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Domingo 18 de Septiembre de 2016

Los oros olímpicos

Usain Bolt y Michael Phelps son dos notorios ejemplos de talento deportivo rayano en la perfección. Sin embargo, sus historias personales los muestran diferentes en rasgos clave. El desafío de combinar la vida cotidiana con el arquetipo. ¿Quiénes son, en verdad?

Cada cuatro años las olimpíadas nos muestran su cita con la perfección. No todo es perfección en los días olímpicos pero es tal vez la única oportunidad en que podemos ver seres perfectos, muy especialmente entre los atletas y los nadadores. Hay muchos más ejemplos que los que voy a citar aquí pero nadadores y atletas en cierto sentido me resultan los más olímpicos, al menos (por caso) mucho más que los golfistas, tan pulcros ellos con esos aires de tarjeta platinum no combinando demasiado con los sudores olímpicos. En cambio los que saltan, los que lanzan, los que corren, los que nadan y demás, navegan entre la perfección relativa y la perfección absoluta. Muchos nombres, muchas marcas, variados récords, un país por encima de todos los demás: Estados Unidos, tan fiel a su lógica acumulativa, se lleva la mayoría de las medallas. Entre todas las estrellas las dos más brillantes: Michael Phelps y Usain Bolt. Dos fenómenos muy distintos, ambos seres absolutos pero no en los mismos cielos. Phelps acumula en su vida deportiva 23 medallas de oro. Cerca del número de Brasil (30) en toda su historia, 2 más que la Argentina (21) en sus participaciones olímpicas. Los más de 80 países restantes en la gran historia del deporte del mundo tienen menos medallas que las 23 de oro de Phelps. En rigor muchísimas menos. Pero Phelps es también un "caso" clínico en tanto y en cuanto pasó del cielo al infierno en su vida entre olimpíadas. Después de sus proezas del 2012 en 2014 mientras conducía borracho le envía un mensaje a su agente Peter Carlisle diciéndole: "Ya no quiero estar vivo". Días oscuros del gran nadador titulan las crónicas del momento en las que protagonizó dos detenciones por conducir borracho. En el diario El País de Madrid Manuel Jabois publica un artículo interesante sobre los triunfos del atleta norteamericano sin caer en los remanidos lugares comunes del éxito. El artículo tiene segmentos enigmáticos sobre todo cuando hace referencia a un artículo sobre el mismo personaje en The New York Times. Más allá de problemas de traducción o de edición lo cierto es que ambos textos hablan del mayor enigma de la existencia: ese extraño bicho que puebla el planeta, el llamado ser humano con sus extremos tan opuestos. El artículo del Times relata la "new age" de Phelps después de superar las adicciones. Es una referencia no habitual. No a las adicciones como tales (con relación a las cuales hay un derroche de tinta social en campañas inútiles) sino al complejo período pos-adicciones. Después del infierno sobreviene una nueva edad con relación a la cual el artículo dirá "esa paz interior tan brusca y llena de sentido de la vida que produce más miedo que las adicciones". El entrenador de Phelps dice en la nota la frase clave, "el nadador no tenía ni idea de qué hacer con el resto de su vida"(sin medallas y sin adicciones). Pero si esa era la frase clave -y lo era- el entrenador no encontró la forma para contener a su pupilo más célebre. Por el contrario, le lanzó la ayuda más terrible y más pringosa según sus propias palabras al decirle: "Eres joven, tienes todo el dinero y el planeta te admira, ¿por qué eres infeliz?". La palabra pringoso es de uso corriente en España. Quiere decir que algo o alguien tienen pringue es decir grasa. La academia señala que pringue es la grasa que suelta el tocino. El calificativo es una metáfora magnífica en referencia a la grasa que se pega a la ropa o al cuerpo. Tienes todo en esta vida es una frase pringosa, no te la puedes quitar de encima. Para colmo tiene el olímpico desconocimiento de lo que le pasa al otro. Justamente al que se dirige la frase. Por su parte Phelps o aprendió de la depresión o huyó de ella. Tal vez sea lo segundo. Se metió en la piscina para volver a nadar por el oro. Si la depresión vuelve a tragárselo ya no habrá otra olimpíada para que lo saque del pozo una vez más el estimulante brillo narcisístico del oro. Mientras tanto el domingo 14 de agosto ganó la medalla de oro N° 23 y se convirtió en una leyenda. Como tal fue su declaración de cierre: "Soy esto que ven. En Río me han visto a mí. Le dije a mucha gente que el mundo vería quién soy yo. Y esto es lo que soy". Efectivamente el mundo lo vio. Sabe quién es Phelps. Un extraterrestre dicen las crónicas deportivas. Ahora nuevamente le toca a él saber quién es. Usain Bolt tiene menos oros que Phelps pero brilla más. Luce menos esforzado que el nadador. El velocista con su 1,95 de perfección corporal gana con una sonrisa pícara. El personaje Bolt luce más que sus medallas. Phelps y sus medallas históricas son lo mismo. Platón decía que había tres clases de hombres: los guiados por el vientre son de bronce. Los guiados por el corazón son de plata y finalmente los guiados por la cabeza son de oro. Según relatan las crónicas Usain no se quedó para la ceremonia de cierre. Su propio cierre fue en armonía con su medallero: un triplete de medallas, un triplete de mujeres. En la última noche en Río festejó su cumpleaños número 30 en la discoteca All In en la barra de Tijuca con tres mujeres distintas. La tercera, Jady Duarte, de 20 años, documentó su noche con Bolt en WatsApp. De Río fue directamente a Londres a su boliche preferido, Cirque le Soir. En Londres estuvo bastante más acompañado. Mencionó micrófono en mano su cumple y lo rodearon de tragos. Finalmente se fue a su hotel en una van con varias mujeres. Phelps es un hombre de oro. Bolt entre la plata y el bronce, movido tanto por su corazón como por su vientre. Phelps es un héroe, Bolt un personaje. Con todo, para los dos (como para todos) el destino es incierto. Phelps deberá liberarse del héroe. Bolt deberá cuidarse de su personaje.

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