Edición Impresa
Domingo 21 de Junio de 2015

Los libros como guardianes de los olvidos

Graciela Diez es bibliotecaria y rastrea objetos olvidados entre las páginas de las publicaciones. Con los encuentros ya editó de manera artesanal dos libros.

Una sonrisa ilumina su rostro cuando recuerda lo que su libro produce en los lectores. Ella está siempre rodeada de libros, no es escritora pero es la autora de dos muy particulares. Es lectora, en su bolso lleva un ejemplar de Alejo Carpentier que comenzó a leer en el colectivo en su viaje hacia el diario. A poco de llegar, con extremo cuidado, saca de una bolsa una bella caja, corre la tapa y ahí está, un nuevo libro que Graciela Diez enhebró a través de múltiples objetos encontrados en los libros que todos los días pasan por sus manos en la Biblioteca Alberdi.
  “Salí de paseo por los libros”, dice entre pícara y orgullosa. Lo hizo otra vez. Hojas de un antiguo diccionario Larousse recubren la caja que alberga una veintena de carpetas armadas en forma artesanal, unidas todas con un mismo cordón. “Esto no se desata”, advierte. No es un reto, es una afirmación. Es que quizá los objetos encontrados quizá nunca se separan de los libros que los contienen, ni los recuerdos o emociones que evocan.
  Graciela Diez es voluntaria en la biblioteca ubicada en Zelaya 2089. Hace algunos años Amanda Paccotti, integrante de la comisión directiva de la entidad, le aconsejó que pensara un libro sobre los objetos que encontraba olvidados en los libros. Así surgió el primer libro objeto. Por entonces, lo presentó como un libro abierto, sin final. Ahora llega la segunda parte, y desafía al dicho: atrae desde el primer momento.

De paseo

  “Este libro surgió esta vez como un libro articulado, un libro donde los hechos se van hilando cuando, de paseo por los libros, olvidos y encuentros recrean situaciones ya vividas”, dice Graciela en un texto que hace las veces de prólogo. Anticipa que el lector podrá encontrarse con fotos “donde vemos reflejadas nuestras vidas con compañeros de escuela, en peinados, vestimenta, o patios que albergaron fiestas familiares”; almanaques, cartas de amor, diplomas universitarios, recetas de cocina o comprobantes de viajes. Una ilustración de la artista Liliana Insaurralde acompaña la portada de la introducción. Luego, las demás tapas de cada tópico llevarán, a modo de collage, algunas de las páginas del diccionario Larousse con el significado de la palabra clave.
  Por las dudas, Diez aclara: “En las películas se suele decir que para realizar tal escena no se sacrificó ningún animal, bueno... yo acá me veo en la obligación de decir que no sacrifiqué   ningún diccionario sino que fue una donación que llegó a la biblioteca totalmente desarmada”.
  Organizado por orden alfabético, “sería imposible de otra manera, soy bibliotecaria”, bromea, cada objeto olvidado y luego encontrado está presentado dentro de un tema.
  Hay pequeños almanaques pero también otros grandes que llaman la atención por su tamaño ya que resulta difícil olvidarlos en un libro.
  Bajo la referencia “Amor” aparecen papeles con grafismos donde se declaran amores, dibujados quizá mientras se leía; tarjetitas y un texto escrito en manuscrita como respuesta a una tarea escolar donde se pregunta “¿qué es el amor?”. “Vaya tarea, la de responder”, acota la bibliotecaria.
  “Poderoso caballero es Don Dinero, lo podemos tener guardado en un banco o en nuestras manos o quizás pensemos para él un escondite seguro, hagamos lo que hagamos nos sirve para cubrir necesidades o cumplir soñados sueños o para imaginar, imaginar, imaginar..”, invita Graciela mientras exhibe una factura fechada en 1965, donde el lector o la lectora que la olvidó en un libro había comprado una remera de angora, guantes y sedalina por 2.310 pesos en una tienda de Mitre y Pellegrini, en Totoras. Hay también un ticket de estacionamiento y un resumen de cuenta del Banco Municipal de 2004.
  Pero qué más olvida la gente en los libros, olvidos que a la vez funcionaron como marca, seguramente, al momento de leer. “De todo”, dice la autora de Objetos encontrados II. Estampitas, antiguas, más modernas, artesanales, boletos de colectivos (toda una reliquia), prescripciones y exámenes médicos (hay hasta una radiografía de un niño); mapas, folletos de viajes, recetas de cocina o lo que parecen ser notas de una modista sobre las medidas de su clienta (cintura, espalda, cadera, largo de manga).
  Observar con detenimiento el libro hilvanado por Diez es una invitación al recuerdo y a la imaginación. Es pensar en lo vivido y también imaginar quién olvidó eso y por qué. Hay cuentos que no terminan de contarse, como el escrito por un niño; hay flores y hojas de árboles secas por el tiempo; naipes y una postal de un sobrino que desde las sierras de Córdaba manda saludos a su tía y toda su familia.
  “Nuestro paseo por los libros ha sido un fructífero escenario donde se nos presentaron historias que pudieron ser las de cualquiera de nosotros y que nos fueron llevando como si abriéramos una caja de Pandora”, señala Graciela a modo de epílogo. “¿Olvidaremos algo deliberadamente o la casualidad quiso que así fuera?. La caja hoy los contiene, los libros los guardaron vaya saber por cuánto tiempo para que un día vean nuevamente la luz. Creo que todo esto me deja una enseñanza, lo que hoy creemos sin importancia no sabemos si mañana la puede tener”, se pregunta y hace de ese misterio una llave para abrir el próximo libro que, seguramente, traerá nuevos olvidos y encuentros.

Comentarios