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Sábado 18 de Abril de 2009

Los niños y las tareas rurales

Los chicos expuestos al trabajo infantil ven afectados sus derechos a la salud y a la educación. Según un estudio de la Cipetri la situación empeora en las zonas rurales.

“Que las ganas de estudiar y jugar no se pierdan en el surco”. El deseo expresado en la frase acompaña una foto muy fuerte donde un niño de corta edad sostiene un machete. Sus manos consumidas por el trabajo delatan que trabaja desde muy pequeño. Así se presenta el material de la Comisión Investigadora para la Erradicación del Trabajo Infantil Rural (Cipetri) que depende de la Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores (Uatre).

Un equipo de esta comisión fue el responsable de desarrollar el problema de los niños que trabajan en el campo y en otras zonas rurales a los estudiantes secundarios que participan del Programa Pido la Palabra.

Fueron luego los mismos adolescentes los que resaltaron el valor del video que les proyectó el equipo de la Cipetri. Las imágenes reunidas muestran niños trabajando en distintas tareas rurales, desde muy corta edad y muchas veces acompañando a sus familias.

“Los eligen por su contextura física, por sus manos chicas, por su altura necesarias para ciertas cosechas”, explicarían después Darío Lacuadra y Paola Pradé, de la Cipetri.

También los diálogos e historias que se cuentan a través de las imágenes sirven de disparadores para conversar con los estudiantes sobre un problema que desde la misma Cipetri recalcan como “muy complejo”.

La complejidad radica sobre todo en la naturalización del trabajo infantil. Algo así como decir “si los padres trabajaron, por qué no pueden hacerlo los niños también”.

La primera gran batalla parece ser entonces la pelea cultural hacia el interior de las familias para que empiecen no ver como normal que sus hijos trabajen, que sus derechos pasan por el juego y la educación, sobre todo.

Paralelamente, desde la Cipetri aseguran que la pelea se da también por el blanqueo salarial y hacer visibles todas las formas de trabajo. Uno y otro camino apuntan a que el trabajador rural entienda que su “situación de origen _unida a la pobreza y a la falta de escolaridad_ puede cambiar”.

Desde el equipo de esta comisión investigadora relatan que en las capacitaciones que realizan con los peones del sector rural, las justificaciones de por qué los niños trabajan son moneda corriente. Por eso el mayor desafío _insisten_ es cambiar esa mirada naturalizada sobre el trabajo de niñas, niños y adolescentes.

Expresan que la ley 26.390 marca un hito histórico no sólo por prohibir el trabajo infantil sino por proteger el de los adolescentes. La meta es llegar al 2010 con plena vigencia de la normativa para que ningún joven menor de 16 años trabaje.

Además del trabajo infantil poco visible para la sociedad y la irregularidad laboral (son pocos los patrones que blanquean a sus familias), otra característica del sector es la informalidad.

Según señalan de la Cipetri, en este terreno las mujeres son las que más pierden. Hacen todo tipo de tareas en el campo pero sin que se perciba como tal: desde “ayudar” a su marido hasta tareas domésticas. “Todo esto sin reconocerse como trabajadoras y ciudadanas sujetas de derecho”, dicen desde la Cipetri.

Las niñas llevan la peor parte

La peor parte la llevan las niñas, que en no pocas ocasiones deben quedarse a cuidar a los hermanos más pequeños y hacerse cargo del trabajo de limpieza y comida de la familia.

No son menos las que desde muy corta edad además cumplen tareas en casas de terceros, muchas veces en la del mismo patrón.

Las exposiciones de las niñas _también de los niños_ a accidentes caseros (uso de detergentes, quemaduras), al contacto con tareas pesadas y hasta la peor cara del trabajo infantil, que es el abuso y la explotación sexual se hacen así parte de las penurias diarias de la infancia y de la adolescencia.

Lo cierto es que los niños del sector rural están entre los más afectados. La misma presidenta de la Comisión Nacional de Erradicación del Trabajo Infantil (Conaeti), Pilar Rey Méndez, manifestó el año pasado en ocasión del Día Mundial Contra el Trabajo Infantil (12 de junio) que este mal “está vinculado esencialmente a la pobreza y ponen en peligro la salud, la seguridad y educación de los más chicos”. También que “la mayoría de los niños, niñas y adolescentes que trabajan en la Argentina lo hacen en el ámbito rural, una realidad que suele definirse como 'natural'”.

Sobre la salud y la educación

Los niños y niñas que desde temprana edad son sometidos al trabajo ven afectadas su vida intelectual, psicológica y física. En la escuela es donde más se notan las desventajas con que corren estos niños: muestran bajo rendimiento y retraso educativo, manifestado muchas veces a través de la sobriedad y la repitencia en las aulas; no acceden siempre a la escuela, aquí la responsabilidad del estado pro garantizarles igualdad de condiciones es clave.

Más tarde o más temprano muchos de estos niños terminan dejando la escuela, claro que no voluntariamente. Y esto a pesar de que la nueva ley de educación nacional fija como obligatoria la escolarización desde los 5 años hasta terminar el secundario. La falta de un nivel educativo adecuado sin dudas contribuye a continuar el círculo vicioso, al tener menos oportunidades para superarse laboralmente.

Pero además, los niños y niñas que trabajan son afectados en su autoestima. “¿Piensen cómo se siente una nena a quien otra de su misma edad le da órdenes?”, ejemplificó Darío Lacuadra de la Cipetri, a los chicos. Ocasionan además desde angustia, sometimiento e insomnio.

Los efectos se trasladan al plano físico de la salud. Lo más grave que se registra por estos días, cuando la avaricia por la soja hace historia en la Argentina, es el uso de los agroquímicos, a los que los niños están más expuestos que nunca a la intoxicación que les provocan.

Los niños y las niñas que trabajan sufren de bajo peso y talla, de mutilaciones, problemas en la columna, enfermedades en la piel, pérdida visual y auditiva y malformaciones.

Por eso es acertado que al camino de hacer cumplir la legislación vigente, se sume el de desnaturalizar y cuestionar aquellas afirmaciones que sostienen: “Los niños son explotados por sus padres”, “Es mejor que trabajen a que estén sin hacer nada”, “El trabajo dignifica”, “Mi abuelo trabajó, yo trabajé, que mi hijo trabaje así aprende el oficio desde chico”.

Como bien finaliza el material que la Cipetri dejó a los alumnos sumados a Pido la Palabra: “Cuando las actividades y tareas llamadas de transmisión cultural violan derechos dejan de ser culturales".

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