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Sábado 24 de Abril de 2010

Lugares

Cada vez quedan menos lugares en el paisaje. Cada vez hay más “no lugares”, como los bautizó el antropólogo francés Marc Augé: escenografías construidas con materiales destinados al olvido. Desiertos de acrílico, páramos sintéticos, eriales intercambiables entre una ciudad y otra, entre un país y otro, entre distintos continentes, idiomas, historias y costumbres.

Cada vez quedan menos lugares en el paisaje.
Cada vez hay más “no lugares”, como los bautizó el antropólogo francés Marc Augé: escenografías construidas con materiales destinados al olvido. Desiertos de acrílico, páramos sintéticos, eriales intercambiables entre una ciudad y otra, entre un país y otro, entre distintos continentes, idiomas, historias y costumbres. Globalización, le dicen.
Cada vez quedan menos lugares en todas partes. Los pocos que sobreviven resisten a pie firme el ataque de la frivolidad, soportan a pura belleza el peso de la nada, la carga pesada de la estupidez y el consumo.
Un poeta chileno imaginaba el paraíso. “Tiene que ser un bar”, decía, afirmando su codo en la mesa donde bebía vino tinto barato junto a sus amigos.
El bar que imaginaba Jorge Teillier no era un bar posmoderno, no estaba en un aeropuerto y tampoco en un shopping. El pensaba en La Unión Chica, su parada en Santiago, refugio de bohemios y candorosos, hogar de escritores y ajedrecistas, ámbito de risas, territorio de melancólicos.
El pensaba en un sitio identificable, acariciable, en mesas de madera y sillas vienesas, en el saludo al entrar y al partir, en el conocerse y el reconocerse.
El creía en la permanencia y no en cambiar por cambiar, en el amor y no en el flirt, en la pena y no en la indiferencia, en el rayo y no en el pararrayos.
Pero hasta el paraíso ha cambiado. Ahora es un paraíso artificial, aunque no exactamente como los que imaginaba Baudelaire. Se puede acceder a él en cómodas cuotas con tarjeta. Al paraíso actual se llega por una autopista con carteles escritos en inglés. Y el mobiliario que lo adorna es chino.
Teillier murió en 1996 y acaso haya llegado ya a su paraíso. Tal vez esté sentado en un bar eterno, bebiendo y conversando, mirándonos con una triste sonrisa desde el edén de la copa.
Nosotros, aquí, vemos cómo el supuesto progreso arrasa con las cosas y nos negamos a justificarlo.
Que lo justifiquen los cínicos, los evitables, los que carecen de identidad, de sueños y hasta de nombre.
Nosotros, por nuestra parte, seguiremos buscando el bar, el libro, el amor, la revolución y el paraíso.
 

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