Opinión
Lunes 09 de Enero de 2017

Los ruidos de los vecinos

Todo el mundo tiene vecinos. A los costados, atrás y adelante en los barrios, y arriba y abajo en el centro. La vida se manifiesta, también en los sonidos y de cada casa salen los que genera el quehacer diario.

Todo el mundo tiene vecinos. A los costados, atrás y adelante en los barrios, y arriba y abajo en el centro. La vida se manifiesta, también en los sonidos y de cada casa salen los que genera el quehacer diario. De día, sin distinción, saldrán los aromas de las comidas que se empiezan a preparar a las 10 de la mañana, o antes. El tiempo que se anticipa el breve goce de la pausa del mediodía antes de seguir gastando la jornada. Al atardecer se da ese otro momento mágico en que todo comienza a aquietarse, a desenvolverse morosamente, la puesta cansina del Sol desdibuja los bordes y tiñe todas las cosas de oro. La gente empieza a vaciar las calles y los ruidos dejan de ser omnipresentes. Los autos ralean al igual que los ómnibus. La calma se abate sobre la ciudad como un gran lienzo que lo cubre todo. Y ahí es cuando toman protagonismo los otros ruidos. Ahora, el choque de los platos, sartenes y ollas se impone a los olores del mediodía que parecían salidos de la nada, se escuchan retazos de conversaciones que las paredes dejan salir como murmullos, alguna reconvención a un chico rebelde que sabe que en poco tiempo deberá enfrentarse a la inevitable realidad de que le espera la cama. Y en poco tiempo, el silencio, de la calle y de adentro. En plena madrugada aparecen los otros ruidos, los urgentes, los del peligro, las sirenas de las ambulancias, en los barrios los ladridos que advierten sobre alguien desconocido, el llanto de los bebés urgidos por el hambre, a los cachorros que extrañan a su camada, a los perros y gatos que juegan con pelotitas o botellas (se escucha rodar de un lado a otro una y otra vez). Pasan las horas y por fin comienza a clarear. El Sol espanta a todos los fantasmas.

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