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Domingo 24 de Enero de 2016

Los signos de un lenguaje que no se logra descifrar

No se trata solamente de sadismo, en la saña también siempre hay un mensaje. En la ferocidad de crímenes como el de Gustavo Pérez Castelli palpitan los signos y los tonos del narcotráfico

No se trata solamente de sadismo, en la saña también siempre hay un mensaje. En la ferocidad de crímenes como el de Gustavo Pérez Castelli palpitan los signos y los tonos del narcotráfico. Pero ese lenguaje tan conocido en sus rasgos exteriores es difícil de descifrar. Reconocer un ideograma japonés no significa entender japonés. Para dominar un idioma es necesario descubrir sus componentes y sus combinaciones.

   Eso es lo que falta con tantos homicidios que reiteran gestos de una misma gramática pero que no puede ser deletreada. En septiembre de 2013 Luis Fernando Cuevas apareció quemado, con sus genitales mutilados, algunos dedos cortados y baleado en el barrio Santa Lucía. Tenía 14 años y era soldadito de un bunker. Sus hermanas dicen que hubo vecinos que lo escucharon gritando, pero que nadie se quiso meter.

   Unos meses antes, la Nochebuena de 2012, alguien prendió fuego levantando un chapón del techo a un bunker de drogas en Villa Gobernador Gálvez. Mejor no imaginar la vivencia de los dos vendedores que despachaban mercancía encerrados allí. Luis Fretes, de 30 años, murió. Su acompañante fue rescatado con quemaduras en el 50 por ciento de su cuerpo. En noviembre pasado Darío Fernández, “El oreja”, de 22 años, apareció baleado en la cabeza en una colectora de la Circunvalación, cerca de la salida hacia Santa Fe, con signos de tortura en el cuerpo. Era el primo hermano de Emanuel “Ema Pimpi” Sandoval, el joven que firmó una breve condena en juicio abreviado por el ataque a tiros contra la casa del ex gobernador Antonio Bonfatti, más para liberarse rápido del encierro que por la existencia de prueba concluyente en su contra.

   Ema Pimpi sigue siendo, sin pausas, señalado por sus vecinos de manejar la venta de drogas en la zona norte en la ciudad o intentar imponerse en eso. También lo intentaron ligar al brutal crimen de Giménez, perpetrado con la misma arma usada para acribillar las casas de Bonfatti y del ex jefe de Drogas Peligrosas Alejandro Franganillo.

   Lo que hace fuertes a algunos no es tanto el ejercicio de tan brutal violencia sino que nadie (policía, fiscales, jueces, gobierno) acierte a traducir quiénes están detrás de ella, qué buscan significar con esos desquiciados modos de expresarse y a quiénes les hablan.

   No es que sea sencillo penetrar esos enigmas. No se sabe quién le pegó cuatro tiros en la cabeza y le cortó una oreja a Pérez Castelli. Como tampoco quién exterminó de 18 balazos a su hija y a su yerno hace 27 meses. Cuando no se puede acceder a esta secuencia intraducible de mensajes todo queda relegado al campo de las interpretaciones personales que es pésima consejera. La impunidad castiga con su oscuridad cubriendo todo con su manto de ambigüedad y sospecha.

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