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Lunes 28 de Diciembre de 2015

Luces intermitentes

Donde vivo diciembre explota. Antes no era tan así, una olla a presión. Las cosas cambian. Quizás ahora veo lo que antes no veía, mirando lo mismo. Explota diciembre en mi ciudad a presión...

Donde vivo diciembre explota.
Antes no era tan así, una olla
a presión. Las cosas cambian.
Quizás ahora veo lo que antes no
veía, mirando lo mismo. Explota
diciembre en mi ciudad a presión.
El supermercado chino hoy
trabaja con las puertas cerradas.
Un hombre de negro custodia
la entrada. Cuando era chica no
existía el supermercado chino. Los
saqueos, sí. En el ochenta y nueve
yo tenía diez años. Lo vi en la tele.
La cabeza hierve y recién son las
nueve de la mañana. Me rozan las
gotas de aire acondicionado que
caen desde los edificios. Ilusión de
garúa. Me dejo mojar conteniendo
la respiración.
La vereda de enfrente no tiene
luz. Algunos negocios cerraron.
Una señora en chancletas toma
mates con el verdulero. Los
dos esperan la electricidad a
la sombra. Elevo la mirada y
me distraigo con los balcones
patricios por encima de los locales
y los carteles comerciales. No veo
a la mujer que amamanta sentada
sobre las baldosas. Ignoro la caja
de cartón a sus pies, vacía. Dejo
caer diez pesos sin mirar. No veo
a los hombres que descargan
alimento para pájaros frente a
una galería de arte. Pretendo que
no existe el árbol talado hasta el
tronco y que el sol no baja sobre
el cemento quemando los talones.
Que no me agobia el gentío con
sus bolsas de regalo. Que no
me inunda el sudor debajo de la
musculosa. Que no me ofrecen
colaborar con ninguna sociedad
de beneficencia. Que no me
aborda un pibe para venderme
una revista que no compro y que
no lo miro con ojos de lata.
Que no me.
Que no me.
Clausurarme. Pensar en otra cosa.
Luci se durmió mirando
dibujitos en mi cama. Amaneció
temprano y me preguntó si nos
habíamos quedado despiertas
toda la noche. Le dije que sí y
volvió a cerrar los ojos. Soñó su
propia noche en vela.
Distingo una moneda en el
piso. Es señal de buena suerte. Me
agacho entre pantalones y faldas
para recogerla. Descubro que se
trata de un círculo de cartón.
Un goteo de imágenes. Insisten.
Saludo al cuidacoches. Lo
conozco. No de la cuadra,
sino de la escuela, la pileta, los
cumpleaños. Era mi amigo. Vivía
en un monoblock cerca del
club Provincial. En la escuela no
jugábamos juntos, pero afuera sí.
Vino a mi casa muchas veces. Yo
a la suya no fui nunca. Cuando
terminamos séptimo grado,
sabía que no volvería a verlo.
Por eso desde que mi mamá
armó el arbolito de Navidad, el
ocho de diciembre, hasta que
lo desarmó mucho después de
Reyes, lo encendí todos los días
pensando en él. Pidiendo volver a
encontrarlo el año siguiente. Será
que las lucecitas intermitentes no
conceden deseos, que no lo vi
más. Son tan lindas esas luces de
colores. Y tan inútiles.
Estoy convencida de que el
cuidacoches y mi amigo son la
misma persona. Cada vez que
lo veo, sin mirarlo fijo, pienso en
eso. Tienen el mismo nombre y
la misma cara con veinte años de
diferencia. El flequillo de los doce
en el hombre de treinta. La edad
de la calle en un cuerpo joven. “Es
él —me digo—, el deseo me salió
torcido”.
Con el paso del tiempo, el
rostro se vuelve un dato incierto.
Podría preguntarle su apellido, si
hizo la primaria en el Normal, si
se acuerda de mí. Cada vez que
estaciono le dejo dos pesos o
cinco. Es un gesto que se lleva las
palabras. Me ve subir al auto, cruza
la calle de una corrida oblicua y
se detiene a la altura de la puerta
trasera de mi coche. Enciendo
el motor. Lo busco en el espejo
retrovisor. Bajo la ventanilla.
Él advierte el movimiento y se
acerca. Le entrego el dinero, le
agradezco. Entonces se aparta y
me hace señas con la mano para
que lo espere. En ese momento no
estoy pensando en el otro que es
él. El vehículo gana velocidad, me
alejo. Sus facciones se desdibujan.
Quizás la próxima vez le pregunte.
Si es o no es. Me contaron que
estuvo preso. Que era portador.
Alguien me dijo o lo soñé. Que
había muerto.

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