Opinión
Miércoles 11 de Enero de 2017

Los que comen solos

De noche se notan más. Salen de los supermercados con las ahora reglamentarias bolsas ecológicas y caminan apurados, buscando en el piso un indicio de la piedra filosofal, o empiezan a llegar a los restaurantes modestos, ocupan la misma mesa que la cena anterior y levantan, cansados los ojos a un televisor que le descerraja las una y mil barbaridades del día.

De noche se notan más. Salen de los supermercados con las ahora reglamentarias bolsas ecológicas y caminan apurados, buscando en el piso un indicio de la piedra filosofal, o empiezan a llegar a los restaurantes modestos, ocupan la misma mesa que la cena anterior y levantan, cansados los ojos a un televisor que le descerraja las una y mil barbaridades del día. Los que comen solos tienen muchas cosas en común prohijadas por la soledad, y tantas otras que los diferencian, los vuelven singulares, como lo es cada quien. Un tercer grupo lo integra el que llega a la noche a su casa y se encuentra con un plato sobre la mesa porque los demás están durmiendo; pero éste es distinto a los otros dos porque, al menos, tiene la promesa de una compañía.

El que se prepara la comida se las puede dar de gourmet, regalarse preparaciones raras, puede experimentar con sabores, colores y texturas. Pero la libertad que le ofrece su condición le impone, entre otras, la obligación de cocinarse. El momento de sentarse a la mesa lo iguala al del restaurant. Aunque este último deberá resignarse a platos donde el marrón de las frituras o de las salsas se impone a verduras y legumbres. Otra cosa que los asimila es que los dos comen en silencio, apenas mudarán de pensamiento entre uno y otro bocado. No tiene por qué ser triste, y sin embargo es difícil pensar que no sea así. Uno podrá distraerse con el ruido de la vajilla de los comensales cercanos, oirá fragmentos de conversaciones, seguirá con la mirada alguien que pase caminando. El otro, el que se cocina, estará pendiente del celular, revisando correos, mientras levanta sin mirar la comida del plato, o verá una película que pasen por Netflix. Da igual. La soledad los empareja.


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