia a sus oponentes como “enfermos irrecuperables” o el análisis periodístico de la política que parece pendular entre el “mar de bosta” y “bipolar incurable”. Esta es apenas una muestra de lo que se dice en escenarios públicos y semipúblicos. Sería bueno recordar que la agresión física habita a escasos pasos de la violencia verbal. Cuando se extingue el catálogo de insultos, lo próximo es el golpe, el ataque corporal. No hace falta ser experto en historia argentina para saber de las experiencias recientes.

Si los años noventa fueron la exaltación de la frivolidad expresada en el magistral “pizza con champagne” de Silvina Walger, esta última década se podría expresar en la apología de la intolerancia, formulada en el desprecio al otro que apenas piensa distinto.

La intolerancia no es algo de lo que uno pueda vanagloriarse. Es un desvalor. Es un defecto peligroso. Uno puede ser intransigente en su modo de pensar respecto de tres o cuatro principios esenciales y fundantes: el derecho a la vida, la igualdad de todos los seres humanos, el respeto a la democracia, la legalidad y el derecho de las minorías. Sobre eso, claro que no hay negociación. Pero sobre la gran mayoría de las cosas, hay casi la obligación de sentarse a escuchar al que piensa distinto. Lo otro, es la intolerancia siempre hermana de los autoritarismos.

El kirchnerismo más dogmático reclama la paternidad de haber traído otra vez a los jóvenes a la política luego del “que se vayan todos” de los 2000. Es cierto. Debería poder también ver que esa militancia se construyó con una enorme dosis de intolerancia en sus discursos y en sus hechos. Miles de veinteañeros sumados al quehacer público creen que impedir que se escuchen voces que dicen distinto a ellos es un modo de ser “fieles” a su proyecto. Parecen más fundamentalistas religiosos de la secta decapitadora Isis que renovadores de la política nacional. Hoy, gracias a esa postura azuzada desde la conducción, el nivel de violencia verbal en los debates (que casi no existen), en los medios (divididos por una estúpida grieta de pro y contra) y hasta en la misma sociedad y familias del día a día se ha multiplicado a grados preocupantes. Claro que hay fenómenos (restringidos, es cierto) como las redes sociales que aumentan esta pelea. El anonimato cobarde que allí se ampara permite cualquier denuesto al que opina distinto sin ningún límite. Basten como ejemplo algunos de los comentarios a las columnas de este diario.

Enfrente a esa concepción aparecen alarmantes ejemplos de deseos por comerse a los caníbales. La intolerancia no resulta patrimonio de quien detenta hoy el poder. No cabe la menor duda de que con estos gestos se podría presumir que si los que hoy reclaman por este desvalor oficial tuviesen el poder, el escenario de desprecio por la opinión ajena seguiría vigente. Si no, no se entienden candidatos a presidente que huyen de las sesiones legislativas en donde deberían honrar con su presencia los votos obtenidos o referentes de la oposición que se niegan a ser entrevistados sino por periodistas o canales que eligen con arbitrario dedo. Eso también genera violencia como el ponderar como modo de cambio institucional el caos a cualquier costo o el comentario comparando un modo verdaderamente atentatorio de las instituciones con el nazismo o el fascismo. Las cosas como son: el kirchnerismo desprecia los controles republicanos. El nivel de corrupción que desciende desde un vicepresidente procesado es inadmisible. Pero una dictadura es otra cosa.

Es verdad que los ejemplos cunden de abajo hacia arriba. Si con el atropello de la cadena nacional se reparten admoniciones sin posibilidad de defensa, si se auto percibe más democrático un conjunto de normas aprobadas a los sopapos y sin consenso que el Código Civil de la organización nacional o se postula un acuerdo con la TV rusa para evitar intermediarios entre la noticia y el receptor (un ridículo postulado que es oxímoron o deseo de acallar voces críticas) en una nación que cuenta con casi 30 periodistas muertos en el ejercicio de su función y emite un programa que juega a castigar físicamente a los que tienen otra orientación sexual, resulta inevitable que el nivel de violencia verbal escale. Al menos entre los que no tienen la chance de debatir esta temática mientras sobreviven a cuestiones sin abordaje como la inseguridad y la inflación.

Pero a la clase dirigente con capacidad de una mirada más detenida se le exige otra cosa. Fuera de los adjetivos calificativos transitados hasta el hartazgo, ¿ofrecen algo que los haga lucir como alternativa seria? ¿No sienten que así le hacen el juego perverso de las posiciones maniqueas como patria o buitre, modelo o corpo?

Por fin, habría que sentarnos a revisar el nivel de análisis de los que transitamos en el periodismo y preguntarnos si vamos a insistir con el uso de las adjetivaciones tan cercanas al ego de la notoriedad o volveremos a la sustantivaciones de desnudar los relatos ficticios con el humilde fin de hacer público lo que se quiere ocultar y, quizá, contribuir mínimamente a cambiar lo que está mal.

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