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Domingo 22 de Mayo de 2016

Mamá de noche

A la madre, a veces, Martín le dice "mamá Matilde", y la abuela Elsa se enoja porque dice para qué, si él no tiene ni una mamá Julia ni una mamá Clara ni ninguna otra mamá que no sea Matilde.

A la madre, a veces, Martín le dice "mamá Matilde", y la abuela Elsa se enoja porque dice para qué, si él no tiene ni una mamá Julia ni una mamá Clara ni ninguna otra mamá que no sea Matilde. ¿Nunca escuchaste, vos, que madre hay una sola?, le dice siempre. Martín no le contesta pero le parece que eso es una mentira de ella, porque es como si su mamá fuera unas veces una y otras veces otra distinta. Como cuando a la mañana, antes de irse, le dice que cuando vuelva van a tomar un helado y después, a la noche, le dice que cómo se le ocurre con lo tarde que es. O cuando le lee los cuentos de miedo y después dice qué cuentos, de dónde sacás esas cosas, mirá si te voy a leer cuentos de miedo a tu edad. Pero no es que un día sea mamá Matilde y después mamá Julieta, que es la madre de Lucía y no se parece ni un poquito a la de él, sino porque hay días en que viene del trabajo de una forma y días en que viene de otra que no tiene nada que ver. Hasta la abuela, que insiste con eso de que madre hay una sola, hay días que parece darse cuenta. Martín le pregunta si pueden ver una película o pedir helado cuando llegue la madre y ella dice no sé, no sé, vamos a ver cómo viene tu madre hoy.

Así dice: cómo viene tu madre hoy.

Matilde, en cambio, ni siquiera sospecha que a veces no se parece a ella y dice que solamente está cansada. Siempre está cansada: a la mañana atiende el negocio de una amiga pero como con eso no le alcanza para nada, también limpia oficinas a la tarde. Dice que porque es la más nueva le dan para limpiar las oficinas que cierran tarde, entonces se le hace de noche y tiene que dejar a Martín en casa de su madre hasta que ella lo pasa a buscar y se vuelven en colectivo. Algunos días se queda dormida en el asiento, entonces Martín mira las calles vacías y se imagina que está viajando solo, como si fuera grande. Pero a los dos les gustaría no tener que viajar nunca en colectivo a esa hora. A ella, para poder descansar mejor. A él, para que su madre no volviera tan tarde y pudieran comer juntos, mirar una película en la tele los dos o jugar a las cartas como los domingos de lluvia, en lugar de que lo mande a la cama enseguida y le lea esos cuentos que lo asustan tanto que después no puede dormir.

Al principio le gustaba que le leyera. Le gustaba que apagara la luz grande de la pieza y dejara solamente la del velador, y verla ahí sentada, al lado de la cama, y que su voz lo envolviera hasta que se quedaba dormido. Le gustaba la forma en que leía porque lo hacía con toda la cara y jugando con la voz: abría grandes los ojos cuando leía una parte que era de sorpresa, ponía voz gruesa cuando hablaba el lobo feroz, estiraba las palabras si estaba soplando el viento, las disparaba apurada cuando alguien corría, las suspendía cuando estaban por abrir una puerta.

Pero no le gusta cuando en lugar de abrir el cajón de la mesita de luz mete la mano debajo de la cama y saca el cuaderno negro, y empieza a leerle esos cuentos de miedo que no lo dejan dormir. La voz de Matilde, entonces, se vuelve oscura, y la luz del velador la dota de un brillo irreal. Los lee despacio, en susurros, y todos los ruidos de la casa y de la calle parecen ahogarse en esa voz. Martín a veces se esconde debajo de la frazada pero ahí todo se pone oscuro y es peor porque le parece ver cosas como las que le cuenta su madre y siente como si algo estuviera a punto de pasar. No sabe qué. Y eso le parece lo peor: tener tanto miedo sin saber a qué. Entonces hace fuerza y cierra los ojos. Hace tanta fuerza que su miedo duele. Pero resiste. Resiste y deja los ojos cerrados para que Matilde piense que ya se durmió, y recién entonces deje el cuaderno y se vaya a acostar.

Ciertas noches, después de eso, puede ir a su habitación y decirle que tiene pesadillas. Entonces Matilde le hace un lugar. Pero también hay otros días que no: lo manda de regreso a su cama porque quiere dormir, necesita descansar por favor, mamá está muy cansada hoy.

Y sin embargo después se aparece junto a él, el camisón blanco flotando a centímetros del piso, los ojos abiertos como monedas. Se lleva un dedo a los labios para indicarle que no tiene que hablar, saca el cuaderno otra vez y empieza a leer, y leer y leer, aunque él cierre los ojos y se haga el dormido pensando que ojalá la abuela Elsa tuviera razón.

Javier núñez

EScritor

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