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Domingo 17 de Mayo de 2015

Malevos que ya no son

Cuando paso por la puerta de lo que alguna vez fue el Olimpia siento que una mano me aprieta la garganta.

Cuando paso por la puerta de lo que alguna vez fue el Olimpia siento que una mano me aprieta la garganta. Trato de evitarlo pero a veces camino distraída por Santa Fe y doblo por Maipú sin darme cuenta, y me sorprenden dos pizarrones verdes colgados en la puerta que dicen: “Café La Virginia x 200, a 14,90”. Pero una mañana tuve algo de coraje y entré. Cualquiera que me conozca un poco seguro habría pensado que estaba por comprar un puñado de pasas de uva cubiertas con chocolate, porque donde funcionó Los 20 billares (o el Olimpia) hoy abre sus puertas cruel e irreverente la sucursal de una bombonería.
Esa mañana, después de muchos años, fue la primera vez que caminé el mismo suelo por el que anduviste y mientras lo hacía, repetía en silencio eso que escribí en el invierno del 89: “Si pudiera besar tus pies/o al menos el hueco que dejan tus pasos”.Qué ironía, hace más de veinte años, cuando te veía pasar, se me venían a la mente los versos de Alejandra (Pizarnik): “Es tan lejos pedir/ tan cerca saber que no hay”. En cambio, esa mañana en la bombonería supe que mis viejos poemas fueron premonitorios porque caminé sobre tus mismos pasos, entre las góndolas que no hacían más que ocupar el espacio de las mesas en las que vos jugabas, y en las que yo te veía jugar, de lejos, desde la vereda de enfrente como quien no quiere levantar el avispero. Porque ese no era un lugar para mujeres, no señor, de ninguna manera: la entrada nos estaba prohibida.
Y me acordé del humo del cigarrillo formando en la penumbra nubes blancas debajo de las lámparas. Porque las únicas luces que se encendían eran las de las mesas y cuando las partidas de casín no se abrían las luces tampoco se prendían y el lugar parecía todavía más lúgubre y sombrío. Aunque vos lo iluminabas, tenías un aura especial, siempre la tuviste. Fueron cerrando los billares y quedaron unos pocos. En el de San Martín y Montevideo todavía se juntan algunos de los muchachos. Pilo, el Muñeco y Castillo se fueron. A Beroiz lo mandaron a matar por una interna, como en los 60. Al Polaco lo balearon en la puerta de su casa y aunque no estuviste para verlo, murió como un guapo. También se fue el Flaco Rafael. Me acuerdo que un verano antes de que vos te fueras trajo a Orlando Paiva a bailar al club de mi barrio. Era una noche de calor, la cancha de básquet, ya convertida en pista de baile, se llenó de parejas cuando sonó Mala junta y entonces fue que te busqué, pensando que podías estar entre la gente. Pero volví a casa, una vez más, sin poder encontrarte.
Al invierno siguiente lo crucé al Flaco una tarde en el bar del Centre Catalá. Loco por el tango como era sacó su computadora portátil y me hizo escuchar una versión de Marión, sólo instrumental e interpretada por una orquesta francesa (que por supuesto no me acuerdo cuál era).Yo supe esa mañana, antes de entrar en la bombonería, que los recuerdos se aparecerían sin preguntar y fue entonces que con desfachatez las estanterías, llenas de dulces baratos y otras cosas, me obligaron a resucitar toda clase de fantasmas: los muchachos, las noches de casín, tus pasos, Alejandra, mis viejos versos y Marión sonando en la computadora del Flaco.
Caminé hacia la puerta, los bocinazos de los colectivos y algún que otro grito de un taxista retrasado al que el semáforo en rojo de Santa Fe lo dejó a medio camino me avisaban que afuera estaba la realidad y, adentro, quedaba el pasado. Antes de salir sacudí los pies sobre una alfombra que nunca existió. Respiré hondo, juré no volver a entrar nunca más y me fui por Maipú cantando bajito la vieja letra de Luis Rubinstein: “Quiero que sepas, corazón, que jamás te olvidé”.

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