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Domingo 28 de Noviembre de 2010

Manteca y azúcar

La rodaja de pan tiene la piel dorada y crocante y el corazón blanco y esponjoso. El cuchillo de untar se dirige hacia su superficie con resolución luminosa. La mano que lo guía sabe bien lo que va a hacer. Y lo hace.

La rodaja de pan tiene la piel dorada y crocante y el corazón blanco y esponjoso. El cuchillo de untar se dirige hacia su superficie con resolución luminosa. La mano que lo guía sabe bien lo que va a hacer.
Y lo hace. La manteca, que no está fría sino a temperatura ambiente, es distribuida a lo largo y a lo ancho de la miga con destreza. Nada de grumos ni colinas: una lámina pareja, tersa y oleosa, levemente aromática, incita al mordisco inmediato.
Atentos al imperativo llamado del deseo, pulgar e índice forman una ce. Medio perímetro de la rodaja queda entonces atrapado por la mano derecha y pronto llega a la altura de la boca, que se abre impaciente.
En un segundo, queda sólo la mitad. Y luego nada.

La infancia fue así.
Cuando noches pasadas interrumpí la lectura de una novela policial para comer pan con manteca pensé en los desayunos del ayer, bajo la parra de uva chinche del patio de barrio, sobre la mesa de madera pintada de verde, en las mañanas frescas de primavera. Y me acordé de las miguitas que venían a buscar las tacuaritas o los gorriones.
La infancia fue así. Después quedaba el tiempo entero para jugar a la pelota o abrir la caja misteriosa del Rasti.

No quiero ser nostálgico: el futuro está lleno de luces. No quiero pecar de melancólico, sino afirmar la belleza valiente de los gestos vinculados a la vida. Untar manteca sobre la tajada de pan y después (si se es goloso) espolvorearla con azúcar es un gesto inmemorial y dulce, colmado de sentido.
El mundo, afuera, destruye sin cesar gestos y ritos, lugares y miradas, espacios y recuerdos. Hay una profunda rebeldía en seguir siendo. En quedarse parado sobre la baldosa de la autenticidad. No me moverán de aquí. Aquí me quedo, con mi rodaja de pan con manteca en la mano y los ojos fijos en el pasado para darle razones al porvenir. No habrá futuro si no guardamos los libros, si no volvemos a escuchar los viejos discos, si no seguimos caminando por las calles de la ciudad y hacemos panqueques un atardecer de domingo para rellenarlos con dulce de leche. El amor no es una palabra sino un acto. No es viajar, sino estar.

Puedo verla, no es difícil. Basta mirar hacia adelante y creer en lo verdadero. Puedo verla, no miento. Es la sonrisa de un chico que tiene en la mano una rodaja de pan con manteca. Con los dedos pegajosos, acaba de cubrirla de azúcar.

 

 

 

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