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Sábado 21 de Noviembre de 2009

Manos

A veces me quedo mirándolas y pienso: cuánto hace que están conmigo. Y pienso en lo que han hecho a mi lado. En lo que han hecho por mí. Picar cebollas desde siempre, por ejemplo. Empuñar la cuchara de madera. Llenar la copa de vino

A veces me quedo mirándolas y pienso: cuánto hace que están conmigo.
Y pienso en lo que han hecho a mi lado. En lo que han hecho por mí.
Picar cebollas desde siempre, por ejemplo. Empuñar la cuchara de madera. Llenar la copa de vino. Y partir el pan crujiente y tibio que sale del horno.
Pienso en los libros que han abierto. Señales de Mar, de Saint John Perse, por ejemplo (que ya no está más en mi biblioteca, perdido en quién sabe qué catástrofe). O las Obras Completas de Oscar Wilde publicadas por Aguilar (tapas de cuero, papel biblia, eran de mi madre): con cuánta concentración las leí en noches de la infancia, enamorado de El Gigante Egoísta o aquel poema a la hermana muerta, Requiescat (“pisa ligeramente, ella está cerca –bajo la nieve; –habla suavemente, ella puede oír crecer las margaritas”). O los Poemas del País de Nunca Jamás, del chileno Jorge Teillier, hallado con alegría infinita en una ciudad que he olvidado.
O pienso en la arena que han tocado: la áspera y fría de La Pedrera, en Rocha; la impalpable de las infinitas playas necochenses, refugio de la niñez; la de Bahía, corazón generoso del Brasil; la del sur argentino, mundo sin piedad ni límites.
O tus manos, amor mío, una noche de verano inolvidable, cuando me miraste a los ojos por última vez y me besaste para abrirme el alma.
O las piezas de ajedrez, que vuelan súbitamente como el alfil y practican enigmáticas geometrías, como el caballo. (Los humildes peones una noche calurosa de Resistencia, Chaco, en 1977, cuando tenía sólo catorce años y enfrentaba al voluminoso campeón local, que me miraba sin poder creerlo).
O el volante de un Ami 8, el manubrio de una Graciela, las estampillas de colores, las revistas de historietas, las tapas amarillas de la colección Robin Hood.
O las tapitas de las Merengadas, que separaba con meticulosidad del relleno rosado y esponjoso.
O el Álbum Blanco y El Lado Oscuro de la Luna, Traetormentas y Bookends, Vendiendo Inglaterra por una Libra y Días y Flores. O Mediterráneo, Bicicleta, Kamikaze. Alma de Diamante. Rubber Soul.
O tu lacia y maravillosa cabellera leonada, junto al río oscuro y bajo la luna.
O mi propia cabeza, cuando lloré la muerte de un amigo.
O el mate que me acompaña al comenzar cada día, el paquete de Marlboro cuando fumaba, el envoltorio de aluminio de los bloquecitos Suchard que le regalaba a un amor adolescente. O el boleto del 54, cuando subía al colectivo con frío una madrugada de junio para ir a la Vigil.
Miro mis manos y pienso: han sido fieles conmigo. Me han acompañado y me han definido. Lo que yo he sido es lo que ellas fueron. Cuando ellas fracasaron, yo también fracasé.
Ahora están escribiendo por mí estas palabras: las mismas con que intento llegar a tu corazón.

Manos mías, no fracasen.

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