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Domingo 18 de Octubre de 2015

Los de la López

En la tradicional plaza de avenida Pellegrini un nutrido grupo de personas funciona como un club social gracias a sus perros.

La plaza López, ubicada entre Pellegrini, Laprida, Buenos Aires y el pasaje Alfonsina Storni tiene una enorme fuente, y a su alrededor, una cantidad de banquitos cuidadosamente dispuestos para acompañar el dibujo que forman sus caminos. Elegir uno para degustar esos rayitos de sol de principio de la primavera es una buena idea. Desde allí, puede verse que hay un momento determinado en el que la plaza empieza a transformarse.
  En el banco de enfrente se sienta una persona. Al rato son dos y de repente son cuatro. Otro parpadeo y ya son ocho. Uno más y son doce. Así, de un momento a otro, un pequeño club de alrededor de veinticinco personas se planta como centro de la acción del lugar. Muy amable, una muchacha jovencita se nos acerca, a mi amiga y a mí. Acaricia a Simón, nuestra pequeña hiena perruna, y nos ofrece el mate que ofició de membresía del selecto club.
  Pero en esta historia de gentilezas, amistades y amores aún falta el nudo. Porque nada funciona si a lo que acabo de describir no le agregamos la presencia de las mascotas. Poque ellos son los grandes protagonistas: los perros, los que al unísono regalan a la plaza la sonata de las 19 de cada día. “Los de la López”.
  Se sabe que adoptar un animal cambia inevitablemente la vida de quién lo hace ... Dicen, además, que si sobre el lomo esa criatura lleva una historia de abandono o vagabundeo la entrega hacia su amo será directamente proporcional a lo complejo de su pasado. Puro amor, pura retribución. El lazo, en este tipo de vínculo, puede romper los límites de lo imaginable, porque sólo quien lo vive aprende a sentirlo. Y ellos, los perros, agradecidos, demandantes, como hijos.
  Esos locos bajitos de 4 patas revolucionan vidas y las conmueven para siempre. Lo saben los que lo viven.
  ¡Tanto se ha dicho de la locura hacia los perros!. Que se los humaniza. Que es una exageración darles ese trato. ¿Y por qué no? En la plaza López hay un grupo de amantes de los perros que sólo saben responder por qué sí. Porque estos animales, como bien dijo la mamá o dueña— pues para esta historia son perfectos sinónimos— de Canela, la pequeña: “Los perros son mejoradores de la calidad de vida”.
        Sacarlos a pasear te obliga a socializar. Y aquí está la otra parte interesante de esta cuestión.
  Desde el año 2009, Jorge y Jorgito caminan cada recoveco de este espacio verde en pleno macrocentro rosarino. Un negrito simpático, que recorre las faldas de todos y es uno de los fundadores de este “grupazo”, un conjunto que nunca antes se había conformado en la plaza con estas características.
  Un día, a estas vueltas placeras se incorporó Zumba, un grandote rescatado del cruce de las peatonales que se ocupa de custodiar y proteger a todas las hembras del grupo. Con esta garantía de protección Juanita también eligió andar por ese costado de la plaza.
  A punto de ser sacrificada, esta perrita de pelo lacio brillante es una de las que tuvo su segunda oportunidad, cuando pudo ser adoptada.
  Olivia es la cuarta fundadora de esta pandilla de peludos. “La mayoría tenemos causa común de perritos rescatados pero hay perritos de raza también”.
    Sin distinción de formas, tamaños ni colores ni pedigrí, en los dos años largos que llevan de constituidos como grupo se han sumado: Canela, Titina, Lisa, Lila, Pilar, Alfonso, Roco, Olivia y Atos, cada uno con sus correspondientes dueños. Incluso hace unos meses celebraron el ingreso del primer “cachorro humano” al grupo y no creen que vuelva a darse un acontecimiento similar en el corto plazo.
  Los canes son mucho más que compañía. Entre risas y ladridos, la buena onda que cada tarde le ponen a la plaza resulta contagiosa. La vuelta del perro después del trabajo se convirtió, para estos hombres y mujeres en el feliz reemplazo del gimnasio, del after, de esas horas de encierro extra, y a veces, quizás, hasta permite reemplazar la visita al psicólogo. Se escucha, durante la charla colectiva, que alguien dice: “Es un espacio sanador, hacemos catarsis”.
  Son como un grupo de amigos pero de hace 15 o 20 años (en la era previa a la de las tecnopatías). A ese mate que nos ofrecieron a mi y a mi amiga se suma otro valor fundamental y algo descuidado hoy: la palabra, y con ella el contacto.
  La media hora de paseo, comprendida entre las responsabilidades que conlleva la adopción de un animal se convirtieron con el tiempo en momentos de liberarse de los problemas y encontrarse con buenos amigos.
  Reuniones que se prolongan por 3 o 4 horas aunque haga frío o la tierra queme, incluso si los “niños” ya están cansados. La compañía y su hermoso poder de sanación renace en cada encuentro y otorga un maravilloso plus para quién ama a estas mascotas.
  Con un poco de ayuda del “cupido” del grupo también se tejió en esta plaza una historia de amor. Recuperada de una serie de enfermedades y mimada como una niña, Pilar enseñó a su dueño las maravillas de los paseos. Y entre ellas le hizo conocer a la dueña de Lila y Alfonso. Tras varios meses de compartir mates y charlas de tarde en tarde, las semejanzas y gustos comunes se hicieron más evidentes y los obligaron a salir a tomar algo juntos, fuera de la rutina de la plaza. Sin grupo, y sin perros. El juego en silencio les duró poco  porque el chimentero del grupo, también responsable de su encuentro, los descubrió, dándoles a los demás un motivo extra de alegría y mucha esperanza a los solos y solas que se cansaron de intentar encontrar el amor en los lugares comunes.
  Para estos locos amantes de los perros, que integran un grupo estable —como hay otros muchos en distintas plazas y parques de la ciudad— los cumpleaños son sagrados y los festejan, las mudanzas se planifican con una distancia menor a dos cuadras de la plaza, la cama llena de pelos es una realidad aceptada y el paseo se vuelve la instancia de humanización animal más increíble. Porque sin ninguna duda los amores perrunos te pueden cambiar la vida.

La esquina

En Laprida y Pellegrini, desde hace 25 años, hay un puesto de flores. Carmen y Angel son sus dueños y responsables del cuidado de cuanto perro ponga sus patas en esta zona. Una noche de terrible frío, Angel, y Georgina, una de sus empleadas —con ayuda de una carnada de salchichas— consiguieron entrar a Moro para que no pasara frío. El animal encontró un refugio y mimos. La noticia corrió rápido, y al poco tiempo Loba era entregada también a esta especie de protectora autoconvocada (también conformada por Graciela) para convertirse en compañera incondicional de Moro. Así empezó la tradición.
  Ahora Moro, Loba, Whisin, Coli, Clarita y el Negro fueron adoptados, y cuentan otro cuento que ya no se escribe por las calles. Georgina, mientras tanto, suspira a la espera de una nueva compañía.

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