Edición Impresa
Sábado 02 de Mayo de 2015

Maitena acaba de publicar un recopilación de trabajos que hacen foco en el erotismo

Irreverente como siempre y más sincera que nunca, la dibujante y escritora se confiesa en una larga conversación con Más en su nuevo refugio porteño. Y no deja ningún tema sin tocar.

 Captó como nadie esa imagen desoladora de nuestro culo irremediablemente caído frente al espejo. Supo hacernos reír de nuestras desventuras cotidianas. Nos ridiculizó frente a nuestras amigas, amantes e hijos, y frente a nosotras mismas. Nos defendió de la manipulación y las mentiras del sexo masculino. Nos mostró abatidas, vulnerables pero también amorosas, solidarias, queribles. Habló de nuestros vicios, furias, obsesiones y tragedias. Se metió en nuestras conversaciones de mejores amigas, en nuestras camas, en nuestras panzas embarazadas, en nuestros pelos encarnados, en nuestros amores posibles e imposibles, en nuestros dilemas existenciales. Fue una cronista implacable de la intimidad femenina, y también fue amorosa con nosotras. Y a pesar de que ahora no está tan segura de todo aquello, lo hizo como nadie.

Dice que ya no sería tan categórica en cuestiones del amor, de pareja o sobre el cuerpo femenino. Que el mundo cambió, y ella también. Lo desliza seria, como pocas cosas contará seria en esta entrevista, sentada en un escritorio abarrotado de lápices y objetos chiquitos de todo tipo. En este departamento antiguo, bien conservado, trabaja y juega a que vive sola, cuando nunca había vivido sola. Conserva este espacio para sus cosas íntimas y el piso de abajo lo comparte con sus dos hijas mujeres y una nieta de cuatro meses que logra subyugarla. Tiene su inconfundible pelo rubio pero ahora largo, lleva un short de cuero negro y una musculosa también negra que cubren una figura que hasta una veinteañera envidiaría.

Cuando Maitena tenía esa edad, unos veinte y tantos, antes de convertirse en una referente indiscutida del humor gráfico, podríamos decir de género, con sus tiras de Mujeres alteradas y Superadas, publicó historias de sexo en revistas como Fierro, Humor y Sex Humor, todas de la editorial La Urraca. Ahora, parte de esa obra quedó recopilada en una bellísima edición de Sudamericana que se llama Lo peor de Maitena. Se trata de la faceta menos conocida de la dibujante y humorista, la que incluye, por ejemplo, las aventuras carnales de La Fiera, una mina con un lomazo que raja la tierra pero fulera de cara, que todos los días sale a la calle vestida sólo con un tapado en busca de aventura. Con tiras como La Fiera, Coromina, Historias por metro, El Langa o Barrio chino, Maitena demuestra otra vez que es capaz de bucear por lo más íntimo de las fantasías femeninas, de poner en primer plano el deseo de la mujer, de mostrar el sexo cuando la mujer decide cómo, dónde y por qué.

—¿Recordás el momento en que te decidiste por el dibujo erótico?

—Yo miraba dibujantes que me gustaban y los copiaba. Miraba mucho a Milo Manara, Guido Crepax, al Negro Fontanarrosa, Moebius o a Claire Bretecher, y trataba de copiarlos. Por eso Lo peor de Maitena tiene muchos estilos diferentes, y es un libro me que gusta verlo como un cuaderno de ejercicios, porque forman parte de mis búsquedas. En esa época buscaba, no tenía un estilo. Mi estilo se solidificó después, con Mujeres alteradas, que también cambió mucho en Superadas, todo el tiempo hubo una evolución. En la época en las que esas tiras salieron publicadas dibujaba todo el día y muchos estilos diferentes. Fue una época de una búsqueda constante, veía algo que me gustaba y lo quería hacer.

—Sin embargo y sobre todo en los rostros de los personajes y en cierta actitud corporal o en la mirada se nota que son de la misma autora de Mujeres alteradas o Superadas.

—Por suerte. Eso me alegra, porque está relacionado con el alma de los dibujos. Hay algo en estos dibujos relacionados al alma y a la expresión. En la manera que miran los personajes o sonríen se nota que algo mío se coló.

—Tenías 24 años cuando hiciste estas tiras. ¿Sabías mucho de sexo para contar estas historias?

—No sabía mucho, qué podía saber de sexo a los 24 años. Pero es un tema que siempre me interesó. Yo soy bastante sexual, siempre lo fui, desde chica. La experimentación y el juego con las fantasías siempre me divirtieron, me interesaron y supuesto me siguen gustando. En ese entonces aún no tenía tanta experiencia, pero sí tenía muchos deseos y sueños y esto se empezaba a mezclar con las experiencias. Pasaba todo junto. Fue una época de experiencias nuevas, durante los veinte y los treinta años pasa de todo. Evidentemente esa fue mi época más torta, tal como el libro lo demuestra.

—Impresiona que una piba tan joven pudiese hablar de sexo con tanta seguridad.

—Me costó al principio. Cuando iba a la editorial a dejar los dibujos daba vueltas a la manzana porque tenía pánico de dejárselos al director, Pablo Colazo. Pero lo bueno era que Pablo y los editores ayudaban a crecer a los dibujantes. Se dieron cuenta de que en esos dibujos había algo y su mirada fue muy estimulante para que siguiera; porque hay miradas que pueden hacer que no quieras seguir. En mi caso, todo lo contrario. Esa experiencia fue una escuela para Mujeres Alteradas, porque cuando empecé a desnudar el alma femenina, ya había hecho este trabajo de animarme a mostrar. Entonces, después no me costó tanto hablar de eso que sentimos las mujeres con los hijos, con los hombres, con el cuerpo. Tenía un trayecto en eso de exponer lo que sentía como mujer, desnudándome, porque lo había hecho con los cómics eróticos de una manera fuerte.

—¿En esas redacciones había mujeres?

—Éramos pocas. En Sex Humor estaban Patricia Breccia, María Alcobre, Petisuí y yo. Y había correctoras. Pero era una redacción masculina.

—¿Cómo les cayó a tus colegas varones que una mujer escribiera sobre sexo?

—Lo recibieron superbién. Lo bueno de los dibujantes es que nos gusta mucho el dibujo, en general cuando nos encontramos con un dibujante nuevo nos ponemos contentos. Somos como los músicos, una cofradía. Y yo era chica, era nueva y encima linda, así que al menos decían “a ver la rubia esta lo que hace”. Fui muy bien recibida.

—¿Tu dibujo vino a contar de otra manera el erotismo en la mujer?

—Creo que sí, porque en general en revistas como Humor ilustrado o Sex Humor el deseo era masculino, y siempre la mujer era el objeto del deseo del hombre. En mis historietas y en algunas que hacían las otras chicas empezaba a notarse el deseo femenino, qué era lo que calienta y le gusta a una mujer. Eso no estaba antes, o estaba desde el imaginario del hombre. “Uy, la mina quiere un pene así de grande o la mina con la otra mina”. Era un imaginario masculino y ellos no tenían ni idea qué era lo que de verdad puede calentar a una mujer. De repente, ese material fue fuerte.

—La Fiera, por ejemplo, es una mujer que busca sexo desde que se levanta y persigue su deseo en la verdulería, con el cartero, el florista o con quien se cruce de casualidad.

—La Fiera era un chiste que apuntaba a hacer lo mismo que los dibujantes varones: poner a la mina en cuatro patas con un whisky al lado, el cigarrillo, mientras ellos hablaban, esas pavadas que se usan para hacer humor popular. Pero lo de ellos en algunos casos ese humor era abiertamente machista y en otros casos no tanto. El humor sobre sexo popular en esa época era un poco así. Ahora el mundo cambió y el humor también. A mí como mujer me pareció interesante mostrar otra cosa.

—¿Y los lectores de esas revistas cómo te recibieron?

—No tuve mucho feedback con los lectores. Hasta Mujeres Alteradas no me conocía ni el loro. Pero ahora estoy descubriendo, gracias a este libro, que me leían, porque recibo mails todo el tiempo que me dicen “yo te leía en Sex Humor”, “o leía tus historias en Fierro”. Eran revistas con muchos lectores, pero a mí no me llegaban los comentarios. En esa época si un taxista me preguntaba de qué trabajaba y yo le contestaba que era dibujante y que firmaba como Maitena, la respuesta era “ah no, no te conozco”. Ahora con internet hay mucho feedback, pero cuando yo empecé no te dabas cuenta qué pasaba del otro lado.

—¿Tus padres vieron este trabajo?

—Creo que no.

—¿Pero cómo? ¿Trabajabas en la clandestinidad?

—No, es que ya vivía con mis dos hijos y mi marido y laburaba en casa. Y a casa mis padres no venían mucho, por esa cosa rara de que son los hijos los que van a la casa de los padres.

—Tu viejo, al parecer, era un señor cristiano...

—Digámoslo con todas las letras: era un señor de la derecha, un facho y muy católico.

—¿Él no vio este trabajo?

—No, no lo vio, pero me parece que nunca lo quiso ver. Y estuvo bueno respetar esa decisión. Aunque recuerdo que una vez llegó a la casa de mi abuela paterna una Sex Humor. Mi abuela vivía con mi tía, que se llamaba Maitena Burundarena como yo, era docente de toda la vida, trabajaba en el Ministerio de Educación, y allí le mostraron un ejemplar y le preguntaron si la autora de las historietas era ella. Mi tía leyó la Sex Humor, leyó La fiera, llevó a la casa la revista y la mostró diciendo “mirá esto, acá está Maitena, haciendo esto”.

—Me da miedo...

—Mi padre me encaró, “mirá, a la casa de la abuela llegó esto”. Este es mi trabajo, le dije yo. Él se rió un poco y nada más. No quería ver, claramente. Y a mí me pareció bien que la cosa quedara así. Mi papá no mezclaba su erotismo con el de sus hijos, no tenía curiosidad por saber, le parecería en el fondo una boludez. Y eso está bastante bien. Si se hubiera interesado, se hubiese calentado y quizás no quería que le pase eso. Una vez la invité a mamá a una muestra de arte en Liberarte, hace millones de años. En la exposición había dibujos míos y en ninguno se veía un miembro sexual, ninguno, era todo muy sugestivo. A los tres minutos salió a la vereda horrorizada. Le pregunté qué le pasaba y me respondió que no quería ver todo eso, “todos esos penes yo no los quiero ver”, dijo exactamente. ¡No había ninguno! Pero se ve que a ella la imaginación le voló la tapa de los sesos y tuvo que huir despavorida.

—¿Nadie en tu familia se dedicaba al dibujo?

—En mi casa todos seguían carreras de la UBA, así que lo mío les resultaba desconocido. Mi papá estuvo durante mucho años pensando que yo trabajaba en publicidad. Una vez me encontré a un tío y me preguntó “¿y vos querida, en qué andás, siempre en la publicidad?”. Y yo en mi puta vida trabajé en la publicidad, pero si vos querés... Era como una negación.

—Igual si se trata de los hijos, no sé si está mal no querer enterarse de cuestiones que pueden llevar a un abismo.

—¡Está muy bien no enterarse! Me parece rebién. Además, cuando empecé a trabajar en Para Ti y en La Nación lo disfrutaron, se lo mostraban a los amigos y también los libros.

—¿Ellos vivieron esa etapa de popularidad?

—Mi mamá sí, pero papá murió antes de que entrara a trabajar en La Nación. Fue una lástima porque le hubiese encantado. Yo le conté a papá que iba a empezar a publicar en La Nación pero no me creyó. No creyó que gente tan seria me pudiese contratar. No me creyó y me dio pena, porque cinco meses después de que él murió yo estaba en ese diario. Pero la época de Para Ti la vivió y disfrutó de que me hiciese conocida, que a la gente le gustase lo que hacía y que me siguiese.

—Que tuvieses un nombre.

—No sé si un nombre, disfrutó que yo tuviese un trabajo. Para él era muy importante que tuviese un trabajo con el cual seguir adelante. Cuando quedé embarazada a los diecisiete años mi papá se preocupó mucho. Me decía que no iba a terminar la facultad, que de qué iba a vivir una chica sola. Era un padre preocupado... Pero después de separada, cuando ya me había vuelto a casar y tenía un trabajo, se tranquilizó.

—Estas historietas eróticas tienen mucho humor.

—Los de esas tiras son chistes de viajes de egresados. Están para hacer reír y yo me reía mucho haciéndolos, buscando esas rimas de estudiantina, de ómnibus de viaje de egresados de séptimo grado, ni siquiera de la secundaria. Me gustaba La Fiera, porque era muy densa con los hombres. Pero bueno, yo soy así. No puedo no poner humor a todo. Cuando escribí la novela, Rumble, hice mucho esfuerzo para que no fuera graciosa ni divertida. No quería que tuviese el chistecito escrito.

—¿Te costó ponerte seria?

—Me cuesta siempre, tengo un nivel de ironía muy alto. Me aburre mortalmente la vida sin humor.

—¿El humor circulaba en tu casa cuando eras chica?

—En las familias numerosas es bastante difícil hacerse ver, que alguien te dé bola. Yo era la sexta de siete hermanos y no era especialmente bonita, pero era graciosa, tenía chispa. Eso me ayudó a encontrar un lugar, a ser escuchada. Igual era una cosa repartida, un ping pong permanente de chistes, ironía, y también algo de agresividad, un humor jodido y fuerte, típico de las grandes familias, en las que se suele decir cada barbaridad con una sonrisa que los de afuera quedan medios espantados.

—Pero al menos se dicen.

—Es cierto, al menos sabés qué le pasa al otro. Veo esas familias en las que son todos agua de puente y tienen de todo para decirse pero nunca se dijeron nada.

—O salís de esas casas en las que todos son modositos y te quedás pensando qué pasará cuando se cierra la puerta.

—Los Flanders. Pero los Flanders no existen, porque de cerca nadie es normal. Está bien decirse las cosas, a nosotros se nos iba un poco la mano.

—Pero bueno, con tu humor lograste atención.

—Sí, pero también corrés el riesgo de convertirte en el bufón del rey, algo que les pasa a todos los que tienen humor. Hay que aprender a manejarlo, porque está bien, todos se ríen de vos, pero a vos, ¿qué te hace reír? Si te quedás en el lugar del que hace reír siempre, ¿te reís de verte a vos genial con tu humor? Es un poquito narcisista.

—¿Te pasó eso?

—Me pasó, me pasó sentir la responsabilidad de tener que divertir a la gente. Compré un papel en el que quedé atrapada, el de llegar a una reunión, por ejemplo, y verme en la obligación de levantarla. Yo tengo capacidad para eso. Pero, ¿cuál es la gracia? Llegó un momento en que me aburrió, en que me pareció cansador.

—¿Sentiste que se te fue de las manos el personaje?

—A mí todo en la vida se me fue de las manos alguna vez, no sólo el personaje. Pero tengo la capacidad de ver y rebobinar. A mí todo, todo, todo en la vida alguna vez se me escapó de las manos, cualquier cosa que me digas se me fue de las manos, soy mano suelta, me dejo llevar. Entonces, el trabajo es el de un samurai que trata de mantenerse equilibrado.

—¿Dejar de dibujar tiene que ver con dejar de ser graciosa o por otra cosa?

—No sé muy bien por qué dejé de dibujar. Estaba cansada, eso seguro. Trabajo desde los diecisiete años y me cansé de laburar. Además, se labura por la plata, entre otras razones, pero yo empecé de tan joven porque fui madre y necesitaba la plata. En un momento me planteé que la plata ya la tenía, entonces no necesitaba seguir trabajando dieciséis horas del día, de lunes a sábados, de vivir para laburar. Cuando tenés tanto éxito, tanta difusión y tanta aceptación, realmente laburás mucho. Yo estuve años así, años dibujando horas y horas, viajando, haciendo entrevistas, contratos, eligiendo tapas, una edición, otra edición, otro editor, mucho laburo y en algún momento me pregunté: ¿para qué sirve todo lo que gané? Entonces, paré esa moto pero seguí trabajando a otro ritmo, sacando un libro cada dos años, de lo que me dé la gana, tratando de disfrutar más de la vida, ocupándome más de mí y de mis hijos.

—¿Sentís que perdiste algo del contacto con tus lectores?

—Algo de ese contacto diario se perdió, todo no se puede. Me quedé un poco más sola. Es verdad eso que el afecto de la gente es un sostén muy grande, es algo agradable de sentir. Ayer una señora en la calle me paró y me dijo: “Ahora te reconozco con el pelo largo”. Porque salí en la tapa de la revista La Nación y me empezaron a reconocer otra vez en la calle. Me agarra y empieza: “Maitena, ¿cuándo vas a volver a dibujar?”. “No sé”, le respondí, “hago otras cosas, acabo de sacar un libro”. Y me retrucó “ah, no, pero yo te extraño, con todo lo que hay que decir de las minas de mi edad, dale, decime algo a mí, haceme reír que la estoy pasando mal”. Y yo le traté de explicar que iba a ver si tenía tiempo y me dijo algo que me emocionó: “Vos tendrás tiempo, pero yo no, dale hacé unos chistes”.

—¡Qué lindo!

—Muy lindo. Ella quiere que le haga unos chistes y eso me conmovió, porque es un cariño sincero.

Las pedenas son reseguras de su cuerpo

—Las mujeres entablamos un diálogo con vos por muchos años. ¿Sos consciente de eso?

—Es conmovedor. Hace tiempo, un amigo mío escritor famoso, que tiene una hija de 22 años, me dijo que yo no tenía idea de lo importante que fui para la formación de ella, cómo su propia hija buscaba en mis libros cosas que no se animaba a preguntarle ni a él ni a la madre, sobre el amor, la sexualidad, la pareja. Y me dijo que había un montón de chicas que se formaron leyéndome y que eso conllevaba mucha responsabilidad. Me quedé pensando que tan mal no lo había hecho porque a las pendejas me las cruzo en el boliche y no me hacen sentir "¡qué hace esta señora acá!", sino todo lo contrario, me buscan y se quedan bailando conmigo. Soy consciente de ese diálogo que entablé con tantas minas, porque además me permitía seguir adelante. Durante años hubo mucho feedback con las lectoras. Pero después me fui alejando, porque cuanto más en estrella te ponés más te alejás del mundo real. Eso no es recomendable.

—¿Cómo era la creación de esas historias femeninas?

—Me sentaba en una computadora vieja y enorme y me quedaba hasta las 5 o 6 de la mañana escribiendo. Ponía en la computadora una pregunta y encontraba varias respuestas, dejaba esa pregunta y ponía otra. A veces, de una pregunta tenía dos respuestas, pero de otra tenía hasta seis o siete. Una cosa me iba llevando a la otra. Era muy interesante el laburo, porque de una pregunta, la mina de 20 respondía de una manera y la de 30 de otra, la que era flaca contestaba una cosa pero la gorda otra. La que coge todos los días no responde lo mismo que una que hace un año que no coge. Cambiaba los temas y las mujeres, me ponía en el lugar de las otras, de muchas otras. Y también me fijaba en mí, en mi propia experiencia, porque yo ya había estado casada, separada, había tenido hijos, había sido gorda, flaca, conocía todos los problemas. Igual, yo ya no estoy tan segura como antes de todo.

—¿Cómo es eso?

—Leo cosas que escribí muy tajantes sobre los hombres, la infidelidad y que ahora no sé. ¿Qué sé yo? No sé si todo eso es tan así.

—Es verdad, parecía que la tenías clarísima en todas.

—Parecía eso, pero bueno, no sé, ahora no sé si la tenía tan clara y no estoy tan segura como en aquella época. Esta aparente claridad va relacionada a mi carácter sumado con cierto empoderamiento, como dicen ahora, que logré, que me daba mi propia vida llevada a un extremo, el alcohol, la plata, mi éxito. Ahora leo todas esas cosas y de la mayoría no pienso lo mismo. Por eso me gustó hacer el libro, porque todas esas cosas que ya no pienso las saqué. Elegí el material que me parece que sigo pensando lo mismo. Además, el mundo cambió, el amor cambió, cambió la mirada sobre el propio cuerpo y la mirada de los otros sobre el cuerpo femenino.

—Me interesa eso.

—Hoy la actitud tiene mucha importancia. En mi juventud, la división entre gordas y flacas estaba muy marcada, la gorda era igual a fea o no deseable. Y ahora está claro que también las personas que pesan más de 60 kilos son deseadas. La idea de que una mina gorda puede verse genial era medio impensada hace algunas décadas. Lo veo en la calle, en la discoteca, las pendejas ahora son reseguras de su cuerpo. Hay más aceptación del cuerpo, hay menos crueldad.

—Hay más aceptación de las diferencias, ¿no?

—Creo que sí, es una tolerancia general al que decide vivir diferente.

—¿De qué otras cosas ya no estás tan segura? Mencionaste el amor.

—Tengo muchas dudas sobre ese tema. No sé bien qué es el amor. Ni la pareja, ni cuánto dura, ni si es para siempre, o si siempre tiene fecha de vencimiento, si la convivencia siempre arruina la pasión y después de muchos años cada uno sabe tanto del otro que se pierde la gracia. La verdad no lo sé. Ahora mismo siento que si algo me hace bien voy por ese lado, eso es el amor. Y gracias. Porque si hay supercompromiso pero me hace mal, ¿para qué? Ahora a mí me basta con que me hagas sentir bien y yo haga sentir bien al otro.

—¿Las veces que estuviste en pareja pensabas que era para siempre?

—Cada vez que construí algo era para siempre. Y mi experiencia indica que nada lo es. Después de cuatro separaciones, puedo decir que nada es para siempre.

—¿Tu última separación después de años de matrimonio fue dura?

—Ni hablemos, fue durísima. No sé de qué hablamos cuando hablamos de amor, decía Raymond Carver. No sé qué es el amor.

—Si volvieses hacer historietas de mujeres, ¿de qué hablarían?

—No lo sé, porque además las dejé porque ya no me dieron ganas de pensar o escribir sobre el bajón de ir envejeciendo. Lo hice con mujeres de 20, de 30 y de 40 y después empecé a sentir que si seguía sería un bajón, porque cada vez te pasan más cosas. No tengo ganas de hablar sobre lo que pasa a los 60, bastante que pasa. No tengo ganas de reírme de todo eso, no me sale. Si yo hiciese ahora historietas, hablaría de género, de sexualidades diferentes, de que mi papá se hizo gay, que mi mamá se fue con una chica, que mi hermano es bala, eso me divertiría. La tecnología estaría más presente que nunca, me divertiría con los quilombos que se arman en el WhatsApp. Y, además, las pequeñas cosas de las mujeres que queremos ser independientes y nos enamoramos como esclavas bobas.

—Viviste en La Pedrera, en la playa, durante 10 años. ¿Por qué volviste?

—Volví a Buenos Aires hace tres años, cuando mi hija terminó la primaria. Estuvo bien por ella pero por mí también. Vivo con mis dos hijas, una nieta y perros. Vivimos todas en el piso de abajo y en el de arriba tengo mi estudio, y acá también juego a que vivo sola y eso está buenísimo, porque jamás estuve sola.

—¿Cómo sos como abuela?

—Me costaba esa idea que todos me decían: "Te vas a morir con tu nieta". Me voy fascinando con ella a medida que la conozco, la relación se va haciendo. Tiene cuatro meses. Es divina, la adoro y es verdad que la relación con los nietos es distinta. Esa sensación de angustia que dan los hijos, esa angustia por no saber lo que hacés mal o bien desaparece. Eso te hace sentir genial. Es más liviano, no está la carga de la responsabilidad. Y así como yo la veo y se me ilumina la cara, ella me ve a mí y me busca la voz, me mira y se ríe conmigo.

Comentarios