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Domingo 21 de Junio de 2015

Malditos prejuicios

Tan peligrosos como difíciles de evitar, se interponen entre los hombres y el verdadero conocimiento. Por culpa de ellos, buena parte de la humanidad pasa gran parte de su vida sin entender la mayoría de las cosas.

Como tal el prejuicio es una consecuencia de la acción y el efecto de prejuzgar, es decir lo que se conoce como una opinión previa desfavorable con respecto a algo que se conoce mal.
El problema es que este efecto es al mismo tiempo causa de opiniones negativas con relación a cosas o seres que o bien no se conocen o, lo que es peor, se conocen mal. Esta es la esencia del prejuicio, lo que equivale a decir que es también la esencia de lo humano en uno de sus rasgos característicos, una especie prejuiciosa, intelectualmente haragana en muchas ocasiones, impregnada de esos pensamientos ya pensados, enlatados y congelados  de los que se valen y se nutren los humanos en la mayor de sus creencias: creer que verdaderamente pensamos.
El filósofo francés René Descartes lanzó en el siglo XVII su sentencia más famosa: “Pienso, luego existo”. Cogito ergo sum es la locución latina como generalmente se la cita traducida como “pienso, por lo tanto existo”. Con todo, la famosa frase no escapa a la inexorable polisemia de las palabras con su danza de sentidos e interpretaciones y su exigencia de incesantes aclaraciones. Todo sin olvidar nunca la máxima popular que nos previene con aquello de que “no aclares que oscurece” en tanto si el pensamiento funda la existencia dicho pensamiento no escapa a las múltiples determinaciones a lo que lo somete la sociedad.
En la notable viñeta de “El Roto” (Andrés Rábago) del diario El País del 21 de marzo de este año, aparece una figura humana con la cabeza rebanada a cielo abierto en la que se observan dos tijeras de cirugía tratando de extraer una piedra alojada en el centro mismo del cerebro. La leyenda de la viñeta sentencia: “Es más fácil expulsar una piedra del riñón que un prejuicio del cerebro”.
La materia gris es la materia más prestigiosa capaz de competir y ganarle la partida al mismísimo oro, despertando tanta admiración como temor, sobre todo a que algo se desacomode en esas alturas tan fundamentales. En este sentido ver cómo están a punto de sacar una piedra en medio de la cabeza no deja de ser impresionante, aun a sabiendas de que se trata de una metáfora, es decir, el prejuicio como la piedra con la que tropieza el humano día y noche.
Curiosamente el prejuicio anida en la propia viñeta cómica porque en realidad una metáfora (respecto del prejuicio o lo que sea) no se aposenta en el cerebro sino en la psiquis, el domicilio habitual de todas las metáforas y demás figuras de la retórica. La materialidad de la psiquis es de una esencia distinta respecto de la materialidad del cerebro. Sin olvidar que sin la materia cerebral no habría psiquis, ni nada de todo lo que hacen del humano ese extraño ser mucho más social que biológico. Como se sabe dicha materialidad cerebral es la condición necesaria (con el hiperdesarrollo del sistema nervioso central) pero no suficiente para dar cuenta de ese complejo bicho que en su camino por el planeta deja tanto las mejores como las peores huellas. Es que la psiquis consiste, tanto como inconsiste, en una materialidad inasible, no escaneable, en la que no se puede meter mano como se hace en la tira cómica. Es precisamente la psiquis la que hace del humano un ser cargado de prejuicios con toda probabilidad en todo tiempo y lugar.
El caso es que el prejuicio es la enfermedad social por excelencia, quizás con carácter de pandemia por la enorme capacidad de extenderse en cada sociedad de acuerdo a cada respectivo imaginario donde se acuñan los prejuicios moldeando a las sociedades y éstas a cada individuo. El viejo aforismo cantando “los hombres hacen a la sociedad que hace a los hombres... que hacen a la sociedad... que hace a los hombres” mantiene su vigencia intacta mostrando la íntima articulación entre el hombre y la sociedad, como en el antiguo dilema popular preguntando quién fue primero, si el huevo o la gallina. Sin que se pueda decir quién fue primero ni que tenga demasiada prioridad ni sentido descubrir cómo fue el comienzo ni mucho menos si dicho supuesto comienzo pueda ser datable con precisión suiza.
Precisamente debajo de los Alpes europeos la llamada máquina de Dios se aproxima a la reproducción del puntapié inicial del cosmos, pero es más bien imposible saber cuál o quién fue el primer individuo, o la primera sociedad, o el primer prejuicio. Lo cierto es que buena parte de la humanidad, en sus extremos o en sus centros, pasa buena parte de su vida sin entender aproximadamente la mayoría de las cosas, cubriendo semejante agujero en el ser y en el conocer con el repertorio de prejuicios de cada cual con el que recorre la existencia pontificando, despotricando, mistificando, y demás patologías de la célebre razón humana, el instrumento más peligroso en las manos del hombre capaz de encontrar razones justificadoras a todo lo que hace. Seguramente el listado de los prejuicios es más bien interminable dependiendo —a la vez instituyendo— el imaginario de cada centro y cada rincón del planeta.
La inmensa mayoría son negativos: descalificando a los negros, a los judíos, a las mujeres, a los hombres, a los homosexuales, a los políticos, a los intelectuales, a los jóvenes, y demás generalizaciones cronificadas. Con todo hay un prejuicio de carácter positivo tan negativo como los prejuicios más extendidos: la certeza de que somos la especie racional aun a sabiendas de que en nombre de la razón y usando la razón se han hecho a lo largo de la historia los mayores desastres.
Seguramente no es posible un congreso mundial sobre los prejuicios, justamente muchos prejuicios lo impedirían, ni siquiera las revoluciones lograron liberar a la humanidad de los pensamientos prejuiciosos, esos juicios previos a toda experiencia individual habitualmente confundidos con la verdad. En definitiva se trata de una deuda de la humanidad consigo misma, una deuda crónica lastrando a las sociedades en tanto los prejuicios cierran las puertas que la reflexión abre.

Jorge Besso

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