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Domingo 25 de Mayo de 2014

Mano del papado, penal de los periodistas

Una, que el gobierno nacional podría tomar cuenta que gana más si es mesurado y abandona el conflicto permanente. Otra, que el periodismo exige cuanto antes un debate sincero, abierto y, aquí sí, de buena leche, sobre nuestro oficio.

El episodio de la “carta” del Papa reveló un par de cosas interesantes para la discusión política argentina. Una, que el gobierno nacional podría tomar cuenta que gana más si es mesurado y abandona el conflicto permanente. Otra, que el periodismo exige cuanto antes un debate sincero, abierto y, aquí sí, de buena leche, sobre nuestro oficio.

Los secretarios Oscar Parrilli y Guillermo Olivieri actuaron de manera correcta y plausible cuando se desmintió desde Roma que Francisco hubiese saludado a la presidenta de la Nación. Informaron, ofrecieron las pruebas de sus convicciones y evitaron el reto destemplado desde el atril del poder. Esa actitud obligó a que en pocas horas la cancillería vaticana corrigiese su error (o desnudara su interna, ya lo diremos) y la tensión quedase fuera de las fronteras argentinas.

Según este cronista pudo saber de una fuente inobjetable de la nunciatura apostólica con sede en Buenos Aires, el hecho ocurrió de esta forma. Casi como un trámite formal, la secretaría de estado vaticana envía a todos los gobiernos un saludo protocolar con motivo de las fiestas patrias. “Se hace siempre y con todos”, resumió gráficamente quien brindó la información a cambio de una estricta reserva.

La carta. En virtud de la cantidad de países con vínculos católicos, este tipo de saludos se cursan día por medio, cuanto menos. Es impensable, y la deducción es propia, que cada vez que sucede se lo consulte al Santo Padre. Sucede también que cuando se trata del país de origen del Pontífice puede haber algún aditamento especial para sumar calidez y cercanía con el gobierno de turno.

La secretaría cursó el telegrama. Claro que nunca estuvo firmado con la mano de Francisco y entonces se transcribió en hoja membretada de la nunciatura porteña. Se llevó por el correo personal habitual. Hasta ahí, fue una cosa casi burocrática. Pero dos mil años de la diplomacia más fina del planeta no contaban con la llegada del poco apego por las formas de los argentinos. Un secretario de buena voluntad, oficial de protocolo del Papa, argentino también, fue consultado por un medio sobre el tema, él lo conversó también informalmente con Su Santidad (este ceremoniero visita diariamente en sus aposentos a Francisco) y, aquí la hipótesis más fuerte, el monarca de Roma debe haber dicho: “Yo no le escribí una carta a Cristina”.

El ceremoniero no es otro que monseñor Guillermo Karcher, quien atropellando todas las barreras de cuidados burocráticos existentes, confesó al aire que no había nota, que era feo “meterse con el Papa” (sic) y que el tema era de “mala leche” (recontra sic).

“Nunca nadie en la historia de nuestra diplomacia osó usar semejante lenguaje”, confesó la fuente vaticana consultada en la Capital.

La torpeza tuvo esta vez rostro de apresuramiento y, cómo no, de encandilamiento de alguno por los focos de la televisión y los micrófonos de la radio. El gobierno nacional no sucumbió a su tan acendrado afecto por el reto a los medios que reprodujeron la palabra de una fuente inobjetable (léase cualquier manual de periodismo sobre la validez de una publicación así) y prefirió que el tiempo decantara la verdad. Ganó mucho. Pero mucho.

Hasta allí, el episodio. Algunos aducen pura informalidad de un obispo. Otros, y no se puede desde esta simple crónica hacer otra cosa que repetirlo a modo de rumor, creen que es una de las tantas zancadillas que se le están poniendo a un modo de ejercer el papado por parte de la rancia curia romana que resiste las formas y modos de Francisco. Pero ése es otro tema.

El periodismo. Semejante sucesión de desmentidas y ratificaciones puede confundir a cualquiera. Sin embargo, una cosa es hacer una crónica de la saga de errores y otra recurrir a forzar una información con la única base de la opinión prejuiciosa. No se sabe de dónde sale que el telegrama vaticano era un signo de reclamo a la presidente Kirchner por el clima de violencia que vive el país. La nota en cuestión tiene 11 escuetas (y aburridas) líneas con formalidad aséptica y de ocasión. ¿Cómo hacemos muchos de nosotros para extraer de ahí que el Papa casi retó a Cristina? Es casi lo mismo que creer que el reciente documento de los obispos sobre la violencia pertenece al frente de opositores al kirchnerismo como bramó el gobierno. O no lo leyeron o tienen serios problemas de comprensión de texto. Aquí igual.
Luego, frente a la desmentida, los mismos que opinamos sobre el “indeleble” sentido político de la nota, viramos a descartarlo y a transformarnos en expertos de falsedades vaticanas discurriendo en sellos de agua, estampas de firmas papales e inclinaciones de las caligrafías.

Por fin, la prensa militante del modelo recurrió a cuanto editado o análisis insidioso para descalificar al periodista crítico sin contar que hasta la propia agencia oficial Télam fue víctima del relato de afirmaciones y desmentidas a repetición.

Nótese que se usa la primera persona del plural para incluirnos en este hacer y decir de estos días. No porque necesariamente este cronista se sienta partícipe de alguno de estos hechos sino porque es imprescindible que los periodistas asumamos todos juntos el deber de qué clase de reglas vamos a respetar en el ejercicio de la profesión. Si la que campea en la política en donde cualquier medio, posición, cambio y nueva posición vale para juntar votos en la próxima elección, o la de sostener los principios de la rigurosidad para informar y la libertad y frontalidad para decir luego, de manera separada, que se opina ateniéndonos a las consecuencias del disenso.

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