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Sábado 19 de Mayo de 2012

"Los jóvenes tienen un vínculo distintocon el lenguaje, la lengua y las palabras"

La escritora Angela Pradelli asegura que las nuevas tecnologías trajeron otras formas de relacionarse con la literatura y la escritura

"La tecnología trajo aparejado que los chicos se conecten con la literatura y la escritura por un camino que no es la escuela, por eso el desafío de la escuela es cómo va a aprovechar y usar todas esas herramientas, porque es evidente que esa conexión no la hicimos los docentes: la hizo la tecnología y la encontraron los pibes". La opinión es de la escritora Angela Pradelli, que no duda en afirmar que hoy "los jóvenes tienen un vínculo distinto con el lenguaje, la lengua y las palabras".

Pradelli es escritora y docente, fue coordinadora del Plan Nacional de Lectura en la provincia de Buenos Aires (2008). Logró hechos de intensidad singular: una Biblioteca Básica de diez clásicos argentinos para trabajar en clase, prologada por otros diez autores, visitas de los escritores a las aulas y charlas ante auditorios desbordantes de docentes. En diálogo con LaCapital, se explaya sobre su experiencia docente en colegios secundarios y sobre su especialidad: la lectura y escritura con los jóvenes. Un camino que el docente ávido de riquezas puede transitar en textos como "La búsqueda del lenguaje", el libro de Pradelli, recientemente premiado (ver aparte).

"Para mí el aula fue —porque acabo de jubilarme— uno de los mejores lugares para transitar lo laboral, una experiencia muy potente que surgió de mi preferencia por la docencia en el nivel secundario, con jóvenes muy jóvenes: los adolescentes. Es maravilloso ese intercambio con ellos, que están de estreno ante muchas cosas a esa edad. Tanto es así que tenían un mundo y descubren otro, generan otros vínculos, su mirada es diferente sobre el universo; descubren nuevas cosas de la vida. Una etapa de mucho estreno", repasa Pradelli.

Y continúa: "Me atrapa esa combinación que tiene esa mirada nueva, en la manera de intervenir los textos que se leen en clase, o en la escritura que tenían cuando eran chicos. Siempre dí talleres de escritura dentro de la materia misma, blanqueados o no, dependiendo de variadas situaciones institucionales. Desde ese lugar, la escritura de chicos en el aula es algo muy significativo. Poder decir en palabras algunas cosas que andan por el cuerpo, la cabeza, el corazón, que hasta que no se las escribe, no toman forma con claridad. Ellos se enfrentan a eso y quedan muy sorprendidos a partir de lo que escribieron".

—¿Cómo valora las estadísticas que relacionan "hogares con muchos libros-alumnos que rinden mejor en sus estudios"?

—La generalización es un peligro. Pensar que los chicos que vienen de casas con muchos libros rinden mejor en sus estudios implica también decir lo contrario: que a los que vienen de casas sin libros les irá mal. Cuando uno ejerce la docencia se da cuenta de que ocurre lo contrario en cualquiera de los dos casos. Los chicos que provienen de hogares sin libros no son indiferentes a la lectura, puede pasar eso y todo lo contrario. Esa conclusión peca de exagerada y deja a fuera muchas situaciones que no son la excepción. Por supuesto que tener libros al alcance siempre es mejor que no tenerlos. Vamos por el otro camino: los docentes tenemos que saber que muchos alumnos vienen de hogares sin libros, o que nunca veremos a sus padres con uno. Eso no los convierte en peores estudiantes, no es una marca o un estigma.

—¿Cómo se puede generar un lazo docente-alumnos que repercuta en aprendizajes de lectoescritura?

—He conocido docentes que no leen un libro por año. Es muy difícil transmitir lo que no se tiene, transferir una pasión que no se siente. Si un docente trabaja con textos que no les gustan a sus alumnos hay algo allí que no se está transmitiendo. La pasión es una de las cosas más importantes para transmitir a un estudiante joven. Si uno no la siente por el texto que usa, la clase está como perdida. Siempre trabajé con autores que me gustaban mucho y también invité a autores al aula en la medida de lo posible. Recuerdo cuando llamé a Libertad Demitrópulos, una de las mejores escritoras argentinas. Le dejé un mensaje en el contestador invitándola al colegio; con los alumnos habíamos leído su novela "Río de las Congojas". Recibí su aceptación una noche tarde pues ella era insomne. Finalmente vino a la escuela y recuerdo ese día como algo muy especial, fue un encuentro entre lectores en una escuela secundaria. Esa escritora, para ellos tan enorme, que les había dado tanto en esa novela, y esa posibilidad de que estuviera allí hablando, aclarando dudas y preguntando cosas fue muy intenso. Siempre le di importancia a la visita de escritores porque los alumnos de secundaria crean una distancia muy grande con los autores, lo que les hace perder la dimensión de mujeres y hombres que son. La narración, la construcción de los relatos, son también un modo de estar en el mundo, un modo de verlo y observarlo, y a veces es muy diferente al que tienen los alumnos, es interesante completar esa visión del autor conversando con él. Les han hecho preguntas muy inteligentes, de lectores finos que les habían entrado al texto en sus pliegues más sutiles.

—¿Con qué pistas se puede trabajar transmitiendo las ganas de leer?

—Hay una demanda social instalada en los docentes que es la de formar lectores para siempre. Es tan alta que a veces he visto a profesores "achicarse" frente a eso. Es tan alto lo que uno tiene que lograr como resultado que el docente se repliega. Lo más interesante pasa cuando uno abre un libro en el aula y lee con los alumnos. Si después salen o no lectores el tiempo lo dirá. Ese instante de compartir lecturas, de leer en voz alta es único, en el sentido de entrar a la cabeza de un autor, al pensamiento, a su manera de abordar el mundo. Tiene una riqueza tan grande que es el momento de aprendizajes más preciado para mí. Hay que leer y leer en aula. La lectura es una experiencia que siempre te mueve de donde estabas, pueden ser movimientos enormes o imperceptibles, siempre el texto del otro y uno operando sobre el mismo, producen ciertos movimientos. La riqueza que tiene el estar con cuarenta alumnos de 17 años y con todos esos movimientos diferentes, la verdad que es muy fuerte. La lectura en voz alta y la silenciosa son grandes momentos en el aula.

—¿Cómo leen los jóvenes?

—Se lee con el cuerpo, y la lectura es movimiento. Los jóvenes tienen un vínculo distinto con el lenguaje, la lengua y las palabras. Ellos tienen con la lectura y la escritura un vínculo mucho más estrecho y cercano que mis alumnos que ahora tienen 40 o 30 años. Los pibes se la pasan leyendo y escribiendo la gran parte del día. En los muros, en los blogs, en los mensajes de texto. Y no siempre son textos que se puedan ningunear, en algunos casos son textos bien interesantes. Es decir que lo que la tecnología trajo aparejado es que los chicos se conecten con la literatura y la escritura por un camino que no es la escuela. El desafío de la escuela es cómo va a aprovechar y va a usar todas esas herramientas, porque es evidente que esa conexión no la hicimos los docentes: la hizo la tecnología y la encontraron los pibes.

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