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Jueves 03 de Septiembre de 2015

Mamá

Su madre le cuenta que les ponía nombres a los sapos y comadrejas, que los animalitos silvestres eran los únicos juguetes de la infancia.

El otro día le tocó llevarla de viaje a Santa Fe. Era lejos, y era de noche, invierno, pero era ella. Aunque sea por un velorio, le encanta hacer de chofer de su madre. Aprovecha el camino y le pide historias. Van y vienen por la ruta aquellos tíos locos que robaban lechuga o contrabandeaban caramelos de leche al Paraguay en la década infame. El tío Florindo, fabricante de golosinas en Sá Pereira, que cortejaba a la tía María en avioneta, y un día, de tantos esguinces con el biplaza, se quedó sin gasolina y aterrizó en el campo de trigo del suegro. O el tío Albino, que una noche dijo “hasta mañana” y nunca más se supo. O el tío Guido, que fue medio cura y loco del todo, con certificado. Y el tío Gino, que dejó de dormir cuando los rugbiers uruguayos cayeron en los Andes. O Lissá, que guardaba la yegua en el dormitorio para que el alazán del cura no se la preñara, y todo porque él era ateo, no puritano. Y aquel que fue conserje de un casino de Las Vegas y se quitó la vida, y el que se fue con el circo, y siempre aparecen los guitarristas de Gardel por San Genaro.
Cualquier viaje con ella es su busca del tiempo perdido. Los siete tomos. Sabe que no es lo mismo. No se compara con la reminiscencia de Proust, ni cómo enfrentar Tablada con Guermantes, aunque él tiene el mismo nombre de pila que el escritor francés, pero sólo eso. Y se narra, claro, no conoce a nadie que pueda evitarlo, por más técnicas objetivas, reticencia, Sarlo, tercera persona o disfraz de superyó que intente. Quizá si hubiera nacido en París o su abuelo, peón rural, no hubiera muerto de tétanos a los 40 años, dejando nueve hijos de pantalón corto. Y quizá si Roberto Arlt hubiera inventado la media irrompible, finalmente Borges hubiera podido usar el can-can, bailar en el Moulin Rouge” ganar el premio Nobel de la paz literaria. Pero no sirve hablar con el diario del lunes.
Cuando él escucha a su madre, sabe que no había margen para otra cosa. Ella todavía usaba chiripás cuando el sustantivo papá ya no tenía destinatario. El abuelo era mediero. Los echaron de la tierra como en la peli El árbol de los zuecos, por eso debe de gustarle tanto a su hermano, que le puso Olmo a su sobrino. Peones rurales en la década infame. Los más hermosos perdedores de la pampa. Muertos de hambre en campos hartos de trigo. Tuvieron que hacerle un doble fondo al sulky para esconder las gallinas robadas a los vecinos. Con una mano saludaban a los ranchos, con la otra doblaban el pescuezo a las aves y al día siguiente, las vendían muertas y peladas a los mismos dueños (el señor feudal), que iban a abastecerse al mercadito de la plaza.
Después que pasaron el peaje de Barrancas, su madre le cuenta que les ponía nombres a los sapos y comadrejas, que los animalitos silvestres eran los únicos juguetes de la infancia. Entonces él, a menudo, se arranca (adrede) un botón del saco sólo para que ella se ocupe y le siga contando. A ella le gusta creer que la vida del hijo todavía depende de sus brazos, de su aliento, de sus manos. Y además, cuando la madre cose, canta, su tango favorito, de Discépolo: “Nunca quieras mal, total, la vida qué importa, si es tan finita y tan corta, que al fin, el piolín, se corta. Bueno, y nada más, que siendo bueno, no hay odio, injusticia, ni veneno, que haga mal. Y si el amor te hace caso, no le niegues tu pedazo de candor, que es lindo creerle al amor…”. Una letra que resume todas las cosas que ella le enseñó.
Entonces a él le gusta pedirle otro café, mientras ella le cose ese botón y se queja, claro, de estos sastres modernos que hacen mal las bocamangas, los ruedos, y qué decir de esos miserables hilvanes con hilo de baba. Entonces él aprovecha y vuelve a pedirle historias. Ella hace una lista de los novios de la tía Ana, o de las orquestas típicas que conoció con su papá en los cincuenta, en Radio El Mundo o Belgrano. Son Las mil y una noches de la familia. Casi siempre noches, por eso él eligió la escritura. En esta foto, dice ella, habíamos salido huyendo a Córdoba; cincuenta años atrás, en Rosario, se había declarado una epidemia de poliomielitis, y mucha gente escapaba a las sierras. Nosotros fuimos a Capilla del Monte, en aquel Morris negro, primer auto de tu padre, dice. En los caminos de montaña, cuando la loma era empinada, el auto no subía, por el peso. No le daba el motor. Había que bajarse, vaciarlo, y así, con sólo el conductor, subía. El contingente, los siete, subíamos a pie, y entonces sí, en la cumbre, nos apeábamos al coche y tomábamos viento en popa la bajada. Éramos siete, con el tío Tito, la tía Nelly, el primo Gabi, vos y tu hermano Oscar, que ya despuntaba como uno de los heterónimos de Pessoa. Ese verano de la foto —dice ella— tuviste tu primer falso crup y un desmayo súbito a causa de unos parásitos. Hiciste un montón de paseos en burro a expensas de tu hermano mayor y tu padrino casi se ahoga en Salsipuedes cruzando un arroyo con vos al hombro. El primo Gabi era un bebé rubio para la publicidad de casa Gesell y puso un pie sobre un hormiguero de las coloradas; la tía Nelly tropezó en la vereda y le rompió una clavícula al primo. Tu padre, del susto, por la emergencia, se pasó de largo y terminamos al pie del Uritorco. Las comidas las hacíamos en el comedor de la Colonia del Correo, y tu hermano Oscar, como le negamos un permiso, se dio por escondido toda una tarde y hubo que pedirle disculpas para que bajase del árbol.
Pero entonces, justo ahí, hay algo de lo que él se acuerda solo, sin que ella lo diga. Porque ella no va a decirlo, por pudor. Lo más curioso que él recuerda, es que iban por esa calle única y central que tienen los pueblos serranos, y todo el mundo la miraba a ella. Más bien la contemplaban, a ella, a su madre, como si fuera una estrella de cine. ¡Qué tarde uno se da cuenta de los ángeles que lo rodean! Ahora ya no es así, piensa, pero cuando ellos eran chicos, le parecía normal el paraíso. Sin ir más lejos, un empleado raso del correo veraneaba todos los años en un hotel con su familia. ¡Caramba, sí que era bonita!, piensa ahora viendo la foto. Con razón su padre hacía cualquier cosa por llevarle el mundo a su regazo. Y nada, ni siquiera la muerte, ahora, ha disminuido el hechizo de la madre, su belleza de esfinge, inmarcesible en la foto, en la ruta, en el poema. Él la sigue viendo a sus siete años, mientras hace su tarea en el cuaderno de tapas de hule, junto a la máquina Singer, destellar bajo su lámpara de enhebrar las agujas, como una emperatriz, como una diosa nacarada, su Cleopatra de Guermantes en el corazón de Villa Manuelita.

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