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Lunes 14 de Enero de 2008

Malditas palabras

Las palabras tienen vida propia, sí señor. Uno cree que porque las piensa, pronuncia y escribe, o porque las corta, pega, envía y reenvía, las tiene en un puño. Qué error. Las palabras, malditas palabras, se nos aparecen y también desaparecen para quitarnos el sueño y hacernos sentir pequeños, estúpidos y mortales...

Las palabras tienen vida propia, sí señor. Uno cree que porque las piensa, pronuncia y escribe, o porque las corta, pega, envía y reenvía, las tiene en un puño. Qué error. Las palabras, malditas palabras, se nos aparecen y también desaparecen para quitarnos el sueño y hacernos sentir pequeños, estúpidos y mortales.
   Hace unos días entré en combate con una de ellas. Maldigo la hora en que tipeé los diez grafemas de la palabra "retacearlo" en la columna que escribí hace tres semanas para esta web. Bajo el título "¿Por qué sólo tres deseos?" me referí al fin de año y desafié a no pensar sólo en tres deseos, como siempre se hace, sino a pedir todos los que uno quisiera. Porque, concluí, si el deseo era lo que nos empujaba a vivir, no había que "retacearlo".
   Aseguro que tras escribir esa última palabra en el texto, mi vida transcurrió sin sobresaltos. Hasta que me llegó el mail de Idoia, mi amiga que vive en Vitoria (País Vasco). Ella, como siempre, me habló de sus cosas y me preguntó por las mías. Me comentó que había leído mi columna y había deseado todo lo posible y al final me clavó literalmente esta pregunta: "¿Qué es retacearlo, por cierto?".
   Para responderle con precisión a Idoia recurrí al diccionario de la Real Academia Española en Internet. Escribí "retacear" y... entré en pánico.
   La página me devolvía con perversidad este mensaje: "La palabra retacear no está registrada en el DPD (Diccionario Panhispánico de Dudas)". Me dije: "Bruta..., animal del bosque..., ¿por qué corno supusiste que esa palabra que siempre usás existe?".
   Me empeciné. Abandoné la 1ª edición de 2005 de ese diccionario que comenzaba a generarme una gastritis e insistí en su vigésima segunda edición. Encontré: "Retacear: Arg., Bol., Par., Perú y Ur. Escatimar lo que se da a alguien, material o moralmente".
   Respiré al pensar que alguien, al escribir eso, me había salvado del bochorno.
   Qué imbécil; la cosa no había quedado allí. La palabra "retacearlo" y todos sus familiares volvieron al ataque, se habían obsesionado conmigo. Se me aparecieron horas más tarde en un texto que encontré buscando otro.
   "Cuidado con los diccionarios" se llama la nota en cuestión y que escribió en 2002 el tucumano Tomás Eloy Martínez. Parecía que el autor de "Santa Evita", en complot con el vocablo, me perseguía. "Ciertas palabras –explica el escritor- avanzan dentro de un contexto, terminan en otro, y a veces no tienen destino en los diccionarios. Es lo que le sucede, por ejemplo, al verbo 'retacear', que se usa sólo en la Argentina e indica que alguien no está recibiendo lo que merece. Hacia comienzos de noviembre tuve una larga conversación sobre el tema con Víctor García de la Concha, presidente de la Real Academia, quien conoce de memoria todos los diccionarios castellanos, definiciones incluidas. Nunca había oído la palabra 'retacear', pero podía rastrear el término con sólo una llamada telefónica. A los cinco minutos ya lo había encontrado. Tenía doce entradas en los archivos de datos de la Real Academia, que están al alcance de cualquiera, y todas esas entradas correspondían a títulos de diarios argentinos. Tal vez aparezca en la edición unificada del nuevo diccionario de la lengua, que los académicos de España y la América Hispana planificaron este último noviembre, en San Juan de Puerto Rico".
   Sin dudar le mandé el texto a Idoia como respuesta a su pregunta. Y aquí estoy, paranoica, esperando que esa insufrible palabra o cualquier otra aparezcan como un conjuro para hacerme la vida imposible. No digan que no se los advertí, no se descuiden: las palabras, las malditas palabras, tienen vida propia.

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