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Domingo 21 de Septiembre de 2014

Los Kirchner al poder

En diciembre de 2015 termina un período definido por la Constitución. Aun así, Cristina, Máximo y Alicia Kirchner parecen desafiar a lo que para muchos es un fin de ciclo y, a la vez, cada uno se plantea su propio futuro.

Cristina, Máximo y Alicia Kirchner parecen haberse coordinado en la estrategia para plantear un futuro personal con vistas al 2015. Madre, hijo y cuñada lucen en la intimidad como el más sanguíneo desafío ante el inevitable fin de ciclo. “Acá no se terminada nada”, le dijo a este cronista un alto dirigente de La Cámpora. “Eso es sanata periodística (sic)”, confesó ofuscado. “Tenemos Kirchner para rato”, desafió el joven dirigente de la provincia de Buenos Aires.

Le guste a quien le guste, el 10 de diciembre de 2015 termina un período definido por la Constitución jurada por ellos (al menos por la presidenta y por la ministra de Acción Social) que prevé la renovación de mandatos cada cuatro años. Es una conclusión. Un cierre de etapa. Un punto y aparte.

Eso es la República. La periodicidad y alternancia en los cargos. Otra cosa implica sostener conceptos autoritarios de concentración hegemónica de poder. ¿Están los tres convencidos de estos principios? No es sencillo saberlo.

Máximo cree en su intimidad que su madre ha sido proscripta para ser candidata. Cuando en el acto en Argentinos Juniors desafió a la oposición a competir en las urnas con ella, expresó la más visceral de sus ideas. No fue una cortina de humo para desviar la atención sobre temas ni siquiera abordados como la inflación, la creciente inseguridad o el silencio ante temas como las recomposiciones salariales y el impuesto a las ganancias. Eso piensa el joven Kirchner. El mismo dirigente de La Cámpora que fue consultado por este cronista lo expresó sin dobleces: “Macri, Scioli y Massa saben que pierden por paliza con Cristina. Por eso se escudan detrás de un artículo de formalidad que impide la reelección”.

Ese artículo es la Constitución nacional. La misma que reformó como convencional la doctora Kirchner y por la misma que dijo “sí juro” en dos oportunidades. Es la norma elemental, de unidad, que debería generar respeto por todos los habitantes de la Nación. Para este modo de ver las cosas es un “artículo de formalidad” que entorpece el fondo de su pensamiento: el derecho a eternizarse en el poder. Afortunadamente la primera magistrada desvirtuó (sin toda la contundencia que hubiese debido, pero lo hizo) ese disparate verbal de los jóvenes K dispuestos a sentirse más trascendentes que Alberdi y los constituyentes de 1994.

Sin embargo, Cristina no parece planear dedicarse a la abuelazón en apenas 15 meses. Cobra cada vez más fuerza la idea de poner en inmensa letra de molde su apellido a la cabeza de la boleta de diputados nacionales del mayor distrito del país. La presidenta, oriunda de La Plata, encabezaría la lista de su provincia con dos objetivos: generar tracción de votos y contar con una bancada de legisladores con capacidad de inclinar las votaciones en el Parlamento y conservar los fueros judiciales para lo que sabe será el embate de los magistrados una vez concluido su mandato. Cristina ve en Boudou apenas el comienzo de un largo peregrinar de muchos en los Tribunales penales.

Si se candidatea, contará además con un peso no menor para vigilar a su sucesor. Si fuera el peronista Daniel Scioli, para seguir ejerciendo sobre él lo que más le ha gustado: la desconsideración. Si es Massa o Macri, para devolverle las “atenciones” recibidas en estos años. La amplia y variopinta comitiva que acompañó a la presidenta en la visita al Papa Francisco (algunos de ellos, sonriendo babosos sin impudicia ante un hombre que ahora viste sotana blanca. El mismo que antes era insultado hasta el Averno cuando lucía hábito negro en Buenos Aires) asegura que el tema de la candidatura a diputada sobrevoló el viaje y se comentó luego del almuerzo que, según la propia presidenta, abundó más en cuestiones culinarias, bifes argentinos y cebollas picadas que sobre la gobernabilidad del país.

Máximo Kirchner aspiraría a gobernar su ciudad, Río Gallegos. No sólo heredó el mismo tono de voz que su padre sino también su convicción de hacer carrera política desde los cargos comunales. El presidente de Aerolíneas argentinas, Mariano Recalde, se convirtió en el jefe de campaña del hijo presidencial.

Por fin, la hermana Alicia sigue pensando en su proyección electoral. No la amilana que no aparezca una sola encuesta que equilibre su grado de desconfianza o, directamente, su imagen masivamente negativa. Sueña con ser candidata a gobernadora. Podría serlo en su estado natal Santa Cruz o en su lugar de residencia, la provincia de Buenos Aires. Hoy, el fracaso en el segundo territorio luce con posibilidad de estruendo. Cree que el apoyo de su nombre suma. De hecho, sorprendió verla fotografiada con María Eugenia Bielsa en territorio santafesino. Debería saber la ministra que yerra con la ex vicegobernadora si espera un acercamiento con beneficios mutuos. La arquitecta rosarina supo no aceptar las presiones y las promesas de bendiciones de la propia presidenta.

Mientras la familia presidencial exhibe un voraz pero inocultable deseo de poder, la oposición pendula entre la tibieza y el desconcierto. Hermes Binner (ausente en estos días por la denuncia grave y vidriosa que involucra a su hermano en presunto tráfico de niños) da una pelea con sus compañeros del Faunen que se cree arquitectónica y es apenas una mueca para poder aparecer todos juntos en una foto. Massa, por su lado, se resiste a asumir que los “focus group” y las encuestas no construyen credibilidad en el electorado. Y Macri, muy favorecido por los números, se niega a contar proyectos, planes y utopías para los próximos años porque estima que con su impronta, con un par de caras conocidas más que provengan del espectáculo o del deporte, alcanza.

Visiones antagónicas, en mucho, para hacer política. Por un lado, la ausencia de límites, y del otro, el desconcierto o la tibieza. En el medio, claro, la enorme mayoría de ciudadanos golpeados por una realidad social y económica no favorable, que observa en silencio. Quizá, demasiado silencio.

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