Escenario
Viernes 19 de Agosto de 2016

Luis Ortega: "No puedo mirar para otro lado"

El director de "Lulú" afirma que no hace películas "para alegrarle la vida a nadie". y que elige filmar sobre la marginalidad porque le aburre "la careteada diaria"

Hablar con Luis Ortega genera que dispare frases como estas: "No me atrae la marginalidad, me aburre la careteada diaria". "Lo único que nos queda es la gente que no tiene nada que perder". "Quise echar un poco de luz sobre el espíritu de libertad". "No hago películas para alegrarle la vida a nadie".

   El realizador de cine y televisión, que además es cantante y compositor pese a que no le gusta llamarse así "por respeto a los músicos", pasó ayer por la ciudad para presentar "Lulú". La película, que se exhibirá toda esta semana en el cine El Cairo, está protagonizada por Ailín Salas y Nahuel Pérez Biscayart, más la participación de Daniel Melingo. Como gran parte de su obra, la marginalidad vuelve a aparecer en foco. Y en primer plano.

   "Arranquemos, estoy encendido", le dijo el director de "El marginal" a Escenario y la charla viajará hacia los universos de desesperanza, el fin del rock argentino, la impronta de Liliana Herrero, el pulso de "Historia de un clan", donde brilló en la dirección, y el espíritu de libertad, nada más, nada menos.

   —La marginalidad es un tema recurrente en tu trayectoria, ¿qué te atrae de ese mundo?

   —Más que nada me aburre el otro, no es tanto que me atrae la marginalidad, me aburre la careteada diaria y las personas con sus máscaras de humanos civilizados. Esa farsa con la que tenemos que tratar todos los días es muy desesperanzadora, entonces lo único que nos queda, en definitiva, es la gente que no tiene nada para perder. Eso te vuelve como un personaje ligado a la marginalidad, pero más que nada lo veo ligado a las personas más puras, menos a la defensiva.

   —Hacés foco en los derrotados, los desclasados, los que están fuera del sistema, cuando el cine argentino filmó mucho tiempo historias más blancas y con finales rosa. ¿Hacía falta una mirada como la tuya?

   —No lo sé si le hacía falta al cine, te digo la verdad, pero creo que más allá de lo denso de esta historia la idea es echar un poco de luz sobre la vitalidad y el espíritu de libertad. Decididamente no hago películas para alegrarle la vida a nadie, sino para tratar de entender un poco mejor de qué se trata la libertad. En la libertad a veces tenés que pasar por lugares que quizá no son tan luminosos, pero es parte de saber de qué se trata todo esto. No le huyo tanto a los finales felices, pero me veo muy influenciado por lo que me rodea, y lo que me rodea no tiene nada de feliz ni rosa. Me veo muy afectado por la gente que miro todos los días.

   —La libertad que planteás también se percibe en la elección de la banda de sonido de "Lulú", desde "No pibe", de Manal, y "Salgan al sol", de Billy Bond, hasta Liliana Herrero con "Bagualín".

   —Mirá, la música de hoy no transmite experiencia, hay muy pocas cosas y también está todo muy colonizado por el arte del primer mundo. Ahora los pibes hacen hip hop y a mí me suena como que un americano haga tango o folclore. Me parece difícil digerirlo porque es una modalidad y un estilo muy americano y no me gusta esa idea, sino la música de la calle sería esa porque el rock llegó a su fin, no por la música en sí misma, sino por los rockeros. Entonces, ante un vacío creativo y cultural tan fuerte como el que está ocurriendo hace muchos años, te ves obligado en buscar en los maestros más grandes, como Liliana Herrero, Javier Martínez o Daniel Melingo, porque son los únicos que mantienen el fuego intacto. Hoy no encuentro a nadie que represente eso: la sangre en llamas.

   —¿No es muy fuerte decir que el rock llegó a su fin? Más allá de tu opinión, hay figuras de los últimos años, que sin hacer rock propiamente dicho, se destacan en el género y son los casos de Lisandro Aristimuño y Gabo Ferro, por nombrar sólo algunos.

   —Para mí Aristimuño está lejos de ser rockero y a Gabo Ferro no lo escuché mucho, aunque quizá ellos han escuchado eso, pero me parece que están muy lejos de la furia callejera que nos representa. No veo a un tipo que vive en la calle escuchando Aristimuño, la verdad que no. En cambio Billy Bond fue una gran inspiración para la película, sobre todo por el espíritu dromómano, el del yiro, callejero, divagar. No encontraba hoy música que tuviera ese rugido, que después aparece explícitamente en la película (N de la R: se refiere a una parte de un tema de Billy Bond que se oye en los títulos finales). Nos falta un representante de la ira en la música de hoy, y yo lo encuentro en Liliana Herrero, por ejemplo. Hoy hablar de rock es quizá hablar de músicos que no hacen rock, como ella, pero que todavía llevan esa antorcha encendida.

   —De música podés hablar con conocimiento de causa, porque también sos músico y estás por lanzar tu nuevo disco "Tiene vida".

   —Yo igual soy músico entre comillas, puedo componer una canción pero no me considero músico, tengo mucho respeto por los músicos, porque es con lo primero que uno sueña de chico, porque es el arte quizá más elevado junto a la literatura. Es lo más cercano al espíritu, no tenés que quedarte dos horas mirando a una pantalla, lo podés llevar con vos, en tu organismo incluso.

   —¿Asumir riesgos es parte de tu esencia artística más allá de que sabés que puede molestar a otros?

   —Sí, lo hago muy a conciencia y de alguna manera trato de producir el mayor daño posible a ese sistema tan mentiroso, que termina conformando nuestras emociones. Por eso me gusta incidir, ahí sí violentamente, sobre las emociones porque lo hacés ahí o lo hacés en la calle. Y bueno, no nos conviene hacerlo en la calle y de alguna manera no estaríamos siendo fieles a lo que queremos contar, porque te irías por un arrebato a la cárcel. Creo que esto también se trata de llegar al final del cuento, entonces queremos llevar la vitalidad y el despertar de forma violenta a todas las casas, como pasó en el caso de "Historia de un clan". A mí no me gusta bajar línea ni decir lo que está bien ni lo que está mal, porque creo que es parte de la careteada que estamos viviendo, pero sí me gusta ser fiel a mis emociones. Y la verdad es que al ser una persona bastante perturbada, no puedo mirar para otro lado.

   —Tu cine habla de marginalidad y oscuridad y cuesta entender que tengas ese perfil cuando tu papá creó un tema como "La felicidad".

   — Mi viejo no deja de ser un tipo que viene de la miseria más inimaginable, con un nivel de pobreza y aislamiento. Cada uno hace la alquimia que es necesaria para sobrevivir y quizá la de él era cantarle a todo lo que quería alcanzar para salir de una infancia complicada y oscura que muy poca gente conoce. Uno puede darse el lujo de poder hacer ciertas observaciones y de tener tiempo para pensar. En muchos casos, como el de mi viejo cuando vino de Tucumán, no podía darse esos lujos, y supongo que habría un instinto de supervivencia muy fuerte y un sueño de una familia muy idílica. Yo, al nacer en una circunstancia totalmente distinta, pude darme el lujo de volver a mirar para el lado de donde él vino.

   —¿Considerás que esa experiencia heredada la pudiste plasmar en tu cine?

   —El otro día hablé con Liliana Herrero y me dijo: "Nuestro trabajo es estar con los que sufren de verdad". Y lo primero que pensé es: "Yo estoy sufriendo de verdad". Pero no es lo mismo, hay que inmolarse en esa dirección. Los que podemos tenemos que estar en la línea de fuego, ese es el coraje que hay que juntar y eso es lo que nos va a salvar. ¿Qué tenemos para perder? La vida, que igual la vamos a perder, creo que hay que ir al hueso. Quizá explote todo, es lo más probable, pero también es probable que en algún momento se purgue toda la violencia y alguna civilización posterior pueda vivir en un mundo donde la gente no se cague de hambre y no se caguen a tiros, y no haya tanto odio encapsulado.

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