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Lunes 01 de Agosto de 2016

Los porteños y los "sub-si-Dios"

Es maravilloso ser porteño y vivir en Buenos Aires. Están bendecidos por los profetas de todas las religiones. Los gobiernos, que para serlo deben convertirse en porteños, también terminan siéndolos. Para ellos todo, allí está la mayoría del país, los que votan. Así que todo lo que se les conceda, siempre será poco para mantenerlos felices y contentos. Esta última década, un gobierno donde la corrupción proliferó y se multiplicó, les dio todo, el fútbol para todos, la energía eléctrica, el gas, el transporte en todas sus versiones, colectivos, trenes, subtes, combustible. No olvidemos que los porteños viven en la versión del paraíso terrenal, que les pertenece por habitar la capital del viejo Virreinato del Río de la Plata. Allí está todo, los mejores teatros, museos, avenidas, televisoras, radios y hasta el teatro Colón, al que por no tener tiempo la ex presidenta no pudo cambiarle el nombre por el de "Juana Azurduy." Y los mejores empleos y mejor remunerados, y ni que hablar del ñoquismo gigantesco. La Casa de la Moneda y la moneda también, los mejores estadios de fútbol, centros culturales y las reparticiones en jefe, donde caminando o en subte todos llegan rápido y barato a hacer sus trámites. Después está el interior, lo que ellos llaman el resto del país (lo que sobra). Lo natural es la belleza, pero con una pobreza que compite con la nada, con marginalidad, pocas escuelas y abandonadas. Chicos descalzos, maestros pobres y desnutrición, desocupación, donde falta todo lo que a los privilegiados se les ha concedido por gracia divina; bueno, por ser porteños. Los inclaudicables provincianos han tenido que pagar a precio altísimo transporte, agua, electricidad, gas; es que a ellos no les han alcanzado los "sub-si-Dios", porque Dios está en todas partes pero atiende desde hace siglos en Buenos Aires. Cómo sufren, pobrecitos, es que ahora ya no les regalan todo, ahora es un poquito menos, adviertan que con la actualización de tarifas seguirán pagando cuatro pesos el subte, gracias a un juez que ha hecho gala de ser porteño; bueno, ellos se ayudan. Cuatro pesos el tren, y no llegan a seis el colectivo, y ni qué decir del combustible, donde han sido bendecidos y pagan dos pesos menos por litro que el resto del país. Nunca escuché una palabra de solidaridad para la gente del interior, ni apoyo, durante diez años el interior ha padecido y lo sigue padeciendo los costos más altos, el trato más inequitativo; ni dirigentes gremiales, ni políticos de provincia, ni defensores del pueblo, ni del consumidor; porque también es lógico, para ellos sólo cuentan los bendecidos porteños y ni que hablar de gobernadores que, en forma casi generalizada, han espoleado con tarifas brutales e inequitativas y lo siguen haciendo, aprovechando que es muy difícil que sean castigados porque Dios siempre atiende en Buenos Aires. Lean los diarios, hay que informarse de lo que pagan hoy entre sollozos. Ahora que el Papa es argentino, habría que pedirle que nos gestione una entrevista con Dios, si no me temo que estaremos irremediablemente perdidos.

Es maravilloso ser porteño y vivir en Buenos Aires. Están bendecidos por los profetas de todas las religiones. Los gobiernos, que para serlo deben convertirse en porteños, también terminan siéndolos. Para ellos todo, allí está la mayoría del país, los que votan. Así que todo lo que se les conceda, siempre será poco para mantenerlos felices y contentos. Esta última década, un gobierno donde la corrupción proliferó y se multiplicó, les dio todo, el fútbol para todos, la energía eléctrica, el gas, el transporte en todas sus versiones, colectivos, trenes, subtes, combustible. No olvidemos que los porteños viven en la versión del paraíso terrenal, que les pertenece por habitar la capital del viejo Virreinato del Río de la Plata. Allí está todo, los mejores teatros, museos, avenidas, televisoras, radios y hasta el teatro Colón, al que por no tener tiempo la ex presidenta no pudo cambiarle el nombre por el de "Juana Azurduy." Y los mejores empleos y mejor remunerados, y ni que hablar del ñoquismo gigantesco. La Casa de la Moneda y la moneda también, los mejores estadios de fútbol, centros culturales y las reparticiones en jefe, donde caminando o en subte todos llegan rápido y barato a hacer sus trámites. Después está el interior, lo que ellos llaman el resto del país (lo que sobra). Lo natural es la belleza, pero con una pobreza que compite con la nada, con marginalidad, pocas escuelas y abandonadas. Chicos descalzos, maestros pobres y desnutrición, desocupación, donde falta todo lo que a los privilegiados se les ha concedido por gracia divina; bueno, por ser porteños. Los inclaudicables provincianos han tenido que pagar a precio altísimo transporte, agua, electricidad, gas; es que a ellos no les han alcanzado los "sub-si-Dios", porque Dios está en todas partes pero atiende desde hace siglos en Buenos Aires. Cómo sufren, pobrecitos, es que ahora ya no les regalan todo, ahora es un poquito menos, adviertan que con la actualización de tarifas seguirán pagando cuatro pesos el subte, gracias a un juez que ha hecho gala de ser porteño; bueno, ellos se ayudan. Cuatro pesos el tren, y no llegan a seis el colectivo, y ni qué decir del combustible, donde han sido bendecidos y pagan dos pesos menos por litro que el resto del país. Nunca escuché una palabra de solidaridad para la gente del interior, ni apoyo, durante diez años el interior ha padecido y lo sigue padeciendo los costos más altos, el trato más inequitativo; ni dirigentes gremiales, ni políticos de provincia, ni defensores del pueblo, ni del consumidor; porque también es lógico, para ellos sólo cuentan los bendecidos porteños y ni que hablar de gobernadores que, en forma casi generalizada, han espoleado con tarifas brutales e inequitativas y lo siguen haciendo, aprovechando que es muy difícil que sean castigados porque Dios siempre atiende en Buenos Aires. Lean los diarios, hay que informarse de lo que pagan hoy entre sollozos. Ahora que el Papa es argentino, habría que pedirle que nos gestione una entrevista con Dios, si no me temo que estaremos irremediablemente perdidos.

Miguel Amado Tomé


Erradicar

la violencia

A los dirigentes de Central y NOB, les tiro una idea para alejar a los violentos de los estadios y que la gente de bien pueda ir tranquila a alentar a sus jugadores. Por qué no modifican los estatutos y que para aceptar un nuevo socio, éste no tiene que tener antecedentes penales. La Justicia y la policía saben muy bien quiénes son (y los dirigentes también). Asimismo, expulsar a quienes se trepen a los alambrados sabiendo que perjudican a su propio club, y a los que se tomen a golpes de puño o arrojen proyectiles. Con las cámaras de seguridad no creo que tengan inconvenientes para identificarlos.

Edgardo Sánchez


Lo que faltaba: Pokemon Go

Como mamá, estoy preocupada; como docente, desorientada y como persona, me siento muy impotente ante esta nueva psicosis que lanzan al mercado: Pokemon Go. Quise saber de qué se trata y me encuentro con que es un videojuego de realidad aumentada desarrollada para dispositivos IOS y Android. El juego permite al usuario buscar, capturar, luchar y comerciar con bichitos Pokemon escondidos en el mundo real. ¿Realidad aumentada? Es el término que se usa para definir una visión a través de un dispositivo tecnológico en un entorno físico del mundo real, cuyos elementos se combinan con elementos virtuales para la creación de una realidad mixta en tiempo real. ¿Mundo real? Y acá está lo realmente preocupante. ¿Existe algún otro mundo en el que los niños deban crecer que no sea el mundo real? No creo que esté mal aggiornarse, no creo que esté mal convivir con las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación). Tampoco me parece que esté mal sentirse un poco inmerso en la sociedad de consumo. Con lo que no acuerdo para nada es que estas tecnologías nos invadan de tal manera que atenten contra el buen uso de los espacios comunes y del derecho a ser de la infancia. Me aterra pensar que también ponemos en riesgo esos pocos lugares que nos quedan. "Es en estos lugares, en los lugares comunes, que acontecen los sujetos, entre miradas, palabras y voces en la construcción de un espacio colectivo que gesta el acceso a la cultura". ¿Y además, qué hay de los niños? Aunque suene duro, también se me ocurre pensar y coincido con Skliar cuando dice que estamos matando a la infancia. Los estamos obligando al niño a dejar de ser niño, le enseñamos a no pensar, a obedecer, a actuar según el sistema. ¿Cómo se revierte esto? ¿Cómo puedo negociar con mi hija para cambiar Pokemon Go por tiempo real? Generalmente, la tecnología nos deja muy en desventaja. Es difícil que entienda que leer es mejor a cazar bichitos, o charlar cara a cara mirándose a los ojos, o ir en compañía de un buen amigo a tomar un helado y reírse como bobos, reírse de todo y reírse de nada. Estoy tratando de encontrar la forma para que este juego no nos invada de tal manera que ya no sepamos leernos las miradas o disfrutar del sonido de los llamadores de ángeles y el exquisito olor a tierra mojada cuando llueve.

Sandra Cristina Ferrarini


Hostigando

a la lactancia

Resulta imposible no indignarse frente a la actitud de personas uniformadas de uno y otro sexo hostigando a mujeres que se encuentran amamantando a sus criaturas en espacios públicos. Ocurrió en San Isidro, Buenos Aires, y ahora en la provincia de Misiones. El pasado sábado en diversas ciudades de la Argentina miles de mujeres reivindicaron este hecho natural que nos caracteriza como especie. Somos mamíferos, más allá de cualquier prejuicio de pacatería. El acto de la lactancia es tan natural como la respiración. Cabe preguntarse hasta dónde está arraigada la ideología patriarcal en la sociedad para que ocurra este hostigamiento. No podemos mirar hacia otro lado ante estos acontecimientos. Sin duda es un síntoma de un profundo malestar en la cultura que prioriza la mercantilización de los cuerpos y pretende someter a control nuestras vidas del modo mas violento.

Carlos Solero

Al hospital de Cañada de Gómez

Siempre hay y habrá un mundo, un rubro, un rincón por descubrir. Queremos, junto a mi familia, mencionar nuestra experiencia con esa realidad que comenzamos a enfrentar el lunes 30 de mayo pasado. Hablamos de la que se vive en los hospitales públicos, precisamente del hospital San José de la ciudad de Cañada de Gómez. Mi padre, Horacio, entró con una insuficiencia respiratoria aguda que lo tuvo peleando 37 días en terapia intensiva. Durante nuestras 74 visitas, dos veces por día, en los distintos partes médicos y cruces de pasillo quedó en evidencia el enorme respeto que tienen por la vida humana tanto médicos, enfermeros y todo el personal que trabaja ahí de manera silenciosa. No encontramos palabras para expresar nuestro agradecimiento al sacrificio humano, técnico y económico que se tuvo que afrontar para mantenerlo en carrera y que pudiera seguir con nosotros. Las horas de dedicación, cuidado y atención que recibió ahí adentro no tienen manera de cuantificarse. El nivel de equipamiento, la preparación profesional, los insumos y cordialidad del trato es digno de mencionarlo y reconocerlo. Son personas que no conocen de

antemano a su paciente, son seres humanos que muchas veces desconocemos su dedicación o no tienen el reconocimiento de semejante rol que cumplen dentro la sociedad. Tantas veces hablamos de la educación, de la seguridad, pero ¿y la salud qué? No todo está perdido, ni mucho menos, no es tolerable pensar eso mientras existan personas como las que nos tocó conocer durante este largo y doloroso período. La palabra gracias será eterna con todos ellos, por lo que han trabajado para que su corazón pudiera latir una vez más. Desgraciadamente, esta experiencia tuvo el peor final el 5 de julio. Se fue nuestro "viejo" a los 56 años, un buen tipo. Se fue de viaje, pero ya nos volveremos a ver y fundirnos en un eterno abrazo. De corazón, y muy sinceramente, les decimos gracias a todos los amigos que nos acompañaron y especialmente a quienes colaboraron y trabajaron hasta el último minuto. Realmente, con un equipo de trabajo como el que cuenta el hospital San José, la esperanza es lo último que se pierde.

Juan José Moriena


Las provincias

son 23, no 24

Últimamente observamos con desagrado cómo algunos organismos nacionales, dirigentes políticos, culturales, educacionales o similares confunden erróneamente a la gente manifestando que nuestro país tiene 24 provincias, lo cual no es así. En Argentina se denominan provincias a cada uno de los 23 estados federados que componen la Nación, según los principios de federalismo establecidos en la Constitución nacional, es decir, jurídicamente Argentina es una federación de provincias que comenzaron a configurarse a partir de 1810. Con la organización nacional fueron definiendo sus fronteras integrándose al país inicialmente con 14 provincias. En 1853, 13 de ellas: Catamarca, Córdoba, Corrientes, Entre Ríos, Jujuy, La Rioja, Mendoza, Salta, San Juan, San Luis, Santa Fe, Santiago del Estero y Tucumán. En 1860 se incorporó Buenos Aires. Existían además los llamados territorios nacionales que dependían del poder central que se fueron sumando sucesivamente como provincias. Fueron 9: Chaco y La Pampa en 1951, Misiones en 1953, Chubut, Formosa, Neuquén, Río Negro, Santa Cruz en 1955. Tierra del Fuego. Antártida e Islas del Atlántico Sur en 1990. En total existen en la actualidad 23 provincias. El equívoco proviene de considerar a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires como provincia basándose en que dicha ciudad tiene un régimen autónomo especial. Como dice su nombre Ciudad Autónoma de Buenos Aires no es provincia ni pertenece a ninguna. Perteneció hasta 1880 a la provincia de Buenos Aires, año en que fue nacionalizada para servir de Capital Federal. Es precisamente una ciudad y su autoridad máxima política es el jefe de Gobierno. Las provincias así se designan y su máxima autoridad política es el gobernador. Un excelente profesor enseñaba que "se pueden cometer errores y también horrores. Los primeros pueden disculparse y corregirse, los segundos no se justifican ni se excusan". No cometamos horrores, la República Argentina tiene 23 provincias, y de ninguna manera 24.

Miguel A. Chiarpenello

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