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Sábado 19 de Septiembre de 2009

Luciano, una historia de inclusión

A Luciano siempre le gustó la matemática y en el secundario quedó cautivado por la contabilidad. Con 22 años apenas, en diciembre terminará de cursar la carrera de contador público en la Universidad Católica Argentina (UCA) de Rosario. Nada le fue fácil: una parálisis cerebral de nacimiento le dejó secuelas motoras y en el habla.

A Luciano siempre le gustó la matemática y en el secundario quedó cautivado por la contabilidad. Con 22 años apenas, en diciembre terminará de cursar la carrera de contador público en la Universidad Católica Argentina (UCA) de Rosario. Nada le fue fácil: una parálisis cerebral de nacimiento le dejó secuelas motoras y en el habla. Hoy dice que “la vida tiene escalones infinitos” y que siempre aspira a subir uno más. Una historia familiar de coraje que explica además por qué en la Argentina sólo llega a la Universidad menos del 1 % de los jóvenes con discapacidad.

Por estos días Luciano Palazesi y su familia viven con alegría una conquista más: el viernes 25 el joven universitario será segunda escolta de la bandera papal, en el acto de colación de grado de la Facultad de Ciencias Económicas de la UCA. No es para menos, tiene promedio 8 en sus estudios: “Sólo una vez me saqué un dos, pero me sirvió de experiencia para no exigirme tanto”.

Su llegada a la Universidad no es azarosa, tiene un largo trecho recorrido por lograr la inclusión plena. Pertenece a una familia modesta, trabajadora y, como dice su mamá Adriana, de “mucha audacia”. Y lo es. Los papás de Luciano dieron los primeros pasos para lograr el derecho a la integración con Juan (27 años), su primer hijo, que nació con síndrome de down. Más tarde llegó María (25 años) que estudia bellas artes en la UNR.

Un dato para no pasar por alto es que Luciano  siempre cursó en la escuela común, aun cuando algunos maestros en su primaria dudaron de esta posibilidad. Terminó su secundario en el Colegio Nacional de San Lorenzo con promedio 9.23, y siendo siempre escolta o abanderado.

El temor a la masividad y a la dispersión que suele caracterizar a la Universidad pública hizo que pensara en la privada para estudiar. “Como somos muy humildes pedí una beca para mi hijo”, recuerda la mamá. En la Universidad Católica no dudaron un instante, le otorgaron el beneficio completo sin más trámite que el primer pedido.

“Cuando iba a empezar sentí los miedos que tuve siempre —que también fui superando— al rechazo, a la discriminación. Pero la verdad es que nunca me los hicieron sentir, fui bien recibido y tratado por mis compañeros y profesores”, cuenta Luciano y agrega: “Hasta me pasaron los apuntes en letra de imprenta para ayudarme a estudiar”.

Una de las mayores dificultades que le dejó la parálisis tiene que ver con la motricidad. La superó con el acompañamiento permanente de sus padres, que durante su escolaridad primaria y secundaria le leían y resumían las materias para que estudiara.

“Además de la matemática, me encanta leer de todo, esas dos cosas me las transmitió mi papá”, dice Luciano sobre su padre Juan Carlos, que trabaja como carpintero naval. Con esa ayuda y la apertura de sus compañeros y docentes del secundario — a quienes define como “magníficos”— fue tejiendo una historia de aprendizajes compartidos.

Deudas del Estado

“Me levanto temprano si tengo mucho que estudiar, trabajo de lunes a viernes en una pasantía del Ministerio de Educación de la provincia y desde las 5 de la tarde hasta las 11 de la noche estudio en la facultad”, así resume un día de su vida que realiza con absoluta autonomía.

Claro que en el medio tiene que sortear varios obstáculos,   desde físicos hasta culturales y aquellos que ponen en contradicción las mismas leyes a favor de la inclusión cuando se las confronta con la realidad. Obstáculos que van desde la pelea eterna por un asiento en el transporte público hasta inexplicables retrasos en el pago de una magra retribución de 600 pesos: el Ministerio de Educación provincial lleva tres meses de retraso en pagarle la pasantía que cumple a diario.

Además de ser muy inteligente, Luciano tiene un corazón grande y se pregunta en voz alta: “Yo tengo el pase para viajar, pero qué pasa con los otros pasantes que siguen costeándose el trabajo con su bolsillo y llevan tres meses sin cobrar”.

Similares interrogantes los abre para hablar de la inclusión y el rol del Estado. Piensa que aún falta mucho por hacer para garantizarles a chicos con distintas capacidades que puedan gozar del derecho a educarse.

Según datos del Centro de Desarrollo e Investigación en Tecnologías Especiales (Cedite), en la Argentina, menos del 1% de los jóvenes con discapacidad llega a la Universidad. Los que lo hacen es porque cuentan con recursos económicos suficientes o bien —como en este caso— tienen un grupo familiar que trabaja codo a codo.

“Soy una persona fuerte”

Cuando nació Luciano la única que intuyó que algo no estaba bien fue su mamá. Una cesárea no practicada a tiempo le causó una parálisis cerebral a su hijo, cuyas secuelas se empezaron a ver a los seis meses. “Luciano nació en Rosario, enseguida nos mudamos a Ucacha, a 90 kilómetros de Río Cuarto (Córdoba). Durante seis años recorrimos tres veces a la semana 180 kilómetros para la rehabilitación que le permitiese caminar”, recuerda la mamá.

En ese pueblito Luciano cursó el jardín de infantes. Ya en la primaria la familia se volvió a Rosario. “Hizo los primeros grados en la Escuela Juana Manso, no tengo palabras para esa escuela, y en especial para la maestra Hilda”, dice emocionada la mamá. Una nueva mudanza los cambió de barrio y de escuela. Luciano terminó su primaria en el Colegio Pompeya.

Hoy se ilusiona con la promesa de un trabajo en una fábrica de balanzas. Aspira a seguir un posgrado en economía, dar clases y también dictar una conferencia sobre inclusión social.

“Me considero una persona fuerte, lo siento cuando atravieso la puerta de calle. Pero lo que mata es el miedo que tiene la gente a lo desconocido”, dice mientras su hermano Juan se acerca con un CD de Kiss, el gato “Chino” se pasea por el comedor y la charla se extiende en su casa de Provincias Unidas 338 bis.

Es hincha de River, le gusta escuchar tango y folclore, y en los ratos libres escribir. Interrumpe la conversación, imprime uno de sus poemas y al final lo regala: “Ojos que no quieren ver la realidad/ojos que me ignoran/ojos que me miran mal porque aún no aprendí bien a caminar/ojos que no ven lo que soy/ojos ciegos que no me dejan ver qué hay en cada uno de sus rostros”.

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